PARTE 3
La cicatriz que no sabía mentir
Mateo bajó del escenario sin escuchar el murmullo de los invitados.
El anillo seguía en su mano.
Pero ya no parecía un símbolo de amor.
Parecía una prueba mal colocada.
Isabel retrocedió apenas cuando él se acercó.
No por miedo físico.
Por memoria.
Durante tres años había deseado que la mirara de verdad. Y ahora que lo hacía, se sentía demasiado tarde, demasiado público, demasiado cruel.
Mateo tomó su muñeca con cuidado.
No como dueño.
Como alguien que toca una puerta que acaba de aparecer en medio de su propia vida.
—¿Dónde conseguiste esa marca? —preguntó.
Isabel tragó saliva.
Valeria llegó detrás de él.
—Mateo, por favor, estás haciendo una escena.
Él no soltó la muñeca.
—Contéstame, Isabel.
Fue la primera vez en mucho tiempo que pronunció su nombre sin frialdad.
Eso casi la hizo flaquear.
Casi.
—Me la hice con una cuerda congelada —dijo ella—. La noche que te arrastré hasta la cabaña.
El salón quedó mudo.
Valeria soltó una carcajada nerviosa.
—¡Por Dios! Eso es absurdo. La cicatriz puede ser de cualquier cosa.
Isabel la miró.
—Entonces dime dónde estaba herido.
Valeria parpadeó.
—En la pierna.
—Qué pierna?
—La… izquierda.
Isabel cerró los ojos un segundo.
—Derecha.
Mateo sintió un golpe interno.
Durante años, en sueños, sentía dolor en la pierna derecha y una mano apretando un vendaje improvisado.
Isabel continuó:
—Tenías una herida profunda en el muslo derecho, el hombro izquierdo dislocado y dos costillas fracturadas. El segundo día tuviste fiebre. No dejabas de decir que tenías que llamar a tu abuelo, aunque él ya había muerto. Te enojaste conmigo porque derretí nieve en una lata oxidada y dijiste que sabía a metal. Después la bebiste igual.
Nadie respiraba.
Mateo la miraba como si cada frase arrancara una venda más antigua que la de sus ojos.
Isabel siguió, ya sin poder detenerse:
—El tercer día, cuando oímos el helicóptero, me pediste que no me fuera. Yo te dije que no cerraras los ojos. Que si tú respirabas, yo también.
El anillo cayó de la mano de Mateo.
El sonido contra el mármol fue pequeño.
Pero en el salón sonó como un disparo.
Valeria retrocedió.
Elena Beltrán, desde la primera fila, apretó la copa hasta que sus dedos se pusieron blancos.
Mateo soltó despacio la muñeca de Isabel.
—Tú…
No pudo terminar.
Isabel bajó la manga.
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
La pregunta salió herida, pero también injusta.
Isabel lo sintió y levantó la mirada.
—¿Cuándo? ¿El día que firmamos y me dijiste que no esperara amor? ¿Durante las cenas en las que me tratabas como un trámite? ¿O quizá mientras tu madre me recordaba que yo debía desaparecer cuando el contrato terminara?
Mateo palideció.
Valeria aprovechó.
—Está manipulándote. Es obvio que investigó detalles del accidente. La prensa publicó muchas cosas.
Isabel soltó una risa triste.
—La prensa publicó lo que ustedes escribieron.
Mateo giró hacia su madre.
—¿Lo sabías?
Elena sostuvo la mirada de su hijo durante un segundo demasiado largo.
—Mateo, no vas a dejar que una escena destruya tres años de recuperación emocional.
—Te pregunté si lo sabías.
La voz de Mateo cambió.
Ya no era la del novio confundido.
Era la del CEO que había construido un imperio detectando mentiras en juntas silenciosas.
Elena respiró hondo.
—Hice lo necesario para protegerte.
Isabel cerró los ojos.
Otra vez esa frase.
Mateo dio un paso atrás.
—¿Protegerme de la mujer que me salvó la vida?
—De una oportunista.
Isabel abrió los ojos.
La palabra le dio asco, pero no sorpresa.
Mateo miró a Isabel.
—¿Es verdad que firmaste por dinero?
Ella metió la mano en el bolsillo interior de su uniforme y sacó un sobre doblado.
—Aquí están los comprobantes de las transferencias rechazadas. Nunca cobré tu compensación.
Elena palideció.
Isabel dejó el sobre sobre una mesa.
—Firmé porque tu madre amenazó con retirar el tratamiento de mi hermano menor. Firmé porque me dijo que, si no lo hacía, te haría creer que yo había inventado todo para extorsionarte. Firmé porque tenía veinticuatro años, estaba sola y acababa de pasar tres noches creyendo que iba a morir contigo en una cabaña.
La voz le tembló al final.
Pero no se rompió.
Mateo miró el sobre.
Luego a Valeria.
—¿Y tú?
Valeria lloraba ya, pero eran lágrimas de cálculo desesperado.
—Yo te amaba. Tu madre dijo que lo mejor para ti era creer que fui yo. Yo solo…
—Robaste una vida que no era tuya.
—¡Yo estuve a tu lado después!
—Después de que ella te entregó la historia.
Valeria calló.
No porque no tuviera excusas.
Porque ninguna sonaba bien frente a la mujer de la cicatriz.
Mateo miró a todos los invitados.
Luego al anillo en el suelo.
—La gala termina aquí.
Elena se levantó.
—No puedes hacer esto.
Mateo la miró.
—Acabo de descubrir que mi esposa legal estaba sirviendo vino en mi compromiso con otra mujer. Créeme, madre, puedo hacer muchas cosas esta noche.
Isabel sintió que le faltaba aire al escuchar “mi esposa legal” en voz alta.
No porque fuera romántico.
Porque por fin el secreto había dejado de estar encerrado en un contrato.
Pero todavía no era libertad.
Era apenas el principio del incendio.