PARTE 6
El beso sin sonido
Encontraron el almacén al amanecer.
No fueron todos.
Solo Alessandro, Rafa, Sofía y dos hombres de confianza.
Sofía exigió ir.
Alessandro dijo no.
Ella respondió:
—Mi hermano no oye. Si está herido, si tiene miedo, si necesita comunicarse, ninguno de ustedes podrá entenderlo a tiempo.
Eso cerró la discusión.
El almacén estaba cerca de los muelles viejos, donde el olor a sal se mezclaba con diésel y basura húmeda. Entraron sin hacer ruido.
Nico estaba allí.
Vivo.
Atado.
Con sangre seca en el labio, pero vivo.
Sofía corrió hacia él.
Nico levantó las manos apenas pudo.
Tonta. Te dije que no vinieras.
Sofía lloró y rió al mismo tiempo.
—Cállate con las manos.
El operativo parecía limpio.
Demasiado.
Cuando salían, una explosión pequeña cerró la puerta lateral. No buscaba matar. Buscaba encerrar.
Hombres armados aparecieron entre contenedores.
Rafa gritó órdenes.
Alessandro empujó a Sofía y Nico detrás de una columna.
—No se muevan.
Sofía vio algo antes que los demás.
Uno de los hombres hacía señas.
Mal.
Pero suficientes.
No disparar a la intérprete. La quieren viva.
Sofía agarró la manga de Alessandro.
—Me quieren a mí.
—Lo sé.
—Úseme.
Él la miró como si la frase lo insultara.
—No vuelvas a decir eso.
—Puedo salir, distraerlos…
—No eres carnada.
—Mi hermano está aquí.
—Y tú también.
El tiroteo fue breve, seco, controlado. No como en películas. Más rápido. Más sucio. Más real.
Un hombre se acercó demasiado a Nico.
Sofía se lanzó sin pensar.
Alessandro la alcanzó antes de que el golpe le cayera a ella, recibiéndolo en el hombro.
—¡Alessandro!
Él derribó al atacante.
Pero había sangre en su camisa.
Sofía sintió pánico.
—Está herido.
—No es nada.
—Todos los hombres tontos dicen eso.
—Entonces soy coherente.
Lograron salir.
En la mansión, Sofía le curó el hombro.
Sus manos temblaban.
—No soy enfermera.
—Ya me di cuenta.
—Puedo hacerle daño.
—Hazlo. Me distrae.
Ella lo miró.
Alessandro estaba sentado frente a ella, camisa abierta, vendaje a medio poner, rostro cansado. Demasiado humano. Demasiado cerca.
—¿Por qué me protegió?
—Porque estabas a punto de hacer una estupidez valiente.
—No es respuesta.
—Porque si te pasaba algo, Elena me odiaría.
—Tampoco es respuesta.
Él sostuvo su mirada.
—Porque yo también.
Sofía dejó de respirar.
—¿Usted también qué?
Alessandro levantó la mano sana y tocó suavemente sus dedos.
No la sujetó.
Solo preguntó sin palabras.
Sofía pudo apartarse.
No lo hizo.
El beso fue silencioso.
Sin música.
Sin testigos.
Sin promesas.
Solo dos personas cansadas de traducir todo menos lo que sentían.
Cuando se separaron, Sofía cerró los ojos.
—Esto es un error.
Alessandro apoyó la frente en la suya.
—Probablemente.
—Soy una intérprete bajo sospecha.
—Yo soy un jefe de mafia.
—Eso empeora todo.
—Sí.
Pausa.
—Pero no lo hace falso.
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