PARTE 6
La casa donde Adrián descubrió lo que era una familia
Clara le cobró el favor de la gala de inmediato.
—Mis padres quieren conocer a mi esposo.
Adrián se tensó.
—Eso no estaba en el contrato.
—Tampoco tirarte a una piscina con traje.
—Eso fue emergencia.
—Mi madre también lo es.
Así, el hombre más rico de la ciudad terminó en la pequeña casa de los Rivas, sentado en un sofá con una manta tejida sobre las piernas, una galleta horrible en la mano y Orlando preguntándole cuándo pensaban darle nietos.
—Papá —dijo Clara, roja de vergüenza.
Sara apareció con más galletas.
—Adrián, come otra. Están hechas con cariño.
Él probó una.
Era terrible.
Seca. Dura. Posiblemente peligrosa.
—Deliciosa —dijo.
Clara lo miró como si acabara de ver un milagro.
Adrián Montes, que podía despedir chefs por una salsa mal reducida, estaba comiendo galletas imposibles para no herir a su madre.
Más tarde, Orlando contó sin querer la historia de la deuda.
—Fue un caos. Sara pensó que yo pagué la hipoteca, yo pensé que ella la pagó, nadie la pagó y casi perdemos la casa. Pero nuestra Clarita siempre arregla todo.
Adrián miró a Clara.
—Aceptaste el matrimonio para salvarlos.
Ella cruzó los brazos.
—Sorpresa. No era una profesional cazafortunas.
La frase lo golpeó.
Había sido injusto con ella.
No solo frío.
Injusto.
Al salir al patio, Adrián la encontró colgando ropa junto a su madre.
La casa era pequeña, caótica, ruidosa, llena de fotografías, plantas torcidas, tazas distintas y risas que llegaban desde la cocina.
Nada combinaba.
Todo estaba vivo.
—Tu familia es… intensa —dijo él.
—Es una forma amable de decir desordenada.
—No. Quise decir cálida.
Clara lo miró.
Él parecía incómodo con esa palabra.
—¿Tu familia no era así?
Adrián bajó la vista.
—Mis padres murieron en un accidente cuando era niño. Mi abuelo me crió. Mi padre tuvo una hija fuera del matrimonio. Renata. Mi madre murió odiándolo. La casa Montes siempre fue grande. Nunca cálida.
Clara sintió que algo dentro de ella se ablandaba.
—Lo siento.
—No lo hagas. No éramos cercanos.
—Eso no significa que no duela.
Adrián la miró.
Nadie le decía esas cosas.
Nadie.
—Tú dijiste antes que familia significa quedarse juntos incluso cuando todo es un caos.
—Sí.
—Creo que quiero eso.
La confesión fue baja.
Casi avergonzada.
Clara sonrió.
—Entonces empieza por no insultar las galletas de mi mamá.
—Ya hice un sacrificio heroico.
—Te vi guardar una en la servilleta.
—Era defensa personal.
Ella rió.
Adrián la miró demasiado tiempo.
Esa noche, al volver a la mansión, le escribió a Conejita Azul:
“¿Qué hace a un buen esposo?”
Clara, acostada en su habitación, respondió sin saber:
“Alguien amable, divertido, que entienda tus rarezas… y que idealmente sepa arreglar tuberías.”
Adrián cerró los ojos.
—Teddy.
El asistente apareció en la puerta.
—¿Sí?
—Necesito aprender a hacer galletas.
Teddy lo miró como si hubiera anunciado una guerra nuclear.
—¿Perdón?
—Y quizá algo de plomería básica.
—Señor, usted dirige once países.
—No puede ser más difícil que hornear.
Teddy pensó en las galletas de Sara.
—No estaría tan seguro.
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