LA ESPOSA SECRETA DEL CEO APARECIÓ EN LA GALA DONDE ÉL IBA A COMPROMETERSE CON OTRA: Todos pensaron que Daniela era una invitada perdida… hasta que el CEO dejó el anillo de compromiso y corrió tras la mujer que llevaba dos años siendo su esposa – PARTE 4

PARTE 4

La gala de Renata

La gala del Grupo Vega se celebró en el Hotel Imperial.

Todo era brillante.

Demasiado brillante.

Lámparas enormes.
Flores blancas.
Mesas de cristal.
Prensa.
Empresarios.
Mujeres vestidas como amenazas suaves.
Hombres hablando de poder como si fuera un idioma privado.

Sebastián llegó con traje negro y rostro cerrado.

Su madre, Victoria Vega, lo esperaba en la entrada.

—Sonríe —ordenó.

—No voy a hacer el anuncio.

Victoria ni siquiera parpadeó.

—Lo harás.

—No.

—La familia Alarcón está aquí. La prensa está aquí. Renata está aquí.

—Yo también estoy aquí.

Victoria lo miró con frialdad.

—Tú estás aquí porque llevas el apellido Vega.

—No soy propiedad del apellido.

—No seas ingenuo. Todos somos propiedad de algo.

Renata apareció antes de que él respondiera.

Vestido plateado.
Elegante.
Hermosa de una manera calculada.

—Sebastián —dijo suavemente—. No hagas esto difícil.

Él la miró.

—No deberías estar aquí como mi prometida.

—Pero estoy.

—Nunca te pedí matrimonio.

Renata sonrió.

—No necesitas pedirlo. A veces las familias entienden mejor que los enamorados lo que conviene.

Sebastián sintió asco.

No por Renata.

Por sí mismo.

Porque durante dos años había permitido que esa palabra, “conviene”, respirara demasiado cerca de su vida.

A mitad de la gala, Victoria subió al escenario.

—Buenas noches. Esta noche celebramos no solo el crecimiento del Grupo Vega, sino también una unión que fortalecerá nuestro futuro familiar y empresarial.

Sebastián se tensó.

Renata se acercó a él.

Las cámaras se prepararon.

Entonces las puertas del salón se abrieron.

Daniela entró.

Vestido azul oscuro.

Cabello recogido.

Rostro sereno.

Joven, hermosa, sencilla entre tanta ostentación, pero con una dignidad que hizo que varias personas se giraran sin saber por qué.

Sebastián dejó de respirar.

Daniela no caminó hacia el escenario.

Caminó hacia una mesa lateral.

Tomó una copa de champán.

Se quitó el anillo.

Lo dejó sobre el borde de la copa.

El pequeño sonido del metal contra el cristal no debió escucharse.

Pero Sebastián lo oyó como si alguien hubiera roto algo dentro de él.

Victoria palideció.

Renata entrecerró los ojos.

Daniela habló lo bastante alto para que quienes estaban cerca la escucharan.

—No vine a impedir tu compromiso.

Miró a Sebastián.

—Vine a devolverle el anillo a un hombre que nunca tuvo valor de decir mi nombre.

Los murmullos empezaron.

—¿Qué anillo?
—¿Quién es ella?
—¿La conoce?
—¿Qué está pasando?

Victoria bajó del escenario furiosa.

—Sácala de aquí.

Sebastián se movió antes que nadie.

—Nadie la toca.

Su voz llenó el salón.

Fría.

Firme.

Peligrosa.

Renata lo tomó del brazo.

—Sebastián, piensa.

Él la miró.

—Eso estoy haciendo por primera vez.

Daniela dio media vuelta para irse.

No quería ver más.

No quería esperar otra explicación.

No quería que la eligieran solo porque estaba causando un escándalo.

Llegó a la puerta.

Y entonces escuchó la voz de Sebastián detrás de ella:

—Daniela Ruiz es mi esposa.

El salón entero se congeló.

Daniela cerró los ojos.

No se giró todavía.

Sebastián continuó:

—Nos casamos hace casi dos años. La escondí porque fui cobarde. Porque confundí protegerla con proteger mi comodidad. Porque permití que mi familia creyera que podía decidir mi vida.

Victoria susurró:

—Sebastián, cállate.

Él no la miró.

—No.

Renata soltó su brazo.

La prensa grababa.

Los invitados murmuraban.

Sebastián bajó del escenario y caminó hacia Daniela.

Ella se giró lentamente.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—No hagas esto porque me estoy yendo —dijo.

—Lo hago porque debí hacerlo antes.

—Es tarde.

—Lo sé.

—No basta con decirlo frente a todos.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué quieres?

Sebastián miró el anillo sobre la copa.

Luego la miró a ella.

—Quiero pedirte perdón sin pedirte que te quedes.

La frase la desarmó.

Porque, por primera vez, no sonó como control.

Sonó como amor aprendiendo a no exigir.

Daniela tomó aire.

—Adiós, Sebastián.

Y salió.

Esta vez él no la detuvo.

Pero cuando la lluvia empezó afuera, Sebastián entendió que no podía dejarla ir sin al menos decir la verdad completa.

Tomó el anillo de la copa.

Y corrió.

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