PARTE 3
El mensaje que nunca llegó
Nicolás no estaba en Singapur cuando Mía aceptó casarse con Diego.
Estaba en Madrid, encerrado en una negociación que su madre, Elvira Aranda, había insistido en supervisar personalmente.
—No necesitas distraerte con asuntos domésticos —le dijo ella cuando él preguntó por la mansión.
—Mía me llamó.
Elvira no levantó la vista de su copa.
—Esa niña siempre tiene urgencias.
Nicolás endureció la mandíbula.
—No la llames así.
Su madre lo miró con una calma venenosa.
—¿Cómo quieres que la llame? ¿Tu debilidad favorita?
Nicolás se levantó.
—Cuidado.
Elvira sonrió.
—Tú ten cuidado. Has trabajado demasiado para que una chica criada por caridad te haga olvidar tu lugar.
Nicolás salió de la sala antes de decir algo irreversible.
Intentó llamar a Mía otra vez.
El teléfono no conectaba.
Su asistente, Ramiro, le dijo:
—La señorita Serrano no respondió, señor.
Nicolás lo miró.
—Yo tampoco puedo comunicarme con ella.
—Quizá está ocupada con los preparativos.
—¿Qué preparativos?
Ramiro se quedó quieto.
Demasiado.
Nicolás dio un paso hacia él.
—¿Qué preparativos?
El asistente tragó saliva.
—Pensé que lo sabía.
—Habla.
—La boda del señor Diego con la señorita Serrano.
Durante un segundo, el mundo no tuvo sonido.
Nicolás sintió que algo dentro de él se volvía hielo.
—Repite eso.
Ramiro no quería.
—La boda es mañana.
Nicolás tomó su teléfono.
Llamó a Diego.
Contestó al tercer tono.
—Hermano.
—¿Vas a casarte con Mía?
Diego sonrió al otro lado.
Nicolás pudo oírlo.
—Sí. Pensé que mamá te lo había dicho.
—¿Por qué?
—Porque ella aceptó.
—No te pregunté eso.
—Porque quiere. Porque la hago feliz. Porque no todos necesitamos veinte años para mirar a una mujer y decidir algo.
La frase era una provocación.
Funcionó.
—Ponla al teléfono.
—Está ocupada probándose el vestido.
—Diego.
—Llegas tarde, Nicolás.
Nicolás colgó.
No porque no tuviera más que decir.
Porque si seguía escuchando, tomaría el primer avión solo para romperle la cara a su hermano.
Fue entonces cuando vio a Ramiro guardar algo en una carpeta.
Un gesto pequeño.
Nervioso.
Nicolás extendió la mano.
—Dámelo.
—Señor…
—Ahora.
Dentro había una impresión de mensajes filtrados.
Mensajes de Mía.
Mensajes que él nunca recibió.
“Necesito hablar contigo. Es urgente.”
“Diego está haciendo algo terrible. Por favor, vuelve.”
“Si alguna vez sentiste algo por mí, ven.”
La última frase lo partió.
Nicolás levantó los ojos hacia Ramiro.
—¿Quién bloqueó esto?
El asistente estaba pálido.
—El señor Diego pidió que no lo molestaran. Su madre autorizó…
Nicolás no escuchó más.
Tomó el abrigo.
—Prepara el coche.
—Señor, la reunión…
—La reunión puede arder.
Nicolás salió de la oficina con una sola idea:
Mía no lo había dejado.
Mía lo había llamado.
Y él, por confiar en el silencio, la había dejado sola.
En el coche, llamó a un auditor de confianza.
—Revisa todo lo relacionado con Tomás Serrano y la fundación. Transferencias, credenciales, accesos, cámaras. Todo.
—¿Para cuándo?
—Para ayer.
El auditor no hizo preguntas.
Dos horas después, Nicolás tenía la primera verdad.
La transferencia no salió del ordenador de Tomás.
Fue preparada desde un equipo vinculado al despacho de Diego.
Las credenciales fueron duplicadas.
El informe interno aún no había sido enviado a las autoridades.
Diego no quería justicia.
Quería control.
Nicolás cerró los ojos.
Mía se estaba casando para salvar a su hermano.
Y él había pasado años creyendo que alejarse de ella era protegerla.
Esa fue la mentira más cobarde de todas.
El día de la boda amaneció con lluvia.
Nicolás no durmió.
No se cambió más que una vez.
No llamó a su madre.
No avisó a Diego.
Condujo él mismo hasta la iglesia privada de la familia Aranda, ignorando llamadas, mensajes y advertencias.
Mientras cruzaba la ciudad, recordó a Mía a los doce años subiendo a una silla para alcanzar un libro.
A los dieciséis, discutiendo con un profesor que humilló a Tomás.
A los veinte, quedándose dormida sobre carpetas de eventos.
A los veinticuatro, mirándolo en un pasillo y preguntando:
—¿Alguna vez eliges algo porque lo quieres, Nicolás?
Él no respondió entonces.
Siempre creyó que tenía tiempo.
La lluvia golpeó el parabrisas.
Nicolás apretó el volante.
—No hoy.
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