PARTE 2: EL PRECIO DE SER ELEGIDA

Sofía acepta la propuesta de Diego, pero la cena con su familia se convierte en un campo de batalla.
El padre de la ex prometida ofrece el 10% de las acciones de su empresa a cambio de cancelar la boda.
Diego pone toda su fortuna sobre la mesa y le dice: “Firma, todo es tuyo”. Sofía coge el bolígrafo… y lo devuelve.
La mansión de los Fuentes era más grande que todo el barrio donde Sofía había creído. Jardines inmensos, columnas de mármol, un vestíbulo que parecía sacado de una película de época. Ella entró con un vestido negro que le había costado tres meses de ahorros y sintió que todos los ojos se clavaban en su ropa como si fuera un disfraz.
Doña Elena Fuentes, la madre de Diego, la recibió en la puerta con los brazos abiertos. Era una mujer elegante, de cabello plateado recogido en un moño, vestido de seda azul marino. “Al fin te conozco, hija,” dijo, y la abrazó con una calidez que Sofía no esperaba.
Sofía no supo qué responder. Nadie la había llamado “hija” nunca. Ni siquiera su propia madre, que la crió con frases como “no esperes nada de nadie”.
“Pasa, pasa. Todos están esperando conocerte.” Doña Elena la tomó del brazo y la condujo hacia el gran comedor.
Pero dentro, los tíos y primos la miraron con recelo. Los susurros empezaron antes de que ella cruzara el umbral. “Una bastarda,” escuchó decir a un hombre de bigote espeso. “Seguro que solo quiere el dinero,” añadió una mujer con un collar de perlas tan grande que parecía una coraza. “Diego siempre ha tenido mal gusto para las mujeres,” remató otro.
Sofía apretó el bolso con ambas manos. Las uñas se le clavaron en la palma. Pero no huyó. No iba a darles ese gusto.
Se sentó a la derecha de Diego, junto a la cabecera. Él le rozó la pierna por debajo de la mesa. Un gesto pequeño, casi imperceptible. “Respira,” le susurró. Ella obedeció.
La cena transcurrió entre preguntas incómodas y respuestas evasivas. “¿Y tu padre, querida?” “No lo conozco.” “¿Tu madre trabaja?” “Trabajaba. Falleció hace dos años.” Los silencios se volvían más densos cada vez que ella hablaba.
Entonces la puerta principal se abrió sin que nadie la anunciara.
Don Ricardo León entró con un traje a medida y una sonrisa de tiburón. Detrás de él, Valeria lo seguía con los ojos rojos de llorar pero la barbilla alta. Nadie los había invitado.
“Don Ricardo,” dijo Doña Elena con voz fría. “No esperábamos su visita.”
“No me extraña.” El hombre se sentó en una silla vacía sin pedir permiso. “Vengo a hablar de negocios. Y de familia.”
Diego no levantó la vista del plato. Cortó un trozo de carne, lo masticó lentamente, tragó. “No estoy en venta,” dijo sin mirarlo.
Don Ricardo rió, un sonido seco y hueco. “Tu empresa sí lo está, sobrino. Sin nuestros suministros, Jins se hunde en seis meses. Lo sabes. Tu padre lo sabía. Tu madre lo sabe.”
El silencio se volvió afilado como una hoja de afeitar. Todos los comensales dejaron de masticar. Hasta los cubiertos parecían contener la respiración.
“Tengo una oferta,” continuó Don Ricardo. “El diez por ciento de las acciones de la familia León. Pasadas a tu nombre. A cambio de la mano de Valeria.”
Señaló a Sofía con un movimiento de cabeza. “Esa mujer no te conviene. No tiene apellido, no tiene educación, no tiene nada que ofrecer. Valeria tiene una dote de cuarenta millones, conexiones en Europa y un vientre que puede darte herederos legítimos.”
Diego dejó los cubiertos. Se limpió la boca con la servilleta de lino blanco. Y luego hizo algo que nadie esperaba.
Sacó una carpeta de cuero de su maletín personal, que su asistente le había dejado junto a la silla. La deslizó sobre la mesa con un golpe seco.
“Todo lo que poseo. Mis acciones de Jins, el treinta por ciento. Mis propiedades: el ático en Madrid, la casa en Marbella, el apartamento en Nueva York. Mis cuentas corrientes, mis inversiones, mis fondos de pensiones.”
Miró a Sofía. Solo a ella.
“Si firmas esto, todo es tuyo. Sin condiciones. No hay cláusulas, no hay trampas. Lo he revisado con tres bufetes diferentes.”
Sofía abrió la boca. La cerró. “¿Estás loco?”
“Completamente. Ya te lo dije la primera noche.”
Don Ricardo se puso de pie tan rápido que su silla volcó hacia atrás. “¡Esto es una ofensa!”
“No,” dijo Diego, sin levantar la voz. “Esto es una declaración de guerra. Usted quiere comprar mi matrimonio. Yo quiero comprar la libertad de mi esposa. La diferencia es que usted negocia con el dinero de su empresa. Yo negocio con el mío propio. ¿Quién cree que tiene más poder?”
