PARTE 6
El viejo novio que compraba viudas
Ernesto Valcárcel intentó huir esa misma tarde.
Su avión privado estaba listo en el hangar norte del aeropuerto ejecutivo.
Maleta de cuero.
Pasaporte diplomático falso.
Dos abogados.
Tres guardaespaldas.
No llegó a despegar.
Cuando entró al hangar, Matteo De Luca ya estaba allí.
Sentado sobre una caja de carga, traje negro, reloj de oro, expresión tranquila.
—Ernesto.
El magnate se detuvo.
—No puedes tocarme.
Matteo bajó de la caja.
—No vine a tocarte.
Las puertas del hangar se abrieron.
Entró la fiscal.
Ernesto perdió color.
—Esto es abuso.
Matteo sonrió.
—No. Abuso era comprar una novia de veintitrés años con cláusula de muerte. Esto es papeleo.
La fiscal presentó orden de arresto por conspiración, intento de fraude sucesorio, secuestro indirecto, falsificación y asociación ilícita.
Ernesto intentó reír.
—¿Creen que una niña asustada puede manejar las minas Alcázar? Esa empresa se hundirá sin mí.
Una voz respondió desde la entrada:
—Prefiero hundirla antes que entregársela a usted.
Sofía estaba allí.
Ya no llevaba el vestido de novia.
Llevaba pantalón negro, blusa blanca y el collar quemado de su madre alrededor del cuello.
Matteo la miró sorprendido.
—Te dije que esperaras en el coche.
—Y yo no obedecí.
—Lo noté.
Ernesto la miró con desprecio.
—Tú no sabes nada del mundo minero.
Sofía caminó hacia él.
—Sé que mi madre murió intentando denunciarlo.
—Tu madre era sentimental.
—Mi madre era valiente.
—Tu madre perdió.
Sofía sostuvo su mirada.
—No. Usted necesitó fuego, abogados, secuestros, una boda falsa y a mi familia entera para silenciarla. Eso no es ganar. Eso es tener miedo.
Ernesto levantó la mano para golpearla.
No llegó.
Matteo lo sujetó por la muñeca.
Su voz bajó.
—El error de los hombres viejos es creer que la edad les da derecho a tocar lo que no pudieron comprar.
Ernesto intentó soltarse.
No pudo.
La fiscal ordenó esposarlo.
Mientras se lo llevaban, Ernesto miró a Sofía.
—La mina te destruirá.
Sofía respondió:
—Entonces la cerraré antes de que destruya a otros.
Matteo la miró.
—Eso va a costarte millones.
—¿Y?
—Nada.
Él sonrió apenas.
—Solo quería asegurarme de que lo sabías.
Sofía miró el avión privado de Ernesto.
—¿Puede venderse?
Matteo levantó una ceja.
—¿El avión?
—Sí.
—Claro.
—Que pague abogados para trabajadores afectados.
Matteo sonrió más.
—Ahora sí estás empezando a sonar peligrosa.
Sofía lo miró.
—Me educaron tarde.
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