PARTE 8
El padre que no era padre
Ramiro Ríos gritó frente a las cámaras:
—¡Esta es mi hija! ¡La crié y ahora que se casó con un rico no me reconoce!
La transmisión en vivo explotó.
Los empleados se agolparon en ventanas.
Los periodistas llegaron en minutos.
Ramiro lloraba con una facilidad repugnante.
—Me bloqueó de todo. No me da dinero. Su hermana está muriéndose de hambre. ¿Esa es la esposa del presidente Fuentes?
Camila salió temblando.
—Ramiro, apaga eso.
—¿Ves? Ni siquiera me llama papá.
—Porque vendiste a Lola a un viejo por dinero de apuestas.
La gente murmuró.
Ramiro se tiró al suelo.
—¡Miente! ¡Me empujó! ¡Mi propia hija me maltrata!
Leonardo apareció detrás de ella.
—¿Quién dijo que ella es tu hija de sangre?
El silencio cambió.
Camila giró hacia él.
—¿Qué?
Leonardo había investigado.
Ramiro no era su padre biológico. Años atrás, un hombre borracho en un pueblo confesó que Ramiro adoptó a una niña abandonada para asegurarse de tener alguien que lo cuidara en la vejez.
También había otra pista:
el collar que Camila conservaba de su madre.
Un collar con el emblema de la familia Salvatierra.
Camila recordó de golpe todas las veces que Ramiro la golpeó por preguntar por su madre. Todas las veces que le dijo:
—Agradece que te recogí. Nadie te quería.
Ahora quizá entendía por qué.
Leonardo ordenó retirar a Ramiro.
Camila se quebró en privado.
—Mi padre biológico me abandonó. Mi padre adoptivo me vendió por dinero. ¿Qué se supone que haga con eso?
Leonardo la abrazó con cuidado.
—No tienes que hacer nada hoy.
—Quiero saber quién soy.
—Lo sabremos.
Pero Beatriz, la madre de Leonardo, vio el escándalo en redes y rechazó conocerla.
—Esa mujer hundió el valor de nuestras acciones en una tarde —dijo—. Nunca aceptaré a una nuera con esa clase de familia.
Leonardo llevó a Camila a la mansión Fuentes.
La dejaron afuera bajo la lluvia.
—La señora dice que si la joven quiere ser aceptada, que se arrodille hasta que se calme.
Leonardo se quitó el saco.
—Entonces me arrodillo con ella.
Camila lo miró.
—No hagas esto.
—No voy a entrar a una casa donde mi esposa debe quedarse en la puerta.
—Tu madre está enojada por mi culpa.
—No. Está asustada por el mundo del que vienes. Pero yo no.
La lluvia cayó durante horas.
Camila enfermó.
Beatriz, al verla desmayarse, abrió la puerta.
Y al reconocerla de golpe, su rostro se volvió ceniza.
—Eres tú…
Días antes, Camila había ayudado a una mujer con el pie torcido en la calle. La masajeó, la acompañó al hospital y la llamó “tía” sin saber que era Beatriz Fuentes.
Beatriz, que había dicho que jamás aceptaría a esa nuera, entendió que la chica buena que quiso presentar a su hijo… ya era su esposa.
—Dios mío —susurró—. ¿Qué hice?
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