PARTE 3
Rebeca no compartía escenarios
Al día siguiente, Iris recibió tres llamadas.
Una del hotel para pagarle las flores dañadas.
Otra de su tía, gritando porque alguien del Grupo Luján quería contratar arreglos para todos los eventos del mes.
Y una tercera de un número privado.
No contestó.
El número insistió.
Al final, respondió mientras acomodaba rosas en cubetas de agua.
—Floristería Mendoza.
—Soy Álvaro.
Iris cerró los ojos.
—¿Álvaro el del ascensor o Álvaro el dueño de medio edificio?
—Desafortunadamente, ambos.
Ella intentó no sonreír.
—¿Qué necesita?
—Darte las gracias sin que parezca una transferencia.
—Va mejorando.
—También quería saber cómo estás.
Iris se quedó callada.
No esperaba eso.
La gente rica preguntaba “¿estás bien?” cuando quería cerrar un momento incómodo. Álvaro lo preguntó como si realmente quisiera oír la respuesta.
—Estoy trabajando —dijo.
—Eso no responde.
—Aprende rápido y molesta rápido.
—También me lo han dicho.
Iris tocó una rosa con los dedos.
—Estoy bien. Las flores sufrieron más que yo.
—Yo no estoy seguro de eso.
La frase fue suave.
Demasiado.
Iris respiró.
—Señor Luján…
—Álvaro.
—Señor Luján, lo que pasó ayer fue intenso. Pero no deberíamos convertirlo en algo más grande.
—¿Por qué?
—Porque usted tiene un mundo lleno de personas como Rebeca. Y yo tengo una madre que necesita medicamentos y una floristería que no puede permitirse escándalos.
Silencio.
—Entiendo —dijo él.
—¿De verdad?
—Estoy intentando.
—Eso es más honesto.
Colgaron sin promesa.
Pero esa tarde, Iris encontró en la puerta de la floristería una caja pequeña.
No era joyería.
No era dinero.
Era una taza térmica y una nota:
“Para cuando hablas demasiado porque estás asustada. Café. Sin azúcar. Álvaro.”
Iris se rió sola.
Su madre, Lucía, la observó desde el mostrador.
—¿Quién te manda café?
—Un problema con traje.
—Los peores.
—Lo sé.
—¿Es guapo?
Iris miró la nota.
—Ese no es el punto.
Su madre sonrió.
—Entonces sí.
Mientras tanto, Rebeca movía sus propias piezas.
No iba a permitir que una florista se convirtiera en rumor.
Fue a ver a Marcela Luján.
—Álvaro la está buscando.
Marcela no preguntó quién.
—Lo sé.
—¿Y no vas a hacer nada?
Marcela sirvió té.
—Álvaro se cansa de cualquier cosa que no pueda controlar.
—No parecía cansado.
Marcela la miró.
Rebeca apretó los labios.
—Ella lo vio vulnerable.
—Eso es lo que me preocupa.
La vulnerabilidad era peligrosa.
No porque debilitara a Álvaro.
Sino porque podía hacerlo desobedecer.
Marcela mandó investigar a Iris.
En pocas horas tuvo lo básico.
Veintitrés años.
Madre enferma.
Padre ausente.
Floristería familiar con deudas.
Ex novio: Tomás Arce, fotógrafo eventual, antecedentes por altercados menores.
Rebeca sonrió al ver ese último dato.
—Los ex novios siempre sirven para algo.
Marcela la miró.
—No seas vulgar.
—Seré práctica.
Dos días después, Tomás apareció en la floristería de Iris.
Ella estaba sola.
Al verlo, sintió que el cuerpo se le tensaba.
—No deberías estar aquí.
Tomás sonrió.
—Me enteré de que ahora conoces CEOs.
—Vete.
—¿Así saludas?
—Así despido.
Tomás había sido su novio durante un año.
Encantador en público.
Celoso en privado.
Ofendido por cualquier éxito de Iris.
Dispuesto a decirle que era demasiado bonita para ser confiable y demasiado pobre para hacerse la orgullosa.
Ella lo dejó cuando él intentó revisar su teléfono por tercera vez.
—Me llamaron para ofrecerme dinero por contar cosas de ti —dijo Tomás.
Iris se quedó quieta.
—¿Quién?
—Gente con buenos zapatos.
—¿Qué quieren?
—Saber si eres tan santa como pareces.
Iris tomó el teléfono.
—Sal o llamo a la policía.
Tomás se acercó.
—Antes no eras tan valiente.
Iris sintió miedo.
Pero ya no era la misma.
—Antes creía que tus celos eran amor.
Él endureció el rostro.
—Cuidado.
La campanilla de la puerta sonó.
Álvaro entró.
No con guardaespaldas.
Solo él.
Con traje oscuro, mirada fría y la flor blanca aplastada entre las páginas de una libreta que llevaba en la mano.
Tomás giró.
—¿Y este quién es?
Álvaro miró a Iris.
—¿Quieres que se vaya?
Iris tragó saliva.
La pregunta importó.
No ordenó.
No asumió.
Preguntó.
—Sí —dijo ella.
Álvaro miró a Tomás.
—Vete.
Tomás rió.
—¿O qué?
Álvaro caminó hacia él con una calma peligrosa.
—O descubrirás que tengo abogados con demasiado tiempo libre y muy poca paciencia para hombres que acosan mujeres.
Tomás intentó sostenerle la mirada.
No pudo.
Antes de irse, susurró a Iris:
—Esto no termina aquí.
Álvaro dio un paso.
Tomás salió.
Iris apoyó las manos en el mostrador.
—No necesitaba que viniera a rescatarme.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué vino?
Él levantó la libreta.
—Quería devolver esto.
Dentro estaba la flor blanca, seca, cuidadosamente guardada.
Iris la miró.
—¿Secó la flor?
Álvaro pareció incómodo.
—Fue lo único útil que hice ayer después de que te fuiste.
Ella lo miró.
El CEO de mármol acababa de confesar que había guardado una flor aplastada.
Y eso, contra todo sentido común, le pareció más íntimo que cualquier joya.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