PARTE 7
El laboratorio del sótano
La transmisión de la gala obligó a abrir el Edificio San Marcos de nuevo.
Cinco años después del incendio, la estructura seguía cerrada con cintas municipales.
“Riesgo de derrumbe”, decía el cartel.
Mentira.
El edificio no estaba cerrado por peligro.
Estaba cerrado por memoria.
Laura entró con fiscales, peritos, bomberos independientes, periodistas e Iván.
No quería que él fuera.
Pero era quien conocía los registros de incendio.
Y ella había aprendido a usar incluso las piezas rotas.
El interior del edificio olía a carbón viejo.
Las paredes estaban negras.
En el tercer piso, donde murieron la mayoría de las víctimas, todavía se veían marcas de manos cerca de las ventanas.
Marta Villalba no entró.
Esperó afuera.
Laura la entendió.
Bajaron al sótano.
La puerta de la supuesta lavandería comunitaria estaba sellada con cemento ligero.
Demasiado reciente.
Los peritos rompieron el muro.
Detrás apareció el laboratorio.
Mesas metálicas.
Frascos rotos.
Congeladores quemados.
Archivadores.
Restos de documentos.
Máscaras.
Mangueras de ventilación conectadas ilegalmente.
Iván se quedó inmóvil.
—Dios…
Laura miró los frascos.
—No uses a Dios para explicar lo que hicieron hombres con presupuesto.
En una de las paredes había una cámara de seguridad derretida.
El técnico logró sacar una memoria parcial.
No se esperaba mucho.
Pero el fuego, como la verdad, a veces destruye mal.
El video recuperado mostraba a trabajadores sacando cajas del laboratorio mientras el incendio ya subía por los conductos.
Uno de ellos preguntó:
—¿Y la gente de arriba?
Otro respondió:
—Orden del alcalde. Primero las muestras.
Luego apareció Abel Fuentes, con mascarilla, gritando:
—¡No dejen nada con etiquetas!
Laura cerró los ojos.
Diecinueve personas murieron mientras salvaban frascos.
Iván encontró algo debajo de una mesa caída.
Un juguete pequeño.
Un dinosaurio verde.
Marta reconocería después que era de su hija.
Iván lo sostuvo como si quemara.
Laura se lo quitó.
—No hagas de tu culpa una escena.
Él bajó la cabeza.
—Tienes razón.
—Guárdala para declarar.
Al fondo del laboratorio, encontraron una caja fuerte.
Dentro había informes de pruebas clandestinas realizadas con familias del edificio, pagos a médicos y una lista de residentes marcados como “expuestos”.
Laura buscó el nombre de Marta.
Estaba.
También el de su hija.
También el de la mujer que hizo la primera llamada.
No eran víctimas accidentales.
Eran sujetos de prueba.
El incendio no solo ocultó el laboratorio.
Ocultó lo que el laboratorio les había hecho.
Laura sintió que la rabia le subía como humo.
No gritó.
Tomó una foto.
Luego otra.
Luego otra.
Porque esa vez, nadie volvería a decir que el sistema falló.
El sistema funcionó exactamente como los culpables querían.
Hasta que una operadora guardó la llamada.
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