PARTE 3
La salida del club
Salir del club fue más difícil que entrar.
Mauricio dio una señal.
Las puertas se cerraron.
La música siguió sonando, pero ya nadie bailaba.
Clientes ricos fingían no mirar. Las otras chicas observaban desde las sombras con una mezcla de esperanza y miedo.
Camila susurró:
—Si me voy, ellas pagan.
Lorenzo la miró.
—Quiénes?
—Las otras. Siempre castigan a las que se quedan.
Esa frase cambió su plan.
Él había venido por una deuda.
Ahora veía una prisión.
—Mauricio —dijo—. Libros.
—¿Qué?
—Todos los libros de deuda. Ahora.
—No puede—
Lorenzo golpeó la mesa con dos dedos.
Nada violento.
Solo suficiente para recordar que el silencio también puede amenazar.
—Ahora.
Trajeron los libros.
Ciento veinte nombres.
Ciento veinte deudas imposibles.
Ciento veinte cárceles escritas con tinta barata.
Lorenzo los fotografió y envió a su abogado.
—Desde este momento, toda deuda del club queda congelada.
Mauricio gritó:
—No tiene autoridad.
—Tengo algo mejor. Tengo tus pagos a jueces, tus cuentas y tu miedo a que los Orsini sepan que robaste de sus porcentajes.
Mauricio quedó blanco.
Camila miró a Lorenzo.
—¿Robó a la mafia rival?
—Los idiotas siempre roban hacia arriba.
Los hombres de Lorenzo abrieron las puertas.
Varias chicas lloraron.
Una de ellas, Nora, tomó la mano de Camila.
—¿De verdad podemos salir?
Camila miró a Lorenzo.
Él respondió:
—Esta noche sí.
Pero antes de cruzar la puerta, entraron hombres de la familia Orsini.
El club se volvió hielo.
Al frente estaba Fabio Orsini, elegante, joven, con una sonrisa de serpiente.
—Caruso, estás tocando propiedad ajena.
Lorenzo colocó a Camila detrás de él.
—Las mujeres no son propiedad.
Fabio miró la pulsera.
—Ah. La hija de Rojas. Qué sentimental.
Camila sintió que el miedo volvía.
Fabio sabía quién era.
Eso significaba que la muerte de su padre no estaba enterrada.
Solo estaba esperando.
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