PARTE 5
Bajo la lluvia
Daniela estaba en la entrada del hotel, intentando encontrar un taxi.
Llovía.
Por supuesto.
La historia había empezado con lluvia y ahora parecía decidida a romperse de la misma manera.
Sebastián salió sin paraguas.
—Daniela.
Ella no se giró.
—No vuelvas a hacer una declaración pública para luego pedirme que suba a tu coche.
—No voy a pedirte eso.
—Bien.
—Solo quiero darte esto.
Ella se giró.
Sebastián tenía el anillo en la mano.
Daniela lo miró.
—Ya no es mío.
—Sí lo es.
—No si llevarlo significa esconderme.
Sebastián cerró los dedos alrededor del anillo.
—Tienes razón.
La lluvia le mojaba el cabello, el traje, el rostro. Ya no parecía el CEO impecable de las portadas.
Parecía un hombre que había llegado tarde y lo sabía.
—Durante dos años pensé que si te mantenía lejos de mi familia, te protegía. Pero la verdad es que yo tenía miedo. Miedo de perder la empresa. Miedo de enfrentar a mi madre. Miedo de que vieras lo débil que soy cuando se trata de elegir lo que quiero.
Daniela tragó saliva.
—Yo no necesitaba que pelearas contra todos desde el primer día. Solo necesitaba no sentir que existía a escondidas.
—Lo sé.
—No lo sabes. Lo estás entendiendo ahora porque me estoy yendo.
—Sí.
La honestidad brutal lo dejó sin defensa.
Daniela respiró hondo.
—Sebastián, te amé mucho.
La palabra en pasado le rompió algo.
—¿Y ahora?
Ella miró hacia la calle.
—Ahora estoy cansada.
Él asintió lentamente.
—Entonces descansa de mí.
Daniela volvió a mirarlo.
No esperaba eso.
—¿Qué?
—No voy a pedirte que vuelvas esta noche. No voy a prometer que todo será distinto mañana solo porque lo dije bajo la lluvia. No voy a usar el escándalo para obligarte a quedarte.
La voz de Sebastián tembló.
Apenas.
Pero tembló.
—Voy a arreglar lo que tenga que arreglar aunque no vuelvas. Voy a corregir tu nombre en cada lugar donde lo escondí. Voy a enfrentar a mi familia. Voy a hacer público el matrimonio, el error y la cobardía. Y si después de todo eso sigues queriendo irte, no voy a detenerte.
Daniela lloró.
No porque lo perdonara.
Porque esa era la primera vez que él la amaba sin convertirla en una decisión suya.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
Sebastián bajó la mirada.
—Porque cuando te vi dejar el anillo, entendí que no estabas pidiéndome que eligiera entre tú y mi familia.
—¿Entonces?
—Me estabas devolviendo la única oportunidad que tenía de ser digno de ti.
Un taxi se detuvo.
Daniela abrió la puerta.
Sebastián no se movió.
—Buenas noches, Sebastián.
Él sostuvo su mirada.
—Buenas noches, Daniela.
Ella subió al taxi.
El coche arrancó.
Sebastián se quedó bajo la lluvia con el anillo en la mano.
No corrió detrás.
No llamó.
No mandó mensajes esa noche.
Por primera vez, dejó que su amor no fuera una orden.
Y Daniela, en el asiento trasero, lloró en silencio con la sensación extraña de que quizá el final no había cerrado una puerta.
Quizá solo había dejado de estar cerrada con llave.
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