PARTE 6
La tumba vacía
La policía llegó al hotel antes de medianoche.
Esta vez no era la misma policía.
Elena se encargó de eso.
Había enviado copias de todo a fiscales federales, prensa internacional y dos jueces que Amalia no podía comprar.
Gabriel fue el primero en perder la compostura.
—Elena, escúchame. Yo nunca quise que murieras.
Ella lo miró.
—Solo querías que desapareciera lo suficiente para quedarte con todo.
—Marina me manipuló.
Marina gritó:
—¡Mentiroso!
Amalia dijo:
—Los dos son idiotas.
Héctor se sentó, derrotado.
Elena caminó hacia él.
—Quiero saber una cosa.
Su padre levantó los ojos.
—Elena…
—¿Lloraste en mi funeral?
Él no respondió.
—No por las cámaras. No por los socios. No por la prensa. Tú, solo. ¿Lloraste?
Héctor empezó a llorar ahora.
Demasiado tarde.
—Creí que estabas muerta.
—Y aun así firmaste.
—No tenía opción.
Elena se inclinó.
—Siempre hubo una opción. Solo que yo era más cara de salvar que de vender.
Héctor bajó la cabeza.
Ella se apartó.
No lo perdonó.
No esa noche.
Quizá nunca.
Cuando esposaron a Gabriel, él la miró como si por fin entendiera lo que había perdido.
—Te amé.
Elena sintió una risa amarga subirle por la garganta.
—No, Gabriel. Me usaste con ternura. No es lo mismo.
Marina se arrodilló.
—Por favor, no me destruyas. Soy tu hermana.
Elena la miró.
Recordó cuando eran niñas.
Cuando Marina tenía miedo a la oscuridad y se metía en su cama.
Cuando compartían vestidos.
Cuando prometieron nunca dejar que nadie las separara.
Luego recordó su voz junto al barranco:
“Cuando ella muera, yo ocuparé su lugar.”
—Mi hermana murió antes que yo —dijo Elena—. La noche que decidió ocupar mi tumba.
La policía se la llevó.
Amalia no lloró.
Solo miró a Elena con odio.
—Te arrepentirás. Las mujeres como tú creen que sobrevivir las hace invencibles.
Elena se acercó.
—No, Amalia. Sobrevivir me enseñó que no soy invencible.
Pausa.
—Por eso aprendí a preparar copias.
La prensa entró cuando las puertas se abrieron.
Los flashes iluminaron el salón.
La fiesta de compromiso se convirtió en escena criminal.
Las flores blancas terminaron pisadas.
El pastel quedó intacto.
La pantalla aún mostraba el barranco.
Elena salió por la puerta principal del hotel bajo una lluvia fina.
Igual que aquella noche.
Pero esta vez caminaba.
No huía.
Bruno la alcanzó.
—¿Y ahora?
Elena miró la ciudad.
—Ahora recupero mi nombre.
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