PARTE 2
El jueves del Hotel Magnolia
Sofía no siguió a Alejandro de inmediato.
La desesperación comete errores.
Ella no podía permitirse ninguno.
Primero revisó horarios.
Alejandro decía tener reuniones todos los jueves a las ocho.
Valeria salía de casa los jueves a las siete y media, diciendo que iba a cenar con amigas.
Ambos volvían después de las once.
Demasiado exacto.
Después revisó gastos familiares.
El Hotel Magnolia aparecía varias veces en una cuenta compartida de administración de la casa.
Concepto:
Atención a cliente externo.
Sofía casi rió.
Qué forma tan elegante de pagar una traición.
La tercera prueba llegó por accidente.
Una tarde, Patricia discutía por teléfono en la terraza. Sofía pasaba cerca con una taza de té.
—No me importa si Valeria está nerviosa —dijo Patricia en voz baja—. Tiene que aguantar hasta que Sofía firme. Después Alejandro sabrá qué hacer.
Sofía se detuvo.
Patricia siguió:
—No, no puede enterarse del embarazo antes de la cena. Si se rompe el compromiso, las acciones quedan bloqueadas.
Sofía sintió que la taza le quemaba los dedos.
No se movió.
No respiró.
Patricia escuchó algo y se giró.
—¿Sofía?
Ella apareció con rostro sereno.
—¿Quieres té?
Patricia la miró con sospecha.
—No.
Sofía sonrió.
—Está bien.
Subió a su habitación con la calma de una persona que acaba de ver la forma completa de la jaula.
No era solo infidelidad.
Era un plan.
Alejandro no pensaba dejarla antes de obtener las acciones.
Valeria no era solo amante.
Era pieza.
Patricia sabía.
Y su padre…
Sofía no quería pensar en eso todavía.
El siguiente jueves, Sofía fue al Hotel Magnolia.
No entró a la suite.
No golpeó puertas.
Se sentó en el bar del vestíbulo con gafas oscuras, un vestido sencillo y el cabello suelto.
A las ocho y doce, Alejandro entró.
No miró alrededor.
La seguridad del culpable suele parecerse mucho a la costumbre.
A las ocho y diecisiete, llegó Valeria.
Vestido rojo.
Tacones.
El mismo perfume que Sofía olía en la chaqueta de Alejandro.
No se saludaron en público.
Subieron por separado.
Sofía esperó.
A las diez y cincuenta, bajaron juntos.
No iban tomados de la mano.
No hacía falta.
Alejandro le acomodó a Valeria un mechón de cabello detrás de la oreja con una intimidad que no se finge.
Valeria se rió.
Luego dijo algo que Sofía no escuchó, pero leyó en sus labios:
—Cuando sea tu esposa…
Sofía cerró los ojos un segundo.
Abrió la cámara de su teléfono.
Tomó una foto.
No por impulso.
Por memoria.
Al salir del hotel, Valeria dejó caer algo sin darse cuenta.
Un recibo pequeño.
Sofía lo recogió después.
Cena para dos.
Suite 904.
Champán.
Fresas.
Cargo a cuenta empresarial.
Sofía guardó el recibo en el bolso.
Esa noche, Alejandro llegó a casa con la misma sonrisa.
—Fue agotador.
Sofía lo miró desde el sofá.
—¿La reunión?
—Sí.
—¿Salió bien?
Él se acercó y le besó la mejilla.
—Muy bien.
—Me alegro.
Alejandro no notó nada.
Eso la enfureció más que la mentira.
No solo la traicionaba.
La subestimaba.
El sábado, Julián anunció la cena familiar.
—Quiero que todos estemos juntos. Hablaremos de la boda, del fideicomiso y del futuro.
Sofía miró a Alejandro.
Él sonrió.
Valeria bajó la mirada.
Patricia apretó la servilleta.
La mesa ya estaba servida.
Solo faltaba que ellos se sentaran a mentir.
Sofía decidió llevar un regalo.
Una caja blanca.
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