PARTE 2
La acusación
La primera en reír fue Vittoria.
No fue una risa fuerte.
Fue peor.
Una risa suave, elegante, diseñada para convertir a Sofía en ridícula antes de que pudiera defenderse.
—Qué teatral —dijo—. Contratamos una intérprete y resulta que también es vidente.
El abogado del clan Marino dio un paso hacia Sofía.
—Señor Marino, recomiendo retirarla de la sala y revisar sus pertenencias.
Sofía levantó las manos.
—No tengo nada que esconder.
Mentira.
Tenía miedo.
Tenía la foto de Nico en el bolsillo interior de su chaqueta. Tenía un papel con direcciones del puerto. Tenía demasiadas preguntas para una mujer que, según contrato, solo debía traducir.
Alessandro no ordenó nada de inmediato.
Ese silencio suyo pesaba más que todos los gritos.
Miró a Elena.
Hizo una seña lenta, mal hecha:
¿Es verdad?
Elena respondió rápido:
Sí. Ella entendió bien. Vittoria señaló a alguien. No compres.
Sofía tradujo.
Vittoria se puso de pie.
—¿De verdad vas a creerle a una desconocida? Alessandro, esa chica acaba de tocarte frente a todas las familias. Es una provocación. Tal vez la mandaron los Ricci. O la policía. O alguien que no quiere nuestro matrimonio.
El nombre policía cambió la sala.
Un murmullo oscuro se extendió entre las mesas.
Alessandro levantó una mano.
Silencio.
—Registren su bolso —dijo.
Sofía sintió que el estómago se le cerraba.
Dos guardias se acercaron. Revisaron la cartera. Al principio no encontraron nada.
Luego uno sacó una carpeta que Sofía jamás había visto.
Documentos.
Fotografías.
Nombres de socios Marino.
Planos del hotel.
Una tarjeta de una unidad policial anticrimen.
El abogado sonrió.
—Qué curioso.
Sofía sintió que la sangre se le iba del rostro.
—Eso no es mío.
—Siempre dicen eso —respondió Vittoria.
Elena se levantó, furiosa, haciendo señas tan rápido que Sofía apenas pudo seguirla.
¡La plantaron! ¡Yo vi al guardia de Vittoria tocar su bolso!
Sofía tradujo.
El guardia acusado se puso rígido.
Vittoria negó con elegancia.
—Elena está alterada. Esta chica la está manipulando.
Elena golpeó la mesa.
El sonido retumbó.
Alessandro se giró hacia su hermana.
Por primera vez, Sofía vio dolor en su rostro.
No ira.
Dolor.
Como si estuviera acostumbrado a que todos hablaran por Elena y cansado de no saber cómo impedirlo.
—Basta —dijo Alessandro.
Miró a Sofía.
—Vendrás conmigo.
—No.
Uno de los guardias dio un paso.
Alessandro lo detuvo con la mirada.
—No era una invitación, señorita Vidal.
Sofía sintió que la sala se inclinaba.
—Si me lleva, quiero que Elena venga también.
Vittoria protestó:
—No vas a permitir que esa mujer use a tu hermana como escudo.
Sofía la miró.
—No. La estoy tratando como testigo.
Elena hizo una seña con rabia:
Por fin alguien lo entiende.
Alessandro vio esa seña.
No la entendió completa.
Pero entendió el rostro de su hermana.
—Elena viene —ordenó.
Vittoria apretó los labios.
La subasta se suspendió.
El diamante negro no fue vendido.
Sofía fue llevada a la mansión Marino en un coche blindado, sentada frente a Alessandro, con Elena a su lado. Nadie habló durante diez minutos.
Hasta que Alessandro rompió el silencio.
—Si eres espía, morirás.
Sofía lo miró.
—Si quisiera espiarlo, habría elegido un trabajo mejor pagado y menos suicida.
Elena soltó una risa muda.
Alessandro la vio.
Después miró a Sofía.
—Mi hermana no se ríe con desconocidos.
—Quizá porque los desconocidos suelen hablarle como si no estuviera.
Aquello tocó algo.
Sofía lo notó.
Alessandro no respondió.
Pero tampoco apartó la mirada.
Y por primera vez desde que lo vio entrar en la subasta, Sofía entendió algo peligroso:
Alessandro Marino no era solo un jefe de mafia.
Era un hermano que no sabía cómo salvar a la única persona que todavía podía herirlo.
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