PARTE 2: LA GUERRA POR ELLA

El padre de Sebastián no se detiene. Envía sicarios, policías corruptos, cualquier cosa para separarlos.
Pero Sebastián no negocia. Y Elena está cansada de ser la víctima.
Juntos, planean la venganza más peligrosa de la ciudad.
Sebastián llevó a Elena y a Luna a una casa segura.
Una mansión en las afueras.
Con muros altos.
Guardias armados.
“Te quedas aquí hasta que arregle esto.”
“¿Cuánto tiempo?”
“No lo sé.”
Elena lo miró.
“No quiero esconderme.”
“No estás escondida. Estás protegida.”
“Es lo mismo.”
Sebastián suspiró.
“Mi padre tiene dinero, tiene poder, tiene policías pagados. Si sales, te matan.”
“¿Y tú?”
“Yo voy a matarlo a él.”
“No.”
“¿No?”
“No quiero que te conviertas en un asesino por mí.”
Sebastián se acercó.
“Ya soy un asesino, Elena.”
Ella no se alejó.
“Entonces mátame a mí también. Pero no te conviertas en él.”
Él la besó.
Fuerte.
Desesperado.
Ella respondió.
Se besaron hasta quedarse sin aire.
“No voy a matarlo. Pero voy a arruinarlo.”
Esa noche, Elena no durmió.
Pensó en todo.
En Marco. En el padre de Sebastián. En los golpes.
En el vestido rojo.
Se levantó.
Buscó a Sebastián.
Estaba en el jardín, hablando por teléfono.
“Dile a tu jefe que si no se calma, voy a sacar todo lo que sé de él.”
Colgó.
Elena se acercó.
“¿Era tu padre?”
“Sí.”
“¿Qué le dijiste?”
“Que se prepare para perderlo todo.”
Lo abrazó.
Él la sostuvo.
“No tengas miedo.”
“No tengo miedo. Contigo, no tengo miedo.”
A la mañana siguiente, Sebastián fue a la oficina.
Elena lo acompañó.
Llevaba un vestido negro.
Tacones rojos.
Labios rojos.
“Hoy vas a ser mi secretaria de verdad.”
“¿Y eso qué significa?”
“Que vas a estar a mi lado todo el día.”
“Me gusta.”
En la reunión de la junta directiva, el padre de Sebastián estaba presente.
Don Ricardo Ríos.
Un hombre mayor, canoso, con ojos de serpiente.
Miró a Elena con odio.
“¿Esta es la puta que te tiene embobado?”
Sebastián se levantó.
“No la llames así.”
“¿Y cómo quieres que la llame?”
“Señorita Castillo. Mi prometida.”
La sala se quedó en silencio.
Don Ricardo se rió.
“¿Prometida? ¿Con esa golfa?”
Sebastián golpeó la mesa.
“Te dije que no la llames así.”
“¿Y qué vas a hacer? ¿Golpearme a mí también? Soy tu padre.”
“Un padre no intenta matar a la mujer de su hijo.”
Don Ricardo se puso pálido.
“No sé de qué hablas.”
“Marco confesó todo. Tengo el vídeo.”
“Ese vídeo es falso.”
“También tengo los extractos bancarios. Los pagos a Marco. A los policías. A los sicarios.”
Don Ricardo se levantó.
“Eres un mal hijo.”
“Y tú un mal padre.”
Sebastián llamó a seguridad.
“Saquen a este hombre de aquí.”
“No puedes echarme. Soy accionista.”
“A partir de hoy, ya no.”
Don Ricardo se fue.
Pero la guerra no había terminado.
Esa noche, mientras Sebastián y Elena cenaban, escucharon disparos.
Sebastián la tiró al suelo.
“¡Quédate aquí!”
Sacó una pistola.
Corrió hacia la ventana.
Varios hombres armados rodeaban la mansión.
“Son los hombres de mi padre.”
Elena se levantó.
“¿Qué vamos a hacer?”
“Vas a esconderte con Luna en el sótano.”
“No. Me quedo contigo.”
“Elena…”
“Ya me cansé de huir. Me quedo.”
Sebastián la miró.
Le dio una pistola.
“¿Sabes usarla?”
“Mi exnovio me enseñó. Por si algún día necesitaba defenderme de él.”
“Pues hoy es ese día.”
Los hombres entraron.
Sebastián disparó primero.
Uno cayó.
Otro.
Otro.
Elena disparó detrás de él.
Acertó a uno en el hombro.
Sebastián sonrió.
“Buena puntería.”
“Mi ex no era tan mal profesor.”
Los hombres huyeron.
La policía llegó.
Pero eran policías pagados por Don Ricardo.
“Sebastián Ríos, está detenido por intento de homicidio.”
“Ellos entraron a mi casa armados.”
“No vemos a nadie.”
Sebastián entendió.
Su padre los había sobornado.
Se lo llevaron.
Elena se quedó sola.
Esa noche, llamó a todos los contactos que tenía.
Nadie la ayudó.
Hasta que recordó algo.
El vídeo de Marco.
Los extractos bancarios.
Las pruebas.
Fue a la fiscalía.
“Tengo pruebas de que el padre de Sebastián Ríos intentó matarlo.”
El fiscal la miró.
“¿Y por qué debería creerle?”
“Porque si no lo hace, voy a filtrar todo a la prensa.”
“¿Me está amenazando?”
“La estoy advirtiendo.”
El fiscal aceptó.
Don Ricardo fue arrestado esa noche.
Sebastián salió de la celda.
Elena lo esperaba afuera.
“Te dije que no me iba a esconder.”
Él la abrazó.
“Eres la mujer más peligrosa que conozco.”
“Gracias.”
Días después, Don Ricardo fue condenado.
Marco también.
Y los policías corruptos.
Sebastián recuperó la empresa.
Elena se convirtió en su socia.
No solo en la cama.
En los negocios.
“¿Vas a usar ese vestido rojo para la reunión con los chinos?”
“Sí. ¿Te molesta?”
“Me encanta.”
“¿Por qué?”
“Porque cuando te ven, se olvidan de negociar.”
Elena se rió.
“Entonces ganamos siempre.”
“Siempre.”
Se casaron en la mansión.
Elena llevaba un vestido blanco.
Pero debajo, llevaba los tacones rojos.
“¿Por qué tacones rojos?”
“Porque soy la misma mujer del callejón. Solo que ahora tengo un esposo que me protege.”
“Y tú me proteges a mí.”
“Sí.”
Bailaron toda la noche.
Luna estaba feliz.
Corría por el jardín.
“Tío Sebas, ¿me llevas a caballito?”
“Claro, princesa.”
Sebastián la cargó.
Elena lo miró.
Era el hombre más peligroso de la ciudad.
Y también el más tierno.
Una noche, meses después, Elena encontró a Sebastián en el jardín.
Miraba las estrellas.
“¿En qué piensas?”
“En que mi padre está en la cárcel.”
“¿Lo sientes?”
“No. Él eligió su camino.”
“¿Y tú?”
“Yo elegí el tuyo.”
Elena se sentó a su lado.
“¿Te arrepientes?”
“De nada.”
“Ni de haberme conocido?”
“Eso fue lo mejor que me pasó.”
Se besaron.
Las estrellas brillaban.
La ciudad dormía.
Dos personas rotas.
Unidas.
Por la violencia.
Por el amor.
Por la sangre.
Pero juntas.
FIN