PARTE 5
La gala y la decisión
La gala benéfica llegó dos semanas después.
Camila había trabajado hasta el límite.
Flores nuevas.
Menú corregido.
Proveedores honestos.
Empleados tratados como personas.
Donaciones mejor organizadas.
Adrián lo notó todo.
—La gala funciona por usted —le dijo antes de abrir puertas.
Camila ajustó una lista.
—No diga eso. Podría pedir aumento.
—Pídalo.
Ella levantó la vista.
—Era broma.
—Yo no.
El silencio entre ambos se volvió demasiado claro.
Camila bajó la mirada.
—Adrián…
—Lo sé.
—No puede pasar.
—¿Por qué?
—Porque usted tiene un mundo. Y yo tengo otro.
—No me gusta mi mundo.
—Eso no significa que pueda vivir en el mío.
—Podría intentarlo.
Ella sonrió con tristeza.
—Los hombres como usted creen que intentar es aparecer con flores caras y decir una frase bonita.
—Entonces enséñeme otra forma.
Camila quiso responder.
Regina apareció antes.
—Qué escena tan conmovedora.
Vestido rojo.
Diamantes.
Sonrisa de victoria.
Esa noche decidió no atacar en privado.
Esperó el brindis principal.
Adrián subió al pequeño escenario para agradecer donaciones.
Camila estaba al fondo, junto al equipo de servicio.
Regina tomó una copa y se acercó a ella.
—Mírate. Después de jugar a asistente, vuelves a donde perteneces.
Camila respiró hondo.
—Estoy trabajando.
—Exacto.
—Regina, no tengo ganas.
—Claro que no. Las mujeres como tú prefieren soñar que un hombre poderoso las rescata.
Camila intentó irse.
Regina la sujetó del brazo.
No fuerte.
Pero lo suficiente.
—Suéltame.
—Adrián jamás elegirá a una camarera. Puede acostarse contigo por curiosidad, defenderte por culpa, incluso darte un empleo por capricho. Pero al final se sentará en una mesa donde tú solo podrías servir agua.
Camila sintió que el rostro le ardía.
No por vergüenza.
Por rabia.
Adrián bajó del escenario en ese momento.
Vio la mano de Regina en el brazo de Camila.
Su expresión cambió.
—Suéltala.
Regina giró.
—Adrián…
—Ahora.
La sala empezó a mirar.
Regina soltó a Camila, pero sonrió.
—Solo le recordaba la verdad.
Adrián se acercó.
—¿Qué verdad?
Regina levantó la voz lo suficiente para que otros escucharan:
—Que una camarera no pertenece a tu lado.
El silencio cayó sobre la gala.
Camila quiso desaparecer.
No por ella.
Por Luna.
Por su vida.
Por todos los años en que otros le dijeron que debía agradecer migajas.
Adrián miró a Regina.
Luego a su madre, que observaba desde una mesa.
Luego a todos los invitados.
Finalmente tomó la mano de Camila.
Ella intentó retirarla.
Él no la apretó.
Solo esperó.
Camila lo miró.
Y permitió que la sostuviera.
Adrián habló con una calma que hizo temblar más que un grito.
—Tienes razón en algo, Regina.
Regina sonrió.
Error.
—Camila no pertenece a este mundo.
El rostro de Camila se quebró.
Pero Adrián siguió:
—Este mundo es demasiado pequeño para ella.
Los murmullos empezaron.
Regina perdió la sonrisa.
Adrián miró a todos.
—Un mundo donde se confunde apellido con valor, crueldad con elegancia y dinero con derecho a humillar no merece que ella intente encajar.
Pausa.
—Así que, si para estar con ella tengo que cambiar de mundo, lo haré.
Camila sintió que las lágrimas le subían.
—Adrián, no…
Él la miró.
—No estoy hablando por impulso. Estoy diciendo frente a todos lo que debí aceptar antes: me enamoré de usted.
La frase la dejó sin aire.
Regina dejó caer la copa.
Victoria Belmonte se levantó furiosa.
Camila dio un paso atrás.
—No diga eso aquí.
—¿Dónde quiere que lo diga?
—En un lugar donde no parezca que intenta salvarme.
Adrián entendió.
Le soltó la mano.
Eso, más que tomarla, la conmovió.
—Tiene razón.
Bajó la voz.
—Entonces se lo diré cuando no haya público. Pero ellos tenían que escuchar que nadie vuelve a humillarla en mi nombre.
Camila salió al jardín para respirar.
Adrián no la siguió de inmediato.
Le dio tiempo.
Y eso fue lo que la hizo llorar.
Porque quizá el amor no era que alguien te defendiera frente a todos.
Quizá era que después de defenderte, todavía respetara tu derecho a estar sola.
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