PARTE 4
El compromiso que nadie pidió
Claudia no gritó en el camerino.
Eso habría sido vulgar.
Claudia sonrió.
Era peor.
—Dante, tu madre te está buscando. Los invitados esperan.
Dante respondió:
—Que esperen.
Los ojos de Claudia se endurecieron.
—¿Por la maquilladora?
Aitana tomó su maleta.
—Yo me voy.
Dante giró hacia ella.
—No tienes que irte.
—Sí tengo.
—Aitana.
—No. Esta no es mi guerra.
Claudia soltó una risa suave.
—Al menos entiende algo.
Dante miró a Claudia con frialdad.
—Tú llamaste a Raúl.
—No sé de qué hablas.
—Lo sabré en diez minutos.
Claudia perdió un poco el color.
Aitana apretó la maleta.
—Dante, basta.
Él la miró.
Había algo desesperado en sus ojos.
No por perder control.
Por perderla otra vez.
—No puedo dejar que salgas así.
Aitana sonrió con tristeza.
—No puedes dejar que salga o no quieres quedarte con la culpa de haberme visto?
La pregunta lo golpeó.
Claudia aprovechó.
—Dante, estás confundido. Ella solo es una chica bonita que apareció en el momento correcto.
Aitana sintió la frase.
Solo una chica bonita.
Había escuchado variaciones toda su vida.
Demasiado bonita para ser tomada en serio.
Demasiado bonita para que sus límites fueran respetados.
Demasiado bonita para que una mujer insegura no la viera como amenaza.
Dante habló con una calma helada:
—No vuelvas a reducirla a su cara.
Claudia parpadeó.
—¿Perdón?
—La belleza de Aitana fue lo primero que notaste porque es lo único que sabes medir. Yo reconocí su voz.
Aitana se quedó inmóvil.
La frase la atravesó.
No como halago.
Como reconocimiento.
Dante continuó:
—Y esa voz hizo más por mí una noche que todos ustedes en tres años.
Claudia apretó los labios.
—Tu madre no va a permitir esta humillación.
—Mi madre no decide a quién respeto.
—Pero sí decide qué alianzas sostienen tu empresa.
Dante dio un paso hacia ella.
—Entonces quizá mi empresa necesita dejar de sostenerse sobre alianzas que huelen a chantaje.
Claudia perdió la sonrisa.
Aitana salió del camerino antes de que aquello explotara más.
No quería ser el centro de una ruptura pública.
No quería ser la mujer pobre acusada de destruir un compromiso.
No quería que Dante la confundiera con un recuerdo salvador y luego despertara en su mundo real arrepentido.
Cruzó el pasillo.
Dante la siguió.
—Aitana.
Ella caminó más rápido.
—No me sigas.
—Solo quiero hablar.
—Los hombres como tú siempre quieren hablar después de que otra persona ya quedó expuesta.
Dante se detuvo.
Ella también, al notar que él obedeció.
—Tienes razón —dijo él.
Aitana cerró los ojos.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Darme la razón como si eso arreglara algo.
Dante respiró.
—No lo arregla.
—Exacto.
Aitana giró.
Tenía los ojos brillantes, pero la barbilla alta.
—Tú no me conoces.
—Quiero conocerte.
—No. Conoces una voz en tu peor noche. Eso no es conocerme.
—Lo sé.
—Conoces a una chica que te dijo que respiraras, no a la mujer que tuvo que aprender a no tener miedo de su ex. No conoces a la hija que cuenta facturas médicas. No conoces a la trabajadora que aguanta insultos porque necesita cobrar. No conoces a la mujer que está cansada de que su cara sea lo primero que todos usan contra ella.
Dante la escuchó sin interrumpir.
Eso la desarmó.
—No quiero ser tu deuda emocional —dijo ella más bajo.
—No lo eres.
—No quiero que mañana te despiertes y recuerdes que tienes una vida donde yo no encajo.
—Entonces no te pediré que encajes.
Aitana rió con dolor.
—Suena bonito.
—No era mi intención.
—Eso lo hace peor.
Dante se acercó, pero mantuvo distancia.
—Aitana, aquella noche no me salvaste por ser perfecta. Me salvaste porque fuiste real cuando yo estaba rodeado de gente entrenada para fingir. Hoy te veo y no sé qué hacer con todo esto, pero sé que no quiero volver a ser cobarde.
La música del salón cambió.
Un aplauso sonó a lo lejos.
El anuncio estaba por empezar.
Amalia Salcedo apareció al final del pasillo.
—Dante.
Él no se movió.
Su madre miró a Aitana.
Primero su rostro.
Luego la maleta.
Luego el vestido negro.
En tres segundos hizo un juicio completo.
—Los invitados esperan el anuncio.
Dante respondió:
—No habrá anuncio.
Amalia se acercó.
—No hagas esto por una empleada bonita.
Aitana sintió el golpe.
Dante también.
Su rostro se endureció.
—Madre, elige muy bien tu próxima palabra.
Amalia lo miró, sorprendida.
No porque no lo hubiera visto furioso.
Sino porque nunca lo había visto furioso por alguien.
Aitana tomó aire.
—No necesito que me defienda de su madre.
Dante giró hacia ella.
—Lo sé.
—Entonces no me conviertas en motivo.
—No eres motivo. Eres límite.
Aitana no supo qué responder.
Amalia sí.
—Te arrepentirás.
Dante miró a su madre.
—De haber callado, sí.
Luego tomó el micrófono de un asistente que pasaba hacia el salón.
Aitana abrió los ojos.
—Dante, no.
Él la miró.
—No voy a hablar de ti sin permiso.
—Entonces, ¿qué vas a decir?
—La verdad que debí decir antes de encontrarte.
Caminó hacia el salón.
Aitana no lo siguió.
Pero escuchó su voz por los altavoces:
—Buenas noches. Antes de que continúe esta gala, quiero aclarar algo. No existe compromiso entre Claudia Ferrer y yo. Nunca lo acepté. Y no permitiré que mi silencio siga alimentando una mentira conveniente.
El salón estalló en murmullos.
Aitana cerró los ojos.
No sabía si aquello era un acto de valentía.
O el inicio de una tormenta que podría arrastrarlos a ambos.