PARTE 2 — La Casa Donde La Traición Entró Descalza

La casa privada de Nicolás Varela no parecía una casa de mafia.
Eso fue lo primero que sorprendió a Mía.
No había estatuas doradas.
No había música.
No había mujeres esperando en sofás de terciopelo.
Era una residencia antigua, escondida detrás de muros altos, con ventanas oscuras, pasillos amplios y guardias que no hablaban más de lo necesario.
Parecía una casa donde nadie se permitía dormir del todo.
Nicolás entró primero.
Mía lo siguió con la chaqueta todavía sobre los hombros.
La camisa blanca de él tenía una mancha roja en el costado.
Pequeña.
Pero real.
—Tiene que curarse eso —dijo ella.
—No es nada.
—Los hombres que dicen “no es nada” suelen ser los primeros en desmayarse dramáticamente.
Nicolás la miró.
—¿Siempre hablas así cuando estás asustada?
—Sí.
—¿Funciona?
—No.
Por primera vez desde el restaurante, algo parecido a una sonrisa cruzó su rostro.
Un hombre mayor apareció en el pasillo.
Cabello gris.
Traje oscuro.
Mirada de cuchillo viejo.
—Don Nicolás.
—Ramiro.
El hombre miró a Mía.
No con desprecio.
Con evaluación.
—¿Ella es?
—Ella me salvó la vida.
Ramiro bajó la cabeza apenas.
—Entonces esta casa le debe respeto.
Mía no supo qué hacer con eso.
No estaba acostumbrada a que la palabra respeto apareciera tan rápido.
—No necesito respeto —dijo—. Necesito volver a mi casa.
Nicolás respondió:
—No esta noche.
Ella giró hacia él.
—No soy prisionera.
—No.
—Entonces no me dé órdenes.
Ramiro levantó una ceja.
Nadie hablaba así a Nicolás Varela.
Nicolás no se molestó.
Eso fue aún más raro.
—No quiero darte órdenes —dijo—. Quiero que amanezcas viva.
Mía abrió la boca.
No encontró réplica inmediata.
Odiaba cuando los hombres peligrosos tenían razón.
La llevaron a una sala con chimenea apagada, sofá de cuero y una mesa baja con botiquín.
Nicolás se sentó.
Mía tomó el botiquín.
—¿Qué haces?
—Curarlo.
—No hace falta.
—Tiene sangre en la camisa.
—He tenido peores.
—Qué currículum tan triste.
Ramiro tosió para ocultar una risa.
Nicolás le lanzó una mirada.
Ramiro se fue.
Mía abrió la camisa de Nicolás lo justo para ver el corte.
No era profundo.
Pero sangraba.
Al tocar la piel cerca de la herida, sintió el calor de su cuerpo.
Demasiado cerca.
Demasiado real.
Nicolás no apartó la vista de ella.
—¿Qué? —preguntó Mía.
—Tienes pulso rápido.
—Estoy limpiando una herida de mafia en una casa desconocida después de una pelea. Perdón por no estar relajada.
—No tienes que disculparte conmigo.
La frase fue simple.
Pero la tocó de forma extraña.
Mía bajó la mirada.
—Todos los hombres dicen eso hasta que una mujer deja de obedecer.
—Yo no quiero obediencia.
—No, claro. Usted colecciona lealtades.
Nicolás guardó silencio.
Esa vez ella había acertado.
—La lealtad se gana —dijo él.
Mía presionó la gasa.
Él no se quejó.
—Y se pierde —respondió ella.
El rostro de Nicolás se endureció apenas.
Tomás.
El nombre quedó entre ellos sin pronunciarse.
—Lo siento —dijo Mía.
Él la miró.
—¿Por qué?
—Por su hermano.
Nicolás soltó una risa seca.
—No lo hagas.
—¿Qué?
—Sentir pena por mí.
—No siento pena. Siento que debe doler.
Él no respondió.
Mía terminó de vendarlo.
Cuando se apartó, Nicolás sostuvo su muñeca un segundo.
No fuerte.
