PARTE 10
La prima que no quiso perder
Valeria eligió un viejo almacén cerca del puerto.
Le dijo a Inés que quería entregarle pruebas, disculparse y marcharse.
Inés no le creyó del todo.
Pero fue.
No por ingenua.
Por cerrar una historia que le dolía desde la infancia.
—¿Por qué me odias tanto? —preguntó Inés al verla.
Valeria estaba pálida, ojerosa, descompuesta.
—Porque tú siempre caías de pie.
—¿De pie? Vine a la ciudad para pagar un hospital.
—Y aun así Sebastián te miró a ti. Regina te quiso a ti. Todos te creen buena, fuerte, especial. Yo tuve que pelear por cada migaja.
—Robarme no era pelear.
Valeria sonrió.
—No. Era sobrevivir.
Inés sintió un sabor amargo en la boca.
Demasiado tarde notó el vaso de agua sobre la mesa.
Valeria siguió su mirada.
—La misma estrategia. Qué triste que confíes tan fácil.
Inés retrocedió.
El cuerpo empezó a pesarle.
—¿Qué me diste?
—Algo para que no pelees tanto. Tranquila. No quiero hacerte sufrir mucho.
Dos hombres salieron de las sombras.
Inés intentó luchar.
Logró derribar a uno.
El otro la sujetó.
Valeria gritó:
—¡Está embarazada, idiotas! No la golpeen donde no deben.
Inés la miró con horror.
—¿Vas a matar a mi hijo?
Valeria tembló.
—Si ese niño nace, yo desaparezco.
—Tú desapareciste sola cuando decidiste ser yo.
El golpe verbal dolió más que un puñetazo.
Valeria levantó la mano.
—Arrodíllate y pídeme perdón.
—No.
—Pídeme perdón por hacer que Sebastián te prefiera.
Inés, incluso mareada, incluso débil, sonrió.
—Si alguien debe pedir perdón, eres tú.
Los hombres intentaron llevarla.
Entonces se oyó un golpe en la puerta.
Sebastián entró con Bruno y seguridad.
No esperó.
No negoció.
No preguntó.
Corrió hacia Inés.
Uno de los hombres levantó una barra de metal.
Sebastián se interpuso.
El golpe cayó sobre él.
Inés gritó.
—¡Sebastián!
La seguridad redujo a los agresores.
Valeria intentó escapar, pero Bruno la detuvo.
Sebastián cayó de rodillas, sangrando por la cabeza y el hombro.
Inés, con las fuerzas volviendo a medias, se arrastró hasta él.
—¿Por qué hiciste eso?
Él respiró con dificultad.
—Soy tu guardaespaldas ahora.
—Idiota.
—Lo sé.
La ambulancia llegó minutos después.
En el hospital, los médicos lo llevaron a observación.
Inés se quedó en la puerta, con la mano sobre el vientre, temblando.
Regina la abrazó.
—Él ya sabe.
Inés cerró los ojos.
—¿Qué sabe?
—Que eras tú.
—No pude decírselo.
—A veces la verdad corre más rápido que el miedo.
Pero cuando Inés entró a verlo, Sebastián estaba inmóvil.
Pálido.
Con los ojos cerrados.
Y ella pensó que quizá la verdad había llegado demasiado tarde.
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