PARTE 5
El vestido que eligió el hombre equivocado
El evento de gala del fin de semana llegó demasiado pronto.
Adrián necesitaba que Clara asistiera. Renata estaba buscando pruebas del matrimonio falso. Isabella estaba esperando cualquier error. Don Esteban quería verlos juntos. Y la prensa empezaba a murmurar sobre la esposa desconocida del heredero Montes.
—Necesitas un vestido —dijo Adrián, mirando el uniforme de enfermera que Clara llevaba al salir del hospital.
Ella bajó la vista.
—¿Qué tiene?
—Nada. Si vamos a una emergencia médica.
—Qué delicado.
—Ve a la tienda más cara de la ciudad. Compra lo que quieras. Precio no importa.
Clara lo miró.
—¿Esa es tu forma de ser amable?
—Es mi forma de evitar un desastre.
—Gracias por arruinarlo.
Esa tarde, Clara entró en la boutique Maison Aurelia con el cabello recogido, ropa sencilla y una tarjeta negra que Adrián le había dado sin explicar demasiado.
La vendedora la miró como si estuviera perdida.
—Los vestidos de esta sección no se pueden tocar.
—Solo quería ver la tela.
—Créame, no es para usted.
Clara respiró hondo.
Antes habría bajado la mirada.
Ahora pensó en la piscina, en Renata arrodillada, en Adrián diciendo “mi esposa”.
—Quiero su mejor vestido de noche.
La vendedora casi rió.
—Claro. ¿Y quiere pagar con deseos?
Clara sacó la tarjeta.
La vendedora la tomó sin ganas.
Cuando el sistema mostró el nombre Adrián Montes y límite ilimitado, la mujer cambió de color.
—Señora Montes…
Clara sonrió.
—Ahora sí puedo tocar la tela?
Compró un vestido de seda color marfil y unos stilettos plateados.
Pero no eligió sola.
Mientras la vendedora corría como si pudiera salvar su empleo con sonrisas, Clara escribió a Plomero Nocturno:
“Emergencia. Mi jefe me obliga a ir a un evento de alta sociedad y no sé qué ponerme.”
La respuesta llegó:
“Seda. Colores claros. Beige o blanco. Y zapatos plateados. Siempre funcionan.”
Clara parpadeó.
—Qué buen gusto tiene el plomero.
Al otro lado, Adrián estaba en su oficina respondiendo con seguridad, sin imaginar que estaba eligiendo el vestido de su propia esposa.
Cuando la vio bajar las escaleras esa noche, se quedó inmóvil.
Clara llevaba exactamente lo que él había sugerido a Conejita Azul.
El vestido caía sobre ella como luz líquida. El cabello suelto, los labios suaves, los pendientes discretos. No parecía la enfermera empapada de la piscina ni la mujer furiosa de la boda.
Parecía una mujer a la que todos habían subestimado por pura ceguera.
Adrián tragó saliva.
—¿Quién te sugirió ese vestido?
Clara entró en pánico.
No podía decirle que se lo había sugerido su crush online.
—Un… modelo de internet.
Adrián frunció el ceño.
—Claro.
En su mente, la sospecha murió a medias.
Conejita Azul no podía ser Clara.
Sería demasiado absurdo.
Demasiado peligroso.
Demasiado perfecto.
En la gala, Isabella Owen apareció como una reina dispuesta a recuperar su corona.
Había salido con Adrián en la universidad. Animadora famosa, rostro de campañas, mujer de apellido rico. Para ella, Clara era una interrupción barata.
—Adrián —dijo, abrazándolo demasiado cerca—. Te he extrañado.
Clara observó la escena con una punzada que no quiso nombrar.
Adrián dio un paso atrás.
—Estoy casado, Isabella. Ella es Clara. Mi esposa.
Isabella miró a Clara.
—Ahora entiendo por qué mantuvieron la boda en privado.
Clara sonrió.
—Y yo entiendo por qué él la mantuvo a usted en el pasado.
Varios invitados ahogaron risas.
Isabella perdió color.
Más tarde, intentó derramar vino sobre el vestido de Clara. Clara esquivó el gesto, pero la copa manchó el vestido de Isabella.
—¡Mi vestido cuesta ochenta mil! —gritó ella.
Adrián apareció detrás de Clara.
—El de mi esposa cuesta medio millón y es edición global limitada. ¿Cómo piensa compensarnos?
Isabella abrió la boca.
—Medio millón…
—Podemos aceptar su coche —dijo Clara, dulce—. Aunque quizá prefiera Uber.
Adrián la miró.
—Está aprendiendo.
—Tengo buen maestro.
Luego él le ofreció la mano.
—¿Bailamos?
—No sé bailar.
—Yo enseño.
—Si me pisas, te demando.
—Acepto el riesgo.
Bailaron.
Clara torpe.
Adrián paciente.
Y por primera vez, en medio de un salón lleno de personas falsas, algo entre ellos se sintió extrañamente real.
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