PARTE 1
La restauradora que no debía tocar ese cuadro
Valeria Cruz no creía en fantasmas.
Creía en barniz viejo, grietas, pigmentos oxidados y mentiras cubiertas con capas de pintura.
Los muertos, pensaba ella, no hablaban.

Los cuadros sí.
Su pequeño taller estaba en una calle húmeda detrás del mercado de San Telmo. No era elegante, pero olía a trementina, madera antigua y café barato. En las paredes colgaban vírgenes rotas, retratos familiares descoloridos, marcos dorados con esquinas partidas y una fotografía de su hermano menor, Leo, sonriendo con una mancha de pintura en la mejilla.
Leo era su única familia.
Y llevaba diez días desaparecido.
La policía dijo que quizá se había metido en problemas.
La dueña de la galería dijo que Leo había robado una pieza menor y huyó.
Los vecinos dijeron que una camioneta negra lo había recogido de madrugada.
Valeria no creyó ninguna versión completa.
Leo podía ser impulsivo, pero no ladrón.
La noche número diez, una nota apareció bajo la puerta del taller.
No tenía firma.
Solo una dirección, una foto de Leo atado a una silla y una frase:
Restaura el retrato de Alessia Ferrante. Encuentra lo que hay detrás del lienzo. Entrégalo. O tu hermano no vuelve.
Valeria leyó el apellido tres veces.
Ferrante.
En la ciudad, ese apellido no se pronunciaba con normalidad.
Se bajaba la voz.
La familia Ferrante controlaba el puerto norte, galerías privadas, clubes, seguridad, transporte y negocios que nadie escribía en papeles oficiales.
Y su jefe actual, Cristian Ferrante, tenía una reputación peor que una condena.
Frío.
Implacable.
Elegante.
Joven para mandar tanto.
Hermoso de una forma que las mujeres comentaban en voz baja y los hombres odiaban admitir.
A la mañana siguiente, un coche negro se detuvo frente al taller.
Un hombre enorme bajó.
—Señorita Cruz.
—Depende de quién pregunte.
—El señor Ferrante la espera.
Valeria miró la foto de Leo escondida en su bolso.
—Entonces no hagamos esperar al señor Ferrante.
La mansión Ferrante estaba en una colina sobre el puerto.
No parecía una casa.
Parecía una advertencia construida en piedra.
La llevaron por pasillos largos hasta una galería privada cubierta con cortinas oscuras. En el centro había un cuadro enorme cubierto por una tela negra.
Alguien estaba de espaldas frente a él.
Traje negro.
Hombros firmes.
Manos en los bolsillos.
Silencio de hombre acostumbrado a que todos esperen.
—Valeria Cruz —dijo sin girarse.
Su voz era baja.
Peligrosa.
—Cristian Ferrante —respondió ella.
Él giró lentamente.
Valeria tuvo que obligarse a no reaccionar.
Porque sí.
Era tan atractivo como decían.
Quizá más.
Pero no era una belleza amable. Era una belleza que parecía traer cicatrices debajo de la piel. Ojos oscuros, mandíbula dura, labios serios, una calma que no necesitaba gritar para dominar una habitación.
—Me dijeron que eres buena restaurando obras dañadas.
—Depende del daño.
Cristian levantó la tela negra.
El retrato apareció.
Una mujer joven, hermosa, vestida de azul oscuro. Ojos tristes. Mano sobre el pecho. Una pequeña cadena de oro en el cuello.
—Alessia Ferrante —dijo él—. Mi madre.
Valeria observó el cuadro.
Algo estaba mal.
No en la mujer.
En el cuadro.
El barniz no correspondía a la época. La capa superior tenía tensión rara. Había zonas demasiado pesadas, como si alguien hubiera pintado encima de algo.
—¿Qué le pasó?
Cristian sostuvo su mirada.
—Traicionó a mi familia. Vendió a mi padre a los Orsini. Murió antes de que pudiéramos juzgarla.
Valeria no respondió.
—Pregunté por el cuadro —dijo al fin—, no por la sentencia.
Un hombre detrás de Cristian se tensó.
Cristian, en cambio, la miró con una sombra de interés.
—Tienes una boca peligrosa para alguien que acaba de entrar en mi casa.
—Y usted tiene un cuadro que no quiere mirar, pero tampoco puede destruir.
El silencio cambió.
Valeria supo que había tocado algo.
Cristian cubrió de nuevo el retrato.
—Restáuralo. Nada más.
—Los cuadros no se restauran con órdenes. Necesito tiempo, luz, herramientas y acceso.
—Tendrás todo.
—Y privacidad.
—No.
Valeria respiró.
—Entonces tendrá una restauración mediocre.
Cristian se acercó un paso.
—¿Me estás negociando?
—Le estoy explicando mi trabajo.
Él sostuvo su mirada demasiado tiempo.
—Tres horas al día. Dos guardias fuera de la puerta. Nadie entra mientras trabajas.
—Acepto.
—Y si dañas el cuadro…
—Si quisiera dañar algo, habría empezado con su ego. Parece más frágil que el lienzo.
Por primera vez, Cristian Ferrante casi sonrió.
Casi.
Valeria sintió algo absurdo en el pecho.
Lo ignoró.
No había venido a gustarle al jefe de la mafia.
Había venido a salvar a su hermano.
Y el cuadro de Alessia Ferrante acababa de convertirse en la única puerta.