PARTE 2
La llamada de la habitación 1704
Tres años antes, Dante Salcedo casi no sobrevivió a una noche en la habitación 1704.
No hubo accidente.
No hubo sangre.
No hubo titulares.
Solo una habitación de hotel demasiado silenciosa, una tormenta golpeando los cristales y un hombre sentado en el suelo del baño sin poder respirar.
Su hermano menor, Bruno, había muerto dos meses antes.
Oficialmente, en un accidente de tráfico.
Extraoficialmente, por una suma de decisiones familiares, presiones empresariales y silencios que Dante todavía no podía perdonarse.
Bruno lo llamó esa noche.
Dante no contestó.
Estaba en una reunión.
Importante.
Urgente.
Inútil.
Cuando devolvió la llamada, Bruno ya no podía responder.
Desde entonces, Dante aprendió a funcionar sin vivir.
Firmaba contratos.
Daba discursos.
Dirigía juntas.
Vestía trajes perfectos.
Dormía poco.
Sonreía nunca.
Su madre, Amalia Salcedo, decía:
—El dolor se administra en privado.
Dante lo hizo.
Demasiado bien.
Hasta que una noche, en el Hotel Savoy, durante una negociación internacional, se encerró en la habitación 1704 y sintió que el pecho se le cerraba.
No podía respirar.
No podía llamar a nadie.
No quería que nadie de su mundo supiera que el CEO de hielo estaba sentado en el suelo, temblando como un niño.
Tomó el teléfono de la habitación.
Marcó mal.
No sabía a quién quería llamar.
Tal vez a recepción.
Tal vez a nadie.
Alguien contestó.
Una voz femenina.
Joven.
Suave.
Cansada.
—¿Hola?
Dante no habló.
Solo respiró mal.
La voz cambió.
—¿Está bien?
Él intentó colgar.
No pudo.
—No puedo… —murmuró.
—Está teniendo un ataque de ansiedad.
Dante cerró los ojos.
—No.
—Sí. Y no pasa nada. Escúcheme.
—No sé quién eres.
—Ahora no importa.
—No puedo respirar.
—Sí puedes. Pero tu cuerpo olvidó el ritmo. Respira conmigo.
Él apretó el teléfono.
—No puedo.
—No tienes que ser fuerte ahora.
La frase lo rompió.
Nadie le había dicho eso.
Nunca.
Todos necesitaban que Dante fuera fuerte.
Su madre.
La empresa.
Los abogados.
Los inversores.
Incluso el recuerdo de Bruno.
La desconocida al otro lado del teléfono repitió:
—Respira conmigo. No tienes que ser fuerte ahora.
Durante cuarenta minutos, aquella voz lo guio.
Inhalar.
Sostener.
Soltar.
Otra vez.
Cuando él pudo hablar, dijo:
—Mi hermano murió.
La voz guardó silencio.
No con incomodidad.
Con respeto.
—Lo siento.
—No contesté su llamada.
—Eso no significa que lo mataste.
Dante lloró entonces.
En silencio.
Con vergüenza.
Ella no intentó llenarlo todo con frases vacías.
Solo se quedó.
Al final, preguntó:
—¿Cómo te llamas?
La línea hizo ruido.
La tormenta interrumpió la señal.
Él alcanzó a escuchar una risa suave.
—Aitana.
O quizá no.
La llamada se cortó.
Dante pasó tres años buscando esa voz.
Rastreó registros del hotel.
Preguntó por llamadas cruzadas.
Pidió informes.
Nadie pudo darle nada claro.
La habitación 1704 había tenido fallos de línea esa noche.
La llamada pudo haberse conectado con otra habitación, con el área de servicio o con un teléfono externo del hotel.
Nada.
Solo la voz.
Y la frase.
Respira conmigo. No tienes que ser fuerte ahora.
Ahora, en la gala, Dante bajó al salón principal con esa misma inquietud en el pecho.
No sabía por qué la maquilladora del camerino le había removido algo.
No había escuchado su voz lo suficiente.
No había hablado con ella.
Pero sus ojos…
No.
No podía ser.
Tres años de búsqueda no podían terminar frente a un espejo lleno de brochas.
En el salón, Amalia Salcedo lo esperaba.
—Dante, esta noche no improvises.
—Nunca improviso.
—Claudia espera claridad.
—Claudia espera lo que tú le prometiste.
Amalia sonrió.
—Lo que la empresa necesita.
—No voy a anunciar un compromiso.
Su madre lo miró con frialdad.
—No hagas esto hoy.
—No debiste planearlo sin mí.
—Dante, el amor es una distracción cara.
Él pensó en la voz de la habitación 1704.
—Quizá por eso tú nunca lo compraste.
Amalia endureció el rostro.
—Cuidado.
Dante no respondió.
A unos metros, Claudia entraba al salón.
Perfecta.
Plateada.
Radiante.
Con el maquillaje impecable que Aitana acababa de hacerle.
La sala la admiró.
Pero Dante no miraba a Claudia.
Buscaba, sin querer admitirlo, a la maquilladora de vestido negro.
La encontró junto a la puerta lateral, guardando discretamente sus cosas.
Entonces una asistente joven tropezó con una bandeja cerca de ella y se puso pálida, a punto de llorar.
Aitana la sostuvo por los hombros y dijo en voz baja, pero Dante alcanzó a escuchar:
—Respira conmigo. No tienes que ser fuerte ahora.
El mundo se detuvo.
Dante dejó la copa sobre la mesa.
Todo el salón desapareció.
Amalia.
Claudia.
La gala.
El supuesto compromiso.
Tres años de búsqueda cayeron sobre él con una certeza brutal.
Era ella.
La voz.
La noche.
La mujer que lo sostuvo cuando él no podía sostenerse.
Dante dio un paso hacia ella.
Pero antes de alcanzarla, Aitana recibió un mensaje, miró hacia el pasillo de servicio y salió del salón.
Claudia vio la dirección de su mirada.
Y sonrió.
Porque su propio plan también acababa de empezar.