PARTE 3
El cuaderno que sobrevivió al fuego
Nicolás ordenó llevar a Valeria a una sala privada del estudio.
No para esconderla.
Para proteger las pruebas antes de que desaparecieran.
Eso fue lo primero que dijo:
—Ese cuaderno no vuelve a estar solo.
Valeria lo sostuvo contra el pecho.
—Nunca lo estuvo.
Él entendió.
Ese cuaderno había sido lo último que le quedaba de su madre.
La sala privada olía a café caro, maquillaje y tensión. Afuera, la transmisión seguía en pausa técnica, aunque miles de personas ya estaban comentando en redes. El video de Valeria interrumpiendo la final se replicaba por todas partes.
Martina exigía abogados.
Ramiro, el productor, gritaba por teléfono.
Nicolás cerró la puerta.
Por primera vez quedaron solos.
—Necesito saber todo —dijo él.
Valeria lo miró con desconfianza.
—Usted necesitó diez años.
El golpe fue justo.
Nicolás no lo esquivó.
—Sí.
—Mi madre escribió cartas. Nunca llegaron a su familia.
—Yo tenía veintidós años. Mi padre estaba aislado. Mi tío controlaba todo lo relacionado con el caso.
—Su tío?
—Claudio Aranda. Socio fundador de la cadena original. El hombre que tomó control durante la enfermedad de mi padre.
Valeria sintió que una pieza se movía.
—Mi madre escribió ese nombre.
Abrió el cuaderno en una sección del final.
Entre recetas había notas apresuradas:
“Claudio insiste en cambiar proveedor.”
“Martina estuvo en cocina privada con R.S.”
“El extracto no estaba en mi mise en place.”
“Esteban sospecha de su hermano.”
“Si algo pasa, buscar a Nicolás. No al consejo.”
Nicolás leyó la última línea varias veces.
—Ella intentó contactarme.
—Sí.
—Y alguien lo impidió.
—También.
Valeria sacó un sobre plastificado.
—Mi madre escondió esto en el doble fondo de la olla.
Dentro había un pequeño disco de memoria antiguo.
—Nunca pude abrirlo. Está dañado.
Nicolás lo tomó con cuidado.
—Yo sí conozco gente que puede.
—¿Por qué debería confiar en usted?
Él levantó la vista.
—No debería.
La respuesta la sorprendió.
—Entonces?
—Debería confiar en las copias. Haré tres. Una para usted. Una para un perito independiente. Una para fiscalía. Y si yo intento usar esto contra usted, filtre la mía.
Valeria lo estudió.
No era ternura.
Era método.
Eso le gustó más.
—Bien.
—Bien.
Hubo un silencio extraño.
Luego Nicolás habló más bajo:
—Mi padre no quedó inconsciente de inmediato. Durante semanas repetía palabras sueltas. Mi familia decía que eran delirios.
—Qué palabras?
Nicolás cerró los ojos.
—Medianoche. Rosa. No fue ella.
Valeria sintió que el aire se le rompía dentro.
Durante diez años había deseado escuchar algo así.
Y ahora que lo escuchaba, dolía más de lo esperado.
—¿Por qué no investigó?
Nicolás apretó la mandíbula.
—Porque tenía veintidós años, un padre destruido, una empresa cayéndose y un tío diciéndome que si no tomaba el control, perderíamos todo. Y porque fui cobarde de la forma elegante en que los ricos llaman prudencia.
Valeria no esperaba tanta honestidad.
Eso la desarmó por un segundo.
—Mi madre murió esperando que alguien la escuchara.
—Lo sé.
—No. No lo sabe.
Él aceptó el golpe otra vez.
—Tiene razón.
Valeria guardó el cuaderno.
—Entonces empiece ahora.
Nicolás asintió.
—Empezamos con la cocina donde ocurrió todo.
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