PARTE 3
El niño Rivera
El niño se llamaba Mateo Rivera.
Tenía ocho años, miedo a la oscuridad y una cicatriz nueva que no debía existir.
Isabel pidió verlo.
Nicolás se negó al principio.
—Está protegido por su familia.
—Yo lo operé.
—Precisamente por eso ahora quieren usarla como símbolo.
—No soy símbolo. Soy médica.
—En esta ciudad, todos terminan convertidos en bandera si sangran en el lugar equivocado.
Isabel lo miró.
—Qué forma tan triste de vivir.
Nicolás no respondió.
Finalmente aceptó.
La llevaron a una casa neutral.
Mateo estaba despierto.
Cuando vio a Isabel, sonrió débilmente.
—Usted me arregló.
Isabel se sentó junto a él.
—Hice lo que pude.
—Mi papá dice que los Santoro son malos.
Isabel miró a Nicolás, que estaba en la puerta.
—Los adultos dicen muchas cosas cuando tienen miedo.
Mateo bajó la voz.
—¿Yo empecé una guerra?
Isabel sintió que el pecho se le apretaba.
—No. Tú eres un niño. Las guerras las empiezan adultos que no saben qué hacer con su vergüenza.
Nicolás oyó la frase.
Y algo en su rostro cambió.
El padre de Mateo, Rafael Rivera, entró furioso.
—Santoro, no te acerques a mi hijo.
Nicolás respondió:
—Tu hijo está vivo porque ella no preguntó apellidos.
Rafael miró a Isabel.
No sabía agradecerle sin odiar a quien la había traído.
—Gracias —dijo al fin.
Isabel asintió.
—Cuídelo mejor. Alguien lo entregó.
Rafael se quedó quieto.
—¿Qué?
Isabel mostró el informe.
La herida de Mateo no venía de un ataque callejero. La distancia, el ángulo, la hora y la ruta indicaban emboscada desde dentro.
Mateo no fue víctima casual.
Fue usado.
Por alguien que quería guerra entre familias.
Y esa persona podía estar en cualquiera de los dos lados.
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