PARTE 6 — FINAL
Donde sí cabían los dos
Camila no aceptó a Adrián esa noche.
No era una novela fácil.
La diferencia entre ellos seguía allí.
La familia Belmonte seguía allí.
Regina seguía intentando aparecer en revistas diciendo que Adrián estaba “confundido por una aventura socialmente inconveniente”.
Victoria Belmonte llamó a Camila dos días después.
—Te ofrezco dinero para dejar mi familia en paz.
Camila respondió:
—Señora, si su familia pudiera estar en paz, no necesitaría comprar silencios.
Y colgó.
Adrián apareció en la floristería una semana más tarde.
Sin guardaespaldas.
Sin traje perfecto.
Con una camisa sencilla y un ramo horrible en las manos.
Camila lo miró desde el mostrador.
—Esas flores están muy mal combinadas.
—Lo sé.
—¿Las eligió usted?
—Sí.
—Se nota.
Él dejó el ramo sobre la mesa.
—Quería aprender.
—¿A comprar flores?
—A entrar en su mundo sin traer el mío como equipaje.
Camila no respondió.
Adrián continuó:
—Renuncié a la presidencia de la fundación familiar.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué?
—Mi madre la usaba como herramienta social. No quiero mi nombre en algo que humilla a las mismas personas que dice ayudar.
—Eso es mucho.
—No lo hice para impresionarla.
—Un poco sí.
Él sonrió.
—Un poco.
Camila quiso no reír.
Falló.
Adrián se puso serio.
—También hablé con Luna.
Camila se tensó.
—¿Qué hizo?
—Me pidió ayuda con matemáticas.
—¿Y usted sabe?
—No. Pero contraté a una profesora y le dije que fue idea de la escuela.
Camila lo miró.
—Adrián.
—No compré nada. Solo hice una mentira administrativa pequeña.
—Eso no suena mejor.
—Estoy aprendiendo.
Ella suspiró.
—No quiero depender de usted.
—No quiero que dependa de mí.
—Entonces, ¿qué quiere?
Adrián miró alrededor.
La floristería pequeña.
Los cubos de agua.
Las rosas imperfectas.
Las manos de Camila.
Su rostro cansado y hermoso.
—Quiero que un día, si decide tomar mi mano, sea porque no le pesa.
La sinceridad la dejó sin defensa.
Camila bajó la mirada.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—Usted no parece.
—Soy muy bueno pareciendo cosas.
Ella sonrió con tristeza.
—Yo no sé vivir en mansiones.
—Yo no sé vivir en casas que se sientan vivas.
—Mi casa es pequeña.
—Me di cuenta.
—Mi hermana habla demasiado.
—También me di cuenta.
—Mi sopa es mala.
—Eso ya lo confirmé.
Camila rió.
Adrián dio un paso lento.
—Pero si algún día me invita otra vez, prometo comerla sin quejarme.
—Eso sí sería amor.
—Entonces voy por buen camino.
No se besaron ese día.
Camila no quería que todo se resolviera con un beso.
Adrián no intentó forzar el momento.
Volvió a la semana siguiente.
Y a la siguiente.
A veces compraba flores horribles.
A veces acompañaba a Luna al médico.
A veces se sentaba en la floristería sin hablar mientras Camila armaba ramos.
A veces aprendía a cortar tallos.
Mal.
Muy mal.
Luna lo llamó un día:
—CEO de las flores muertas.
Adrián aceptó el título con dignidad.
Tres meses después, Camila aceptó cenar con él.
No en un restaurante caro.
En su casa.
Sopa otra vez.
Adrián llegó con pan.
Y flores decentes.
Camila las miró.
—Mejoraste.
—Pedí ayuda.
—Eso también es mejorar.
Después de cenar, Luna se quedó dormida en el sofá.
Camila y Adrián lavaron platos.
Como aquella primera vez.
Él dijo:
—La gala fue el día que lo dije frente a todos. Pero creo que me enamoré aquí.
Camila lo miró.
—¿Lavando platos?
—Sí.
—Qué poco glamuroso para un CEO.
—Por eso fue real.
Ella se quedó en silencio.
Luego tomó una toalla y le secó una gota de agua en la mano.
Un gesto pequeño.
Pero Adrián lo sintió como una promesa.
—No voy a prometerte que todo será fácil —dijo ella.
—No lo quiero fácil.
—Sí lo quiere. Solo que está enamorado y habla raro.
Él rió.
—Probablemente.
Camila respiró hondo.
—No quiero ser tu proyecto.
—No lo eres.
—No quiero que me salves.
—Lo sé.
—No quiero que me escondas cuando tu mundo se ponga incómodo.
Adrián se acercó un poco.
—Nunca.
Camila lo miró.
—Y no quiero dejar de ser yo para estar contigo.
Él respondió sin dudar:
—Entonces no sería contigo.
Esa frase la hizo decidir.
No todo.
No el futuro entero.
Solo ese segundo.
Camila dio un paso hacia él y lo besó.
Suave.
Sin público.
Sin gala.
Sin Regina.
Sin apellidos.
Solo ellos, una cocina pequeña, platos mojados y una sopa horrible enfriándose en la mesa.
Meses después, Adrián llevó a Camila a una cena familiar.
Esta vez no pidió que fuera fuerte.
No le dijo que ignorara comentarios.
No esperó a que alguien la humillara.
Antes de sentarse, dijo:
—Camila está aquí porque yo quiero que esté. Quien no pueda respetarla puede levantarse ahora.
Nadie se levantó.
Regina ya no fue invitada.
Victoria intentó sonreír.
Camila no necesitó ganarse a nadie esa noche.
Ese fue el regalo.
No una silla en la mesa de los Belmonte.
Sino entrar sin pedir disculpas por existir.
La historia de Camila Herrera no terminó cuando derramó café sobre un CEO.
Tampoco cuando él la defendió en una gala.
Terminó mucho después, cuando entendió que no tenía que subir a un mundo ajeno para ser digna de amor.
Y Adrián entendió que no tenía que bajar como salvador para amarla bien.
Solo tenía que caminar hasta donde ella estaba.
Sin contrato.
Sin lástima.
Sin comprar silencio.
Con un ramo mal elegido, las manos torpes y el corazón, por primera vez, sin traje caro que lo escondiera.