PARTE 3 — La Prometida Que Sonreía Con Los Dientes Cerrados
Adrián suspendió la negociación.
Eso fue una bomba.
En menos de una hora, los pasillos del edificio Salvatierra estaban llenos de llamadas, abogados nerviosos y empleados que fingían no mirar.
Jimena esperó a Adrián en su despacho.
—¿Te das cuenta de lo que hiciste? —preguntó cuando él entró.
—Evité firmar un contrato sospechoso.
—Humillaste a nuestros socios.
—Mis socios no deberían esconder cláusulas.
—Te estás dejando afectar por una mujer que vino a destruirte.
Adrián cerró la puerta.
—No vino a destruirme. Vino a advertirme.
Jimena rió.
—¿La defiendes ahora?
—La escucho.
—No es lo mismo.
—Para ti parece serlo.
Jimena se acercó a él.
Durante años había usado la cercanía como poder.
Una mano en el brazo.
Una voz baja.
Una sonrisa frente a cámaras.
Pero esta vez Adrián no se ablandó.
—¿Conocías Alba Norte Holdings? —preguntó él.
Jimena parpadeó.
—No.
Adrián la observó.
Una palabra demasiado rápida.
Una mentira sin respiración.
—¿Estás segura?
—¿Desde cuándo me interrogas?
—Desde que una cláusula escondida beneficia a una sociedad conectada con tu familia.
Jimena se quitó el anillo y lo dejó sobre la mesa.
—Si vas a elegir creerle a una desconocida antes que a mí, quizá no hay boda que salvar.
Adrián miró el anillo.
No sintió dolor.
Eso también fue una respuesta.
—Quizá no.
Jimena esperaba que él retrocediera.
No lo hizo.
Su rostro cambió.
—No sabes quién es esa mujer.
—Lo estoy averiguando.
—Entonces averigua también por qué una intérprete aceptó entrar en una reunión de alto nivel justo el día que se iba a firmar el acuerdo más importante de tu vida.
Adrián sostuvo su mirada.
—Eso haré.
Valeria, mientras tanto, esperaba en una sala de seguridad con dos empleados mirando hacia ella como si fuera una amenaza envuelta en vestido negro.
Su teléfono vibró.
Mensaje de Luna, su hermana:
¿Estás bien?
Valeria respondió:
Sigo dentro.
Luna escribió:
Entonces no estás bien.
Valeria casi sonrió.
La puerta se abrió.
Adrián entró solo.
—Necesito hacerle preguntas.
—Ya hizo varias.
—Ahora sin público.
—Eso suele ser peligroso para mujeres como yo.
Adrián se detuvo.
—Tiene razón. La puerta queda abierta.
Ese detalle la sorprendió.
No lo suficiente para confiar.
Pero sí para escuchar.
—¿Por qué aceptó el trabajo? —preguntó él.
—Porque sabía que su empresa contrataría intérpretes externos para evitar filtraciones internas.
—¿Cómo lo sabía?
—Durante seis meses trabajé para una agencia que presta servicios a su grupo. Me aseguré de estar en la lista.
—Eso es infiltración.
—Sí.
Él la miró.
—No lo niega.
—No vine a gustarle.
—Eso está claro.
—Bien.
Adrián caminó despacio frente a la mesa.
—¿Qué quiere exactamente?
—Reabrir el expediente del accidente.
—Eso puede destruir a mi familia.
—Su familia destruyó la mía sin temblar.
—Yo tenía veintidós años cuando ocurrió.
—Yo tenía catorce.
Silencio.
La frase cayó con peso.
Adrián no había pensado en eso.
En los informes, Héctor Rojas era un nombre.
Una pieza del accidente.
Un conductor.
No un padre.
No un hombre con una hija de catorce años y otra niña pequeña con problemas de audición.
—Lo siento —dijo él.
Valeria lo miró con frialdad.
—No gaste disculpas antes de saber si puede sostenerlas.
Él asintió.
—Justo.
Valeria se cruzó de brazos.
—¿Siempre acepta golpes así?
—No. Usted está teniendo privilegios extraños.
—No me sirven.
Adrián casi sonrió.
Casi.
—Hay algo que no entiendo —dijo él—. Si tenía pruebas sobre el accidente, ¿por qué esperar hasta hoy?
Valeria respiró hondo.
—Porque no tenía acceso a Rodrigo.
—¿Y hoy sí?
—Hoy él estaba demasiado seguro.
—¿Eso qué significa?
Valeria lo miró.
—Que los hombres que creen haber ganado durante doce años hablan más cuando piensan que nadie en la sala puede hacerles daño.
Adrián bajó la voz.
—¿Lo está grabando?
Valeria no respondió.
Él soltó aire.
—Claro que sí.
—No a usted.
—¿A quién?
—A quien intente comprarme, amenazarme o confesar sin querer.
Adrián se acercó a la ventana.
La ciudad se extendía bajo el piso treinta y ocho.
—Mi padre confiaba en Rodrigo.
—Mi padre confiaba en el coche que conducía.
La frase volvió a golpear.
Adrián cerró los ojos un segundo.
Antes de hablar, calculó. Podía negar. Podía proteger el apellido. Podía hacer lo que su familia siempre hizo.
Pero algo en la mirada de Valeria hacía imposible volver al sueño cómodo.
—Ayúdeme a encontrar la verdad —dijo él.
Valeria rió sin alegría.
—¿Ahora quiere mi ayuda?
—Sí.
—¿Por culpa?
—Por culpa. Por interés. Por mi padre. Por el suyo. Elija la razón que menos le irrite.
Valeria lo observó.
No confiaba en él.
Pero necesitaba entrar al archivo privado.
Y Adrián era la llave.
—Hay una sala en su edificio —dijo ella—. Archivo privado del piso treinta y ocho. Rodrigo guardó allí documentos antiguos después del accidente.
Adrián se tensó.
—Ese archivo está bloqueado.
—Para empleados normales.
—Para casi todos.
—Pero no para usted.
Él la miró.
—¿Qué cree que hay allí?
Valeria sacó una copia vieja de una nota manuscrita de su padre.
—Mi padre escribió esto antes de morir.
Adrián tomó la hoja.
La leyó.
“El hombre de corbata azul cambió la ruta. Dijo que Tomás ya lo sabía. Yo no debía preguntar.”
Adrián levantó la vista.
—Rodrigo usaba corbata azul en el funeral.
Valeria respondió:
—Y en la grabación de seguridad del garaje, la noche anterior al accidente.
El aire entre ambos cambió.
Ya no era una sospecha.
Era una puerta abriéndose.
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