La Amante Secreta Del CEO Más Violento De La Ciudad — Ella Es La única Que Puede Detener Sus Puños – PARTE 1

PARTE 1: LA NOCHE QUE ÉL LA SALVÓ

Elena Castillo era la mujer más deseada de la ciudad, pero también la más perseguida.
Una noche, su exnovio la acorraló en un callejón oscuro.
Quien la rescató fue el hombre del que todos huyen: el CEO que resuelve los negocios con sus puños.

Elena Castillo caminaba rápido.

Sus tacones resonaban en el asfalto mojado.

Llevaba un vestido rojo ajustado.

Escotado. Corto.

Todas las miradas masculinas la seguían.

Ella lo sabía.

Y le daba igual.

Necesitaba llegar a casa antes de que él la encontrara.

“Elena.”

La voz sonó detrás de ella.

Se paralizó.

Marco.

Su exnovio.

El hombre que la golpeó durante tres años.

El que le prohibió usar maquillaje, vestidos cortos, tacones.

El que la encerró en un cuarto oscuro durante una semana.

“Te he estado buscando.”

Elena echó a correr.

Pero él era más rápido.

La agarró del brazo.

La estrelló contra la pared de ladrillos.

“Creíste que podías huir de mí, ¿eh?”

“Suéltame.”

“Con ese vestido, vas a pedir a gritos que te folle otro.”

Levantó la mano para golpearla.

Elena cerró los ojos.

El golpe no llegó.

Escuchó un quejido.

Abrió los ojos.

Un hombre alto, con traje negro, sostenía la muñeca de Marco.

Tenía la cara llena de cicatrices.

Pero era guapo.

Más guapo que cualquier modelo.

“La señora te ha dicho que la sueltes.”

Marco lo reconoció.

“Tú eres… Sebastián Ríos.”

“El mismo.”

Sebastián apretó la muñeca.

Se escuchó un crujido.

Marco gritó.

Sebastián lo empujó contra la pared opuesta.

“Si vuelvo a verte cerca de ella, te rompo las dos piernas.”

“¿Y después?”

“Después te corto los dedos uno por uno. ¿Preguntas porque no te quedan claras las consecuencias?”

Marco huyó.

Elena temblaba.

Sebastián se giró hacia ella.

“¿Estás bien?”

“Sí. Gracias.”

Él la miró de arriba abajo.

Sus ojos se detuvieron en sus piernas.

En su escote.

En sus labios rojos.

“Vístete con más ropa la próxima vez.”

“¿Por qué?”

“Porque no quiero tener que salvarte otra vez.”

Se dio la vuelta.

Subió a un coche negro.

Desapareció.

A la mañana siguiente, Elena fue a la oficina.

Trabajaba como secretaria ejecutiva en Ríos Corporation.

El edificio más alto de la ciudad.

El dueño era Sebastián Ríos.

El CEO que todos temían.

El hombre que había golpeado a Marco la noche anterior.

Elena subió al ascensor.

Los compañeros la miraban con deseo.

“Ese vestido… otra vez…”

“Con ese culo, debería estar en una revista, no en una oficina.”

Elena no escuchaba.

Estaba acostumbrada.

La puerta del ascensor se abrió.

Sebastián estaba allí.

Con varios hombres de traje negro.

Elena bajó la cabeza.

“Buenos días, señor Ríos.”

Él no respondió.

Solo la miró.

Sus ojos recorrieron su cuerpo.

Se detuvieron en sus piernas.

Otra vez.

“Vístete con más ropa.”

“Es mi ropa de trabajo, señor Ríos.”

“Pues cámbiala.”

Entró al ascensor.

Los hombres lo siguieron.

Las puertas se cerraron.

Elena exhaló.

Al mediodía, escuchó gritos en la oficina de Sebastián.

Abrió la puerta sin llamar.

Dos hombres estaban arrodillados en el suelo.

Sebastián tenía los nudillos ensangrentados.

Uno de los hombres escupió un diente.

“¿Quién te dio permiso para entrar?”

“Escuché gritos. Pensé que necesitaba ayuda.”

“No necesito ayuda de nadie. Fuera.”

Elena se quedó.

“Usted es el dueño de esta empresa. No debería ensuciarse las manos así.”

Sebastián la miró.

“¿Me estás dando lecciones?”

“No. Solo digo que hay abogados para eso.”

Se rió.

“Los abogados no sirven para lo que yo hago.”