Solo para detenerla.
—Gracias.
La palabra sonó oxidada.
Como si no la usara mucho.
Mía bajó la vista a su mano.
Él la soltó de inmediato.
—Perdón.
Otra palabra rara en su boca.
La puerta se abrió antes de que ella pudiera responder.
Entró Bianca Moretti.
Vestido negro.
Tacones altos.
Cabello rubio oscuro recogido con precisión.
Hermosa.
Fría.
Con ojos entrenados para destruir sin levantar la voz.
Miró la camisa abierta de Nicolás.
Luego a Mía.
Luego la chaqueta sobre sus hombros.
La sonrisa que apareció no tenía nada de amable.
—Vaya.
Nicolás cerró la camisa lentamente.
—Bianca.
—Me dijeron que hubo un incidente.
—Lo hubo.
—No me dijeron que habías traído el incidente a casa.
Mía se puso de pie.
—Yo también preferiría no estar aquí.
Bianca la miró como si una silla acabara de responderle.
—¿Y además habla?
Nicolás se levantó.
—Cuidado.
Bianca sonrió.
—¿Con ella o conmigo?
—Con lo que digas.
El aire se tensó.
Mía entendió en un segundo quién era.
No por presentación.
Por la manera en que el servicio bajó la mirada.
Por la manera en que Ramiro apareció en la puerta sin entrar.
Por el anillo que Bianca llevaba en la mano derecha.
Prometida.
O algo parecido.
Bianca caminó alrededor de Mía.
—Déjame adivinar. Vio algo, dijo algo, ahora cree que es especial.
Mía sostuvo su mirada.
—No, señora. Creo que tuve muy mala suerte.
—La suerte no te trae a la casa de Nicolás con su chaqueta encima.
—No. Eso fue una amenaza de muerte en un restaurante.
Bianca perdió un poco la sonrisa.
Nicolás casi volvió a sonreír.
No era el momento.
Pero casi.
—¿Quién es? —preguntó Mía.
Bianca respondió antes que él:
—La mujer que su familia eligió para estar a su lado.
Mía miró a Nicolás.
—Felicitaciones.
—No estamos comprometidos —dijo él.
Bianca lo miró.
—Todavía.
Mía sintió un alivio absurdo.
Lo odió.
Bianca lo notó.
Las mujeres celosas siempre tienen antenas para esas cosas.
—No te acomodes, camarera.
—No pensaba hacerlo.
—Mañana volverás a servir mesas, si tienes suerte.
Mía dio un paso hacia ella.
—Y usted volverá a fingir que no le molesta una camarera. Si tiene más suerte que yo.
Ramiro cerró los ojos.
Nicolás bajó la mirada para ocultar algo.
Bianca se acercó.
—No sabes en qué mundo estás jugando.
—No estoy jugando.
Mía levantó la barbilla.
—Solo intento salir viva de él.
Bianca miró a Nicolás.
—¿La crees limpia?
—Sí.
—Qué rápido.
—Me salvó de mi hermano.
—O te llevó exactamente donde querían.
Silencio.
La frase hizo efecto.
No en Nicolás.
En los demás.
Ramiro levantó la mirada.
Mía sintió la sospecha entrar en la habitación como humo.
—¿Está diciendo que soy espía?
Bianca sonrió.
—Estoy diciendo que eres demasiado conveniente.
Nicolás respondió:
—Basta.
—No. Tu hermano te traiciona, aparece una camarera hermosa, te advierte justo a tiempo, terminas trayéndola a casa y ahora todos debemos confiar en ella.
Bianca se acercó a Mía.
—Dime, querida, ¿cuánto te pagaron?
Mía la abofeteó.
No lo planeó.
Su mano se movió antes que su prudencia.
El sonido quedó suspendido.
Ramiro llevó una mano a la pistola.
Nicolás levantó la suya.
No.
Bianca se tocó la mejilla.
Lentamente.
—Te vas a arrepentir.
Mía respiraba fuerte.
—Ya me arrepentí de muchas cosas esta noche. Una más no cambia demasiado.
