EL CEO QUE OLVIDÓ SU NOMBRE… PERO NO LA VOZ DE LA MUJER QUE LO CUIDÓ JUNTO AL MAR Valentina lo llamó “Tomás” durante cuarenta días porque él no recordaba quién era… dos años después, el CEO apareció en su pueblo con otra mujer del brazo – PARTE 4

PARTE 4

El resort de la costa

Dos años después, el Grupo Rivas inauguró un resort de lujo en San Aurelio.

El pueblo entero habló de eso durante meses.

Algunos estaban emocionados.

Otros enfadados.

La costa cambiaría.

Llegarían turistas ricos.

Subirían alquileres.

El viejo camino del acantilado tendría luces nuevas, barreras nuevas, cámaras nuevas.

La panadería Soler fue contratada para preparar postres tradicionales para la gala de inauguración.

Carmen aceptó antes de consultar.

Valentina casi dejó caer una bandeja.

—No.

—Niña, pagan una barbaridad.

—No.

—Es solo trabajo.

—Tía.

Carmen la miró con tristeza.

—Han pasado dos años.

Valentina rió sin humor.

—Para él, quizá no pasó nada.

—Para ti sí.

—Por eso no quiero ir.

Carmen tomó su mano.

—No tienes que esconderte en tu propio pueblo porque una familia rica decidió borrar una historia.

La frase hizo que Valentina aceptara.

No por Thiago.

Por ella.

La noche de la gala, el nuevo resort brillaba frente al mar.

Todo era moderno.

Elegante.

Impersonal.

Donde antes había un terreno salvaje con hierba y sal, ahora había mármol, cristales, fuentes y camareros con bandejas de champán.

Valentina llegó con un vestido crema sencillo, ajustado con elegancia, el cabello oscuro suelto y el rostro sereno. No se vistió para él. Se vistió para recordar que no era la muchacha rota que recibió un cheque en una panadería.

Era hermosa.

Siempre lo había sido.

Pero esa noche se veía distinta.

Más segura.

Más luminosa.

Más peligrosa para quienes esperaban verla pequeña.

Camila la vio primero.

Estaba junto a Thiago, vestida de plata, perfecta como una estatua cara.

Su sonrisa se congeló.

Thiago estaba a su lado.

Más delgado.

Más serio.

Más frío que en los recuerdos de Valentina.

Cuando sus ojos cruzaron los de ella, no hubo reconocimiento.

Solo una incomodidad breve.

Como si su cuerpo recordara algo que su mente no quería nombrar.

Camila se acercó a la mesa de postres.

—Valentina Soler.

Valentina ajustó una bandeja.

—Camila Arce.

—Qué sorpresa. Sigues aquí.

—Es mi pueblo.

—Ahora bastante más nuestro, diría yo.

Valentina levantó la vista.

—Los lugares no pertenecen a quien pone más luces.

Camila sonrió.

—Sigues hablando como si eso cambiara algo.

—Y tú sigues sonriendo como si no tuvieras miedo.

El rostro de Camila se tensó.

—¿Miedo de ti?

—No. De lo que él pueda recordar.

Camila miró hacia Thiago.

—No recuerda nada.

La frase fue demasiado rápida.

Valentina sintió el golpe.

—Entonces no deberías preocuparte.

Thiago se acercó antes de que Camila respondiera.

—Los postres tienen excelente presentación.

Valentina se quedó quieta.

Su voz.

Más fría.

Pero la misma.

—Gracias.

Él miró la bandeja de tartas pequeñas.

—¿Qué sabor es este?

Camila respondió:

—Limón, supongo.

Valentina lo miró directamente.

—Limón y miel.

Thiago tomó una.

Camila se tensó.

Valentina quiso decirle que no.

No por ella.

Por él.

Pero Thiago ya había probado un bocado.

El cambio fue inmediato.

Pequeño.

Pero real.

Sus dedos se detuvieron.

La mirada se perdió.

El ruido de la gala pareció alejarse de su rostro.

Valentina no respiró.

Thiago bajó la vista a la tarta.

—¿Qué…?

Camila tomó su brazo.

—Thiago, tu discurso.

Él no se movió.

—Este sabor…

Valentina sintió que el corazón golpeaba contra sus costillas.

Él cerró los ojos un segundo.

Una imagen cruzó su mente.

Harina.

Una ventana con mar.

Una risa.

Una voz:

Lo ácido despierta y la miel perdona.

Thiago abrió los ojos.

Miró a Valentina.

—¿Nos conocemos?

La pregunta la destrozó más de lo que esperaba.

Porque no había crueldad en ella.

Solo vacío.

Camila intervino:

—Te atendió cuando tuviste el accidente. Ya te lo contamos. La familia quedó muy agradecida.

Valentina sostuvo la mirada de Thiago.

—No. No nos conocemos.

Camila sonrió apenas.

Valentina añadió:

—Usted conoció a otra versión de mí.

Thiago frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Valentina tomó otra tarta y la acomodó en la bandeja.

—Nada que su familia no haya decidido olvidar.

Se alejó hacia la cocina.

Thiago quiso seguirla.

Camila lo detuvo.

—No.

Él la miró.

—¿Por qué no?

—Porque cada vez que aparece esa mujer, te confundes.

La palabra fue una llave.

Confundes.

No recuerdas.

No mires.

No sigas.

Thiago sintió una presión en la cabeza.

Y una rabia sin origen claro.

—¿Qué pasó en San Aurelio? —preguntó.

Camila sonrió con esfuerzo.

—Tuviste un accidente. Ella te cuidó. Luego tu madre te llevó a casa. Fin.

—No parece fin.

—Porque ella quiere que no lo sea.

Thiago miró hacia la cocina por donde Valentina desapareció.

—No.

—¿No qué?

—No parecía querer nada de mí.

Y eso, más que cualquier explicación, fue lo que más asustó a Camila.

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