EL CEO QUE RECONOCIÓ LA VOZ DE LA MAQUILLADORA QUE TODOS HUMILLABAN Aitana fue contratada para maquillar a la prometida del CEO… pero él quedó inmóvil al escuchar la frase que lo salvó una noche en la que no quería seguir viviendo – PARTE 3

PARTE 3

El ex novio en el camerino

Aitana no debió seguir el mensaje.

Lo supo apenas entró al pasillo de servicio.

El texto decía:

“Tu padre empeoró. Ven al camerino, tengo información.”

No tenía remitente guardado.

Pero cuando una persona vive preocupada por una enfermedad, el miedo decide antes que la razón.

Cruzó el pasillo rápido.

El sonido de la gala se volvió lejano.

Música.

Copas.

Aplausos.

En el camerino no había nadie.

Solo luces encendidas, vestidos colgados y olor a perfume caro.

Aitana dio un paso atrás.

La puerta se cerró detrás de ella.

—Siempre tan fácil de asustar.

La voz le heló la piel.

Raúl.

Su ex novio.

Había sido fotógrafo de eventos.

Encantador al principio.

Después controlador.

Luego celoso.

Finalmente peligroso.

No la golpeó nunca con un puño, pero sí con frases que dejaban marcas invisibles.

—Sin mí no consigues trabajos.
—Te miran porque pareces fácil.
—Yo sé cómo es el mundo.
—No seas ingrata.

Aitana lo dejó un año atrás.

Cambió de número.

Bloqueó cuentas.

Pidió a colegas que no le dieran información.

Pero ahí estaba.

En el Hotel Savoy.

Sonriendo como si todavía tuviera derecho a entrar en su vida.

—¿Qué haces aquí?

Raúl se acercó.

—Vine a salvarte de hacer el ridículo.

—Aléjate.

—Claudia tenía razón. Te emocionas porque un hombre importante te mira dos segundos.

Aitana entendió.

Claudia.

Por supuesto.

—Ella te llamó.

—Ella sabe reconocer problemas.

—No soy su problema.

Raúl rió.

—Aitana, mírate. Te arreglas como si fueras invitada, pero sigues entrando por puertas de servicio.

La frase dolió.

No porque fuera verdad.

Sino porque estaba diseñada para tocar una herida.

Aitana tomó su maleta.

—Me voy.

Raúl le sujetó el brazo.

—No.

Ella intentó soltarse.

—Suéltame.

—Vas a salir cuando yo diga.

—No me perteneces.

Raúl apretó más.

—Nunca supiste lo que te convenía.

Aitana sintió el viejo miedo.

Ese que creía superado.

La vergüenza de estar otra vez en una habitación con alguien que usaba su voz para encogerla.

—Te dije que me sueltes.

Raúl la empujó contra la mesa de maquillaje.

Varios labiales cayeron al suelo.

Uno rojo rodó hasta la puerta.

La puerta se abrió.

Dante Salcedo estaba allí.

Durante un segundo, nadie habló.

Dante miró la mano de Raúl en el brazo de Aitana.

Luego el rostro de ella.

Luego el labial en el suelo.

Su voz salió baja.

—Suéltala. Ahora.

Raúl giró.

—Esto no es asunto suyo.

Dante entró sin prisa.

Eso lo hizo más peligroso.

—Acabas de ponerle la mano encima a una mujer en mi hotel durante mi gala. Es asunto mío.

Raúl soltó una risa.

—¿Ahora la maquilladora tiene guardaespaldas de lujo?

Dante se acercó.

—No voy a repetirlo.

Raúl soltó a Aitana, pero dio un paso desafiante.

—¿Qué pasa? ¿También te creyó el cuento de chica buena?

Dante no respondió con palabras.

Tomó la muñeca de Raúl cuando este intentó señalar a Aitana demasiado cerca y la apartó con firmeza.

Raúl intentó empujarlo.

Dante lo bloqueó contra la pared.

Rápido.

Controlado.

Sin espectáculo.

Aitana se llevó una mano al pecho.

—Dante…

Era la primera vez que decía su nombre.

Y él la escuchó.

Como había escuchado su voz tres años antes.

Seguridad llegó en segundos.

Dante no apartó la mirada de Raúl.

—Sáquenlo. Y revisen cómo entró.

Raúl, humillado, gritó:

—Te va a usar. Las mujeres como ella siempre buscan subir.

Aitana cerró los ojos.

Dante se giró hacia ella.

—¿Está herida?

Ella se rió apenas.

Una risa rota.

—Todo el mundo pregunta eso cuando la herida ya existía antes.

Dante no supo qué decir.

Porque entendió demasiado.

Aitana se agachó para recoger los labiales.

Las manos le temblaban.

Dante se inclinó también.

Tomó el labial rojo.

Se lo entregó.

—Aitana.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Él respiró.

—Habitación 1704.

El color abandonó su rostro.

—No.

Dante sostuvo su mirada.

—Tres años. Tormenta. Una llamada equivocada. Me dijiste que respirara contigo.

Aitana dejó caer el labial.

—Eras tú.

Dante asintió.

La dureza de su rostro se quebró por primera vez.

—Te busqué.

Aitana se cubrió la boca.

—Yo pensé que había sido una llamada más. Que tal vez estabas mejor y ya.

—Estuve mejor porque tú no colgaste.

El silencio se llenó de todo lo que no sabían cómo decir.

Aitana habló primero.

—No sabía quién eras.

—Por eso te creí.

—¿Qué?

—Porque no intentaste venderme consuelo. No sabías si yo era rico, importante, útil. Solo te quedaste.

Aitana apartó la mirada.

—Cualquiera habría hecho lo mismo.

—No.

Dante se acercó un paso.

—Casi nadie se queda cuando alguien se rompe.

La puerta se abrió de golpe.

Claudia apareció.

Perfecta.

Furiosa.

—Qué conmovedor —dijo—. ¿Interrumpo algo?

Aitana dio un paso atrás.

Dante miró a Claudia.

Y por primera vez esa noche, ella entendió que el compromiso que creía asegurado acababa de perder contra una voz.

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