Sofía caminó hacia el altar con un vestido que no eligió.
Su familia la obligó a casarse para robarle una herencia que ella ni siquiera sabía que tenía.
Pero antes de decir “acepto”, el jefe de la mafia entró bajo la lluvia y rompió el contrato delante de todos.

PARTE 1
La boda que olía a sentencia
Sofía Alcázar no eligió el vestido.
Tampoco eligió la iglesia.
Ni el ramo.
Ni el hombre que la esperaba frente al altar.
Todo había sido decidido por otros: su padrastro, su madrastra, el abogado familiar y el viejo magnate minero que sonreía como si ya hubiera firmado la compra de una propiedad.
La iglesia privada de San Gabriel estaba iluminada con velas altas y flores blancas. Desde fuera parecía una boda de lujo. Desde dentro, para Sofía, parecía una sala de ejecución.
Su vestido era hermoso.
Demasiado hermoso para una mujer que no quería casarse.
El encaje le apretaba la garganta. El velo le pesaba sobre los hombros. La cola blanca arrastraba detrás de ella como una cadena.
En la primera fila estaba Gustavo Rivas, su padrastro. Tenía el rostro tranquilo de un hombre que había vendido algo que nunca fue suyo.
A su lado estaba Renata, su esposa, elegante, fría, con una sonrisa que Sofía conocía demasiado bien. Era la misma sonrisa que usaba cada vez que le decía:
—Una chica como tú debería agradecer que aún tenga techo.
Abril, la hija de Renata, sostenía un ramo de flores negras y blancas. Miraba a Sofía como si estuviera viendo una obra de teatro donde ya conocía el final.
Y en el altar estaba Ernesto Valcárcel.
Sesenta y dos años.
Dueño de minas, bancos, jueces y silencios.
El hombre que iba a convertirse en su esposo.
Sofía tenía veintitrés.
—Camina —susurró Gustavo a su oído—. Tomás depende de ti.
Tomás.
Su hermano menor.
El único pedazo de familia que Sofía todavía amaba.
Horas antes, Abril le había mostrado un video: Tomás atado a una silla, con un golpe en la ceja, rodeado de hombres que no mostraban el rostro.
—Firma —había dicho Abril—, y tu hermanito vuelve a casa.
Por eso Sofía caminaba.
No hacia un esposo.
Hacia una trampa.
Al llegar al altar, Ernesto tomó su mano. Sus dedos estaban fríos.
—No tiembles, niña —murmuró—. A nadie le gustan las novias difíciles.
Sofía lo miró.
—Entonces compró a la mujer equivocada.
Él sonrió.
—Eso se te quitará después de la boda.
Sobre el altar había dos documentos.
Uno religioso.
Uno legal.
Sofía solo miraba el segundo.
Contrato matrimonial.
Cesión temporal de acciones.
Cláusula de tutela médica.
Transferencia de derechos sucesorios.
Autorización de internamiento en caso de “inestabilidad emocional”.
Si firmaba, perdía su libertad.
Si no firmaba, Tomás podía morir.
El sacerdote tragó saliva antes de hablar.
—Sofía Alcázar, ¿aceptas a Ernesto Valcárcel como esposo?
La iglesia quedó en silencio.
Sofía abrió los labios.
Pero antes de que pudiera decir una sola palabra, las puertas de la iglesia se abrieron de golpe.
Entró la lluvia.
Y detrás de la lluvia, un hombre vestido de negro.
Matteo De Luca.
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