PARTE 5
La casa donde la criaron como prisionera
A la mañana siguiente, Sofía volvió a la mansión Rivas.
Esta vez no entró sola.
A su lado estaba Tomás. Detrás, la fiscal Mara Sanz con una orden judicial. Más atrás, Matteo De Luca, vestido de negro, observando todo con una calma peligrosa.
La prensa ya estaba fuera.
Matteo se había encargado de eso.
—Pensé que prefería trabajar en sombras —dijo Sofía.
—Las sombras protegen al culpable cuando el culpable tiene buenos abogados.
—¿Y las cámaras?
—Asustan a los cobardes.
Sofía casi sonrió.
Casi.
Gustavo abrió la puerta con bata de seda.
Intentó parecer indignado.
—Esto es una invasión.
Sofía subió el primer escalón.
—No. Es una devolución.
Renata apareció detrás de él.
—Sofía, querida, ese hombre te está manipulando.
Sofía la miró.
—Tú me manipulaste desde los nueve años. Al menos él no me llama querida.
Abril intentó bajar por la escalera trasera.
Tomás la señaló.
—Va al despacho.
Los agentes se movieron.
Abril gritó.
En la casa encontraron más pruebas de las que Sofía estaba preparada para ver.
En el despacho de Gustavo había:
Contratos con Ernesto Valcárcel.
Informes médicos falsos sobre Sofía.
Registros de tutelas.
Cartas de Isabel Alcázar nunca entregadas.
Pagos a guardias privados.
Fotografías del almacén quemado.
Un plan para internarla en una clínica psiquiátrica si se negaba a firmar.
Sofía tomó una de las cartas.
Estaba sellada con el nombre:
“Para mi hija cuando cumpla quince.”
Nunca la recibió.
Otra:
“Para Sofía cuando pregunte por mí.”
Nunca la recibió.
Otra:
“Para Tomás, si crece junto a ella.”
Tampoco.
Gustavo no solo la había robado.
Le había robado la voz de su madre durante años.
Sofía giró hacia él.
—¿Las leíste?
Gustavo no respondió.
—¿Leíste las cartas que mi madre me dejó?
Él apretó los labios.
—Eran peligrosas.
Sofía soltó una risa rota.
—No. Eran mías.
Renata intentó acercarse.
—Nosotros te criamos.
—Me encerraron.
—Te dimos educación.
—Me enseñaron a obedecer.
—Te dimos apellido.
—Me escondieron el mío.
Gustavo perdió la paciencia.
—¡Sin mí no eras nadie!
Sofía se acercó.
No lo golpeó.
No necesitaba.
—Entonces mírame aprender a ser alguien delante de ti.
Gustavo fue esposado.
Renata también.
Abril, llorando, aceptó colaborar.
Sofía no sintió triunfo.
Sintió vacío.
La mansión donde había crecido ya no parecía enorme.
Parecía pequeña.
Muy pequeña.
Matteo la esperó en la puerta.
—¿Quieres llevar algo?
Sofía miró la casa.
—Sí.
Tomó las cartas de su madre.
—Esto.
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