Se acercó a ella.

Estaba tan cerca que podía sentir su aliento.

“Tú deberías tener miedo de mí.”

“¿Por qué?”

“Porque soy un hombre violento.”

“Yo ya estuve con un hombre violento. No me asustas.”

Él arqueó una ceja.

“¿El tipo de anoche?”

“Sí.”

“¿Te golpeaba?”

“Sí. Tres años.”

“¿Por qué no lo denunciaste?”

“Lo hice. No sirvió. Su padre es juez.”

Sebastián asintió.

“Pues ahora tiene un problema más grande que un juez.”

“¿Usted?”

“Sí. Yo.”

Días después, Elena estaba en un bar con sus amigas.

Llevaba un vestido plateado.

Tacones altísimos.

Labios rojos.

Las miradas la seguían.

“Elena, ese vestido es un escándalo.”

“Lo sé.”

“Vas a matar a alguien.”

“Ojalá.”

En la barra, un hombre le ofreció una copa.

Era guapo. Joven. Millonario.

“Soy Nicolás. ¿Y tú?”

“Elena.”

“Trabajas en Ríos Corporation, ¿verdad?”

“Sí.”

“¿Y cómo es el jefe?”

“Violento.”

Nicolás se rió.

“Eso dicen. Pero yo también puedo ser violento.”

Se acercó demasiado.

Elena retrocedió.

“No busco eso.”

“Todas dicen lo mismo.”

De repente, una mano agarró a Nicolás del cuello.

Era Sebastián.

“¿Qué coño…?”

“Ella dijo que no.”

Nicolás lo reconoció.

Palideció.

“Señor Ríos… no sabía…”

“Ahora lo sabes.”

Sebastián lo soltó.

Nicolás huyó.

Elena lo miró.

“¿Me está siguiendo?”

“Te estoy protegiendo.”

“No necesito protección.”

“Lo necesitas. Y lo sabes.”

Se sentó a su lado en la barra.

Pidió un whisky.

Elena pidió otro.

“¿Por qué se preocupa tanto por mí?”

“Porque eres la única mujer que no me ha tenido miedo.”

“Quizá soy tonta.”

“O quizá eres valiente.”

Se miraron.

El bar estaba lleno.

Pero ellos solo se veían el uno al otro.

Días después, Elena recibió una llamada.

Era el hospital.

“Señorita Castillo, su hermana ha tenido un accidente.”

“¿Qué?”

“Venga rápido.”

Elena corrió.

Su hermana pequeña, Luna, estaba en una cama.

Con el brazo escayolado.

“Luna, ¿qué pasó?”

“Un coche. Me atropellaron.”

“¿Quién fue?”

“No sé. Era un coche negro. Huyó.”

Elena recordó el coche de Marco.

Negro. Grande. Oscuro.

Llamó a la policía.

No hicieron nada.

“Sin pruebas, no podemos hacer nada, señorita.”

Elena lloró.

Llamó a Sebastián.

“Necesito ayuda.”

“Dime dónde estás.”

Llegó en diez minutos.

Vio a Luna en la cama.

Vio a Elena llorando.

“¿Quién fue?”

“Marco. Estoy segura.”

“Lo encontraré.”

“No quiero que lo mates. Solo quiero que deje de perseguirme.”

Sebastián la miró.

“No voy a matarlo. Aunque tengo ganas.”

Salió.

Horas después, Elena recibió un mensaje.

Era un vídeo.

Marco estaba en el suelo.

Rodeado de hombres de traje negro.

Sebastián estaba frente a él.

“¿Quién te mandó atropellar a la niña?”

“Nadie. Fue un accidente.”

Sebastián le pisó la mano.

Marco gritó.

“Te lo voy a preguntar una vez más. ¿Quién?”

“¡Tu padre! Tu padre me pagó para que la asustara. Pero la niña se cruzó.”

Sebastián se quedó helado.

“¿Mi padre?”

“Sí. No quiere que estés con esa mujer. Dice que es una puta de barrio.”

Sebastián lo pateó.

“Dile a mi padre que si vuelve a tocar a Elena o a su hermana, lo mato yo mismo.”

Apagó el vídeo.

Elena tembló.

No sabía que su vida estaba en peligro.

No sabía que la familia de Sebastián la odiaba.

Pero lo que más le dolió fue que él no le había contado nada.

Sebastián llegó a su casa esa noche.

Elena lo