El silencio fue la respuesta. Don Ricardo abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
Sofía miró la carpeta. Miró a Diego. Miró a Doña Elena, que tenía los ojos húmedos y una sonrisa temblorosa en los labios. “Firma, hija,” le susurró su suegra. “Es su forma de decirte que te quiere.”
Sofía tomó el bolígrafo.
No firmó. Lo devolvió a la mesa.
“No quiero tus cosas, Diego.”
Él frunció el ceño, confundido. “Entonces, ¿qué quieres?”
Ella se inclinó hacia él. Y por primera vez en toda la noche, habló en voz baja, para que solo él la oyera. “Quiero que me mires como lo hiciste aquella noche. Como si yo fuera la única mujer en el mundo que no te da miedo perder.”
Diego se quedó inmóvil. Luego, lentamente, su mano encontró la de ella bajo la mesa. Sus dedos se entrelazaron. Él apretó con fuerza.
“Me da miedo perderte,” susurró él, con una vulnerabilidad que ella nunca había visto en nadie, y mucho menos en un hombre como él.
“Entonces no lo hagas.”
Don Ricardo se fue esa noche arrastrando a Valeria, que lloraba en silencio. Los tíos y primos se disculparon con prisas y se marcharon uno tras otro. Doña Elena sirvió champán y brindó sola porque nadie más se atrevió a levantar la copa.
Y Sofía Castaño, la hija ilegítima, la bastarda, la mujer que nadie eligió nunca, se sentó en la cabecera de la mesa más larga que había visto en su vida. No había firmado nada. No había aceptado nada. Solo había dicho la verdad.
Y la verdad, por primera vez, no la había dejado sola.
Tres días después, Diego la llevó al juzgado en un coche sin chófer. Solo los dos.
“¿Estás segura?” preguntó ella frente a la puerta del registro civil.
“Desde la primera noche. Desde antes de conocerte. Te estaba esperando sin saberlo.”
Firmaron. Sofía Castaño se convirtió en Sofía Fuentes.
No hubo gran fiesta. No hubo prensa ni reporteros. Solo él, ella y una alianza sencilla que él mismo había diseñado en sus ratos libres. Un anillo de oro blanco con una línea apenas visible en el centro. “Es fea,” dijo ella, mirándolo contra la luz.
“Es mía,” respondió él. “Como yo soy tuyo.”
Ella se lo puso. Y por primera vez en veintiséis años, sintió que las paredes que había construido a su alrededor no eran una prisión. Eran un hogar.
Afuera del juzgado, bajo la llovizna fina de Madrid, Javier Montero la esperaba apoyado en un coche alquilado.
“Volvamos,” dijo él. “Lo dejaré todo. A Camila, al niño, la casa, todo. Solo quiero estar contigo. Siempre fuiste tú, Sofía. Siempre lo supiste.”
Sofía lo miró. Diego se quedó a su lado, en silencio, sin intervenir. Le soltó la mano. Se la ofreció a ella. Dejó que eligiera.
Ella dio un paso adelante.
“Javier.”
“Dime, amor. Dime que sí.”
“Me pediste que confiara en ti durante cinco años. Y me engañaste con mi mejor amiga. Me pediste que esperara a que ordenaras tu vida. Y me dejaste sola cada fin de semana. Me pediste que entendiera que tu familia no me aceptaba por mi origen. Y nunca me defendiste.”
Javier bajó la mirada. Las gotas de lluvia mojaban sus hombros.
“Ahora,” continuó ella, “alguien más me pidió algo. Me pidió que fuera yo misma. Y no me pidió que cambiara, ni que escondiera mi pasado, ni que mendigara cariño. Solo me pidió que me quedara.”
Se dio la vuelta. Tomó la mano de Diego. Y se fueron caminando por la calle mojada sin mirar atrás.
Diego apretó sus dedos. “¿Fue bonito?”
“Muy bonito.”
“¿No quieres volver con él?”
Ella se detuvo. Lo miró a los ojos. Y por primera vez en su vida, sonrió sin reservas, sin miedo, sin el fantasma de su madre diciéndole que nadie la elegiría.
“¿Estás celoso, señor Fuentes?”
“Muriéndome.”
“Bien.”
“¿Bien?”
“Así sabes lo que se siente cuando otras mujeres te miran a ti.”
Él soltó una risa corta. Una sola. Pero fue real, sonora, humana. Caminaron hasta el coche. Antes de subir, él la detuvo.
“Sofía.”
“Dime.”
“Gracias por elegirme.”
Ella negó con la cabeza despacio. “No te elegí a ti.”
Diego frunció el ceño, confundido.
“Me elegí a mí misma,” dijo ella. “Por primera vez. Y tú simplemente estabas allí. En el lugar correcto. Con las manos abiertas. Sin pedirme que fuera otra.”
Diego asintió. No dijo nada más. Pero esa noche, cuando ella se durmió en la cama de seda negra que ya no olía a desconocido, él susurró contra su pelo:
“Siempre estaré aquí. Incluso si no me eliges. Incluso si te vas. Incluso si todo se quema a nuestro alrededor.”
Sofía fingió dormir. Pero su mano encontró la de él bajo las sábanas. Y sus dedos se entrelazaron otra vez.
Esta vez, para siempre.
**FIN**