PARTE 4
El robo del retrato
El retrato desapareció la noche siguiente.
A las 2:13, las cámaras mostraron a Valeria entrando en la galería.
A las 2:19, el cuadro ya no estaba.
A las 2:21, una transferencia de quinientos mil euros apareció en una cuenta abierta a su nombre.
Demasiado limpio.
Demasiado perfecto.
Cristian vio las imágenes en la sala de seguridad.
No dijo nada.
Marcelo habló primero:
—Lo siento, muchacho. Quise advertirte.
Serena estaba a su lado, con ojos brillantes de falsa compasión.
—Una mujer así no entra a una familia como esta sin precio.
Rafa, el hombre de confianza de Cristian, frunció el ceño.
—El video está raro.
Marcelo lo miró.
—¿Raro?
—La sombra de la puerta no coincide.
Serena intervino:
—Rafa, no intentes defender a una ladrona.
Cristian levantó una mano.
—Traigan a Valeria.
La encontraron en su taller, dormida sobre la mesa, con las manos manchadas de barniz y una carta a medio escribir para Leo.
No huyó.
No entendía nada.
Hasta que la llevaron a la mansión y vio la pantalla.
Su rostro perdió color.
—No soy yo.
Serena rió.
—Claro.
Marcelo puso la transferencia sobre la mesa.
—El dinero tampoco es tuyo, supongo.
Valeria miró a Cristian.
Solo a él.
—Usted sabe que no fui.
Cristian sostuvo su mirada.
Y por un segundo ella creyó que él iba a creerle.
Pero él dijo:
—¿Dónde está el retrato?
Algo dentro de Valeria se rompió.
No porque la acusaran.
Sino porque la pregunta venía de él.
—No lo sé.
—¿A quién se lo entregaste?
—A nadie.
—¿Qué había detrás del lienzo?
—La verdad.
Serena aplaudió lentamente.
—Qué poético.
Valeria giró hacia ella.
—Usted le tiene miedo a ese cuadro.
Serena sonrió.
—Yo no le tengo miedo a empleadas con pinceles.
—No. Pero sí a las madres muertas que aún saben escribir.
Serena perdió la sonrisa.
Cristian lo notó.
Valeria también.
Marcelo golpeó la mesa.
—Basta. En otros tiempos, alguien como ella ya estaría bajo tierra.
Cristian habló con una calma fría:
—En mis tiempos, nadie decide eso por mí.
Marcelo calló.
Cristian miró a Valeria.
—Hasta encontrar el cuadro, no saldrás de la mansión.
—¿Soy prisionera?
—Eres sospechosa.
—Qué diferencia tan elegante.
Rafa la escoltó a una habitación vigilada.
Antes de cerrar la puerta, Valeria le dijo a Cristian:
—Si cree que robé el retrato, entonces no merece saber lo que su madre intentó decirle.
Él no respondió.
Pero esa noche no durmió.
Y a las cuatro de la mañana, cuando revisó el video por décima vez, vio lo que Rafa había notado.
La mujer de la cámara tenía la altura de Valeria.
Pero caminaba como Serena.
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