PARTE 3
La boda de protección
La boda se organizó en cuarenta y ocho horas.
No fue romántica.
Fue estratégica.
Dante Romano insistió en hacerla pública.
Valentina pensó que era arrogancia.
Luego entendió que era protección.
—Si todos me ven casarme con usted —dijo Dante mientras ajustaba los gemelos negros frente a un espejo—, nadie podrá matarla sin que parezca exactamente lo que ellos planearon.
Valentina estaba al otro lado de la habitación, vestida con un traje blanco de seda, no un vestido de novia.
—¿Siempre habla de asesinatos como si estuviera revisando el clima?
Dante la miró a través del espejo.
—En mi mundo, el clima mata menos.
Ella no quería admitirlo, pero el hombre tenía presencia.
No solo por peligro.
Por control.
Dante Romano no necesitaba levantar la voz. Bastaba con que entrara en un lugar para que todos midieran sus palabras. Era elegante sin parecer suave, guapo sin parecer decorativo, peligroso sin hacer espectáculo.
Eso lo hacía peor.
Valentina desconfiaba más de los hombres que podían destruir una sala sonriendo.
—Quiero una regla —dijo ella.
—Solo una?
—No me toca sin permiso.
Dante giró completamente hacia ella.
Su expresión no cambió.
—Aceptado.
Valentina parpadeó.
Esperaba ironía.
No la hubo.
—¿Nada más?
—Podría añadir que nadie toca a mi esposa sin perder la mano, pero parece que la regla ya estaba implícita.
—No soy su esposa.
—En una hora, legalmente sí.
—En noventa días, legalmente no.
Dante sonrió.
—Veremos si ambos sobrevivimos tanto.
La ceremonia fue en el salón principal del Hotel Belladonna, territorio neutral según los criminales y muy caro según la gente normal.
Flores negras.
Luces doradas.
Champán francés.
Guardias elegantes.
Ejecutivos tensos.
Periodistas invitados con demasiada curiosidad.
Arturo Moretti llegó con sonrisa de tío orgulloso.
Sergio llegó vestido como si todavía fuera prometido.
Camila llegó llorando.
Héctor Lamas llegó con dos abogados más.
Todos esperaban que Valentina estuviera rota.
Pero cuando apareció, caminó sola.
Dante la esperaba al final del pasillo.
No sonreía.
Tampoco fingía ternura.
Le ofreció la mano.
Ella la miró.
Luego la tomó.
No por romance.
Por mensaje.
La sala entera entendió algo:
Valentina Moretti no entraba como víctima.
Entraba como CEO firmando guerra.
Cuando el juez preguntó si aceptaban el matrimonio, Dante respondió primero:
—Acepto proteger lo que otros intentaron vender.
Los invitados murmuraron.
Valentina lo miró de reojo.
—Eso no estaba en el texto.
Él respondió bajo:
—Improviso cuando me insultan.
Ella casi sonrió.
Casi.
Luego dijo:
—Acepto usar este contrato hasta que la verdad sea más cara que la mentira.
El juez dudó.
Dante murmuró:
—Legalmente creativo.
—Soy CEO.
—Se nota.
Firmaron.
Aplausos incómodos.
Copas levantadas.
Cámaras.
Y entonces, justo antes del brindis, las luces se apagaron.
Valentina pensó que era parte del plan de Dante.
Pero la forma en que sus hombres se movieron le dijo que no.
No era espectáculo.
Era ataque.
Un disparo rompió el vidrio del techo.
La boda se convirtió en caos.
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