Nicolás miró a Mía con una mezcla de sorpresa y algo más oscuro.
Admiración.
Peligro.
Deseo contenido.
Todo junto.
Antes de que nadie dijera otra palabra, las luces parpadearon.
Una vez.
Dos.
Después se apagaron.
La casa quedó en sombras.
Ramiro sacó el arma.
—Al suelo.
Nicolás tomó a Mía del brazo y la puso detrás de él.
—No me esconda —susurró ella.
—No estoy escondiéndote. Estoy evitando que te disparen.
—Eso suena a esconderme con más drama.
Un golpe sonó en la entrada lateral.
Luego otro.
Cristal roto.
Gritos.
Disparos no.
Todavía.
Pero pasos.
Muchos.
Ramiro habló por radio.
No hubo respuesta.
—Cortaron comunicaciones.
Nicolás miró a Bianca.
Ella estaba demasiado quieta.
Mía lo notó.
No el miedo.
La ausencia de miedo.
Bianca no parecía sorprendida.
Parecía esperando.
Mía recordó algo.
Cuando Bianca entró, dejó el bolso sobre una mesa.
El bolso vibró una vez.
Luego otra.
Mía vio la pantalla encenderse apenas.
Un símbolo.
Una serpiente.
El mismo anillo del hombre en el restaurante.
Mía se movió antes de pensar.
Tomó el bolso.
Bianca giró.
—¡No lo toques!
Demasiado tarde.
Mía sacó el teléfono.
Mensaje en pantalla.
“Puerta lateral abierta. Espera señal.”
Nicolás lo vio.
La mirada que dirigió a Bianca fue peor que cualquier grito.
—Tú.
Bianca retrocedió.
—Puedo explicarlo.
Mía soltó una risa.
—Qué frase tan popular entre traidores.
El primer hombre entró por el pasillo.
Nicolás lo derribó con un golpe directo.
Ramiro disparó al techo para detener a dos más.
El caos se soltó.
No como una batalla limpia.
Como una casa rompiéndose desde dentro.
Mía corrió hacia Lucía, la joven empleada que se había quedado paralizada en la puerta.
La empujó detrás del sofá.
Un hombre intentó agarrarla.
Mía tomó una lámpara y la estrelló contra su brazo.
El hombre gritó.
Ella no esperó.
Lo pateó en la rodilla.
Cayó.
Nicolás la vio desde el otro lado de la sala.
—¡Mía!
—¡Estoy ocupada!
Ramiro, incluso en medio del caos, soltó una risa incrédula.
Bianca intentó escapar hacia el pasillo.
Mía fue tras ella.
No sabía por qué.
Quizá porque estaba harta de mujeres ricas que creían poder destruir vidas y salir caminando.
Bianca llegó a la escalera.
Mía la alcanzó y la sujetó del brazo.
—No tan rápido.
Bianca se giró con una navaja pequeña.
Mía retrocedió apenas.
La hoja le rozó el antebrazo.
Un corte superficial.
Ardió.
Mía apretó los dientes.
—Primero tu novio, ahora tú. ¿Nadie en este mundo sabe discutir sin cuchillos?
Bianca atacó otra vez.
Mía agarró un jarrón de la mesa lateral y lo lanzó contra la pared junto a su cabeza.
Bianca se cubrió.
Mía aprovechó para quitarle la navaja de una patada.
Nicolás apareció detrás.
Sujetó a Bianca por el brazo.
—Se acabó.
Bianca respiraba con rabia.
—¿Por ella? ¿Vas a destruir alianzas por una camarera?
Nicolás miró a Mía.
Sangre leve en el antebrazo.
Cabello desordenado.
Ojos encendidos.
Chaqueta suya todavía sobre los hombros.
Más viva que cualquier mujer que le hubieran intentado sentar al lado por conveniencia.
—No —dijo él.
Pausa.
—Por mí. Porque estoy cansado de dormir con enemigos en mi mesa.
Bianca escupió:
—Ella no es de tu mundo.
Mía respondió antes que él:
—Gracias a Dios.
Nicolás la miró.
Y esa vez no ocultó la sonrisa.
Los hombres de Tomás fueron reducidos.
Bianca fue encerrada en una habitación vigilada hasta que Ramiro decidiera qué hacer con ella según las reglas de la familia.
Mía se sentó en el escalón, respirando rápido.
El antebrazo le sangraba un poco.
Nicolás se arrodilló frente a ella.
Ella parpadeó.
—¿Los jefes de mafia se arrodillan?
—Solo cuando alguien sangra por ellos dos veces en una noche.
Mía miró la herida.
—Es un rasguño.
—Mientes.
—Usted también.
Él abrió una gasa.
—Probablemente.
Le limpió el corte con una delicadeza que no combinaba con sus manos.
Mía lo observó en silencio.
—No debería mirarme así —dijo.
Nicolás no levantó la vista.
—¿Cómo?
—Como si estuviera decidiendo algo peligroso.
Él envolvió la venda alrededor de su antebrazo.
—Ya lo decidí.
El corazón de Mía golpeó una vez.
Fuerte.
—¿Qué decidió?
Nicolás levantó los ojos.
—Que cuando esto termine, no voy a fingir que solo te debo la vida.
El silencio se volvió demasiado cercano.
Mía tragó saliva.
—Yo no pertenezco a su mundo.
—Lo sé.
—No quiero pertenecer.
—También lo sé.
—Y no voy a ser su deuda.
Nicolás terminó la venda.
—No.
Pausa.
—Serás mi elección, si algún día decides quedarte.
Mía se quedó sin respuesta.
No porque la frase fuera perfecta.
Sino porque no sonó como posesión.
Sonó como una puerta abierta en una casa llena de cerraduras.
—¿Y si decido irme? —preguntó.
Nicolás bajó la mirada a la venda.
—Te protegeré hasta que puedas hacerlo sin mirar atrás.
—¿Y después?
Él sonrió apenas.
Triste.
—Después aprenderé a vivir con eso.
Mía lo miró.
El hombre más peligroso de la ciudad, arrodillado frente a ella con sangre en la camisa y cansancio en los ojos, parecía por primera vez alguien capaz de perder.
Y quizá eso lo hacía más peligroso todavía.
Al amanecer, la casa seguía oliendo a humo, vidrio roto y café amargo.
Tomás estaba encerrado.
Bianca, expuesta.
La familia Varela, rota y reordenándose.
Mía caminó hacia la entrada con una camisa limpia prestada y la chaqueta de Nicolás doblada en los brazos.
Él la esperaba junto al coche.
—Te llevaré a casa.
—¿Con seis hombres en la puerta?
—Cuatro.
—Qué moderado.
—Estoy aprendiendo.
Ella lo miró.
—Nicolás.
—Dime.
—No sé qué hacer con usted.
Él se acercó un paso.
No demasiado.
Nunca demasiado desde que ella le dijo que no quería ser encerrada.
—No hagas nada todavía.
—¿Y usted?
—Esperar.
Mía sonrió con cansancio.
—No parece un hombre paciente.
—No lo soy.
—Entonces va a sufrir.
Nicolás la miró con una intensidad que hizo que la mañana pareciera detenerse.
—Ya empecé.
Mía subió al coche.
No porque confiara del todo.
No porque lo amara todavía.
Sino porque esa noche había visto la peor parte de su mundo…
y aun así, cuando él le ofreció una salida, no intentó convertirla en jaula.
Meses después, la ciudad hablaría de aquella camarera que salvó dos veces al jefe de la mafia.
Dirían que Nicolás Varela la hizo suya.
Dirían que la compró.
Dirían que ella cayó por poder.
Como siempre, se equivocarían.
Porque Mía Duarte no fue tomada por el mundo de Nicolás.
Entró mirando de frente.
Y él, que había pasado la vida exigiendo lealtad, tuvo que aprender la única forma de amar a una mujer como ella:
sin ordenarle que se quedara.
Solo volviéndose el tipo de hombre al que ella pudiera elegir sin miedo.