PARTE 6
La clínica sin ventanas
La clínica Santa Elvira no tenía letrero grande.
Solo una entrada blanca y cámaras discretas.
Allí terminaban mujeres que sabían demasiado, madres que reclamaban hijas vendidas, testigos que podían arruinar negocios de familias mafiosas y jueces comprados.
Camila entró con Lorenzo y una orden federal.
Esta vez no se escondió detrás de él.
Caminó a su lado.
El director de la clínica intentó negar registros.
Lorenzo puso una carpeta sobre el mostrador.
—No empiece con mentiras pequeñas. Venimos por las grandes.
Encontraron a la madre de Camila en el ala norte.
Se llamaba Elena Rojas.
Tenía el cabello gris antes de tiempo, las manos delgadas y una mirada perdida por años de medicación.
Cuando vio la pulsera en la muñeca de Camila, empezó a llorar.
—Mi niña…
Camila no supo moverse.
Había imaginado a su madre muerta.
Luego cruel.
Luego ausente.
Nunca la imaginó prisionera.
—Mamá?
Elena extendió las manos.
Camila cayó de rodillas frente a ella.
Lorenzo salió de la habitación.
No era su momento.
Pero escuchó el llanto desde el pasillo.
Y prometió algo en silencio:
cada nombre en esa clínica iba a salir a la luz.
Elena contó lo que pudo.
Iván, el padrastro, la vendió a los Orsini después de la muerte de Tomás. Mauricio recibió a Camila años después cuando ya era joven. El club era parte de una cadena de deuda. Algunos Caruso protegieron rutas a cambio de porcentaje.
Lorenzo no se defendió.
Tomó nota.
Luego llamó a sus hombres.
—Quiero nombres de mi familia involucrados.
—Jefe…
—Dije nombres.
Esa orden inició una guerra interna.
Pero Camila, abrazando a su madre, ya no tenía miedo de guerras.
Había vivido en una sin saberlo.
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