PARTE 3
El contrato escondía una muerte
La iglesia se convirtió en un tribunal sin juez.
Los invitados murmuraban. Los guardias miraban a Ernesto. Ernesto miraba a Gustavo. Gustavo miraba el collar quemado como si fuera un fantasma.
Sofía, por primera vez en toda la noche, sintió que el suelo no se abría bajo sus pies.
Matteo estaba junto a ella, no delante.
Eso importaba.
No hablaba como dueño.
Hablaba como testigo.
Héctor, el abogado, intentó recuperar el control.
—La señorita Alcázar está emocionalmente alterada. No puede tomar decisiones bajo influencia de un criminal.
Sofía giró hacia él.
—Curioso. Hace cinco minutos sí podía firmar un contrato de matrimonio con cláusula de internamiento.
El abogado calló.
Matteo colocó otra carpeta sobre el altar.
—Leamos la parte que querían saltarse.
Abrió el documento y leyó:
—Cláusula doce. Si Sofía Alcázar muere durante los primeros noventa días posteriores al matrimonio, las acciones del fideicomiso Alcázar quedan bajo administración del cónyuge sobreviviente.
Ernesto apretó los dientes.
Matteo siguió:
—Cláusula trece. Si Sofía Alcázar es declarada incapaz, la tutela legal pasa a Renata Rivas por historial familiar.
Renata palideció.
—Eso es procedimiento estándar.
Sofía la miró.
—¿Matarme también era estándar?
Matteo sacó una hoja pequeña, doblada, con tinta azul.
—Y esta nota manuscrita no aparece en la copia de la novia.
La desplegó.
Leyó:
“La chica no debe llegar viva al día noventa.”
Sofía sintió que el mundo se detenía.
Abril dejó caer el ramo.
Tomás.
Su hermano.
El video.
La boda.
El contrato.
Todo encajó.
No querían solo obligarla a casarse.
Querían usar la boda para quedarse con su herencia y luego borrarla.
—Mi herencia… —susurró Sofía—. Yo no tengo nada.
Matteo la miró.
—Tienes más de lo que te dijeron.
Gustavo gritó:
—¡Esa herencia no existe!
Matteo respondió:
—Entonces no te molestará que la revisemos.
Las pantallas de la iglesia se encendieron.
Apareció una imagen de Tomás, el hermano de Sofía. Estaba vivo, envuelto en una manta, sentado junto a dos hombres de Matteo.
Uno de ellos dijo:
—Objetivo recuperado. Sin heridas graves.
Sofía se cubrió la boca.
—Tomás…
Abril retrocedió.
Matteo la miró.
—Tus secuestradores hablaban demasiado.
La pantalla cambió.
Apareció Abril entregando dinero a uno de los hombres que retuvieron a Tomás.
—Y tú pagabas sin revisar cámaras.
Abril empezó a llorar.
—Mamá me obligó.
Renata le dio una bofetada.
—¡Cállate!
Ese golpe hizo más que herir a Abril.
Confirmó todo.
Sofía se quitó lentamente el velo.
Lo dejó caer sobre el altar.
Luego miró a Matteo.
—Quiero salir de esta iglesia.
Él dio un paso a un lado.
—Entonces sal.
Ernesto intentó sujetarla por la muñeca.
Matteo lo detuvo.
En un movimiento seco, le dobló la mano contra el altar. Ernesto cayó de rodillas con un grito.
—Las novias forzadas no se tocan —dijo Matteo.
Sofía caminó hacia la salida.
No corrió.
No huyó.
Caminó con el abrigo negro sobre el vestido blanco.
Y cada invitado tuvo que verla pasar.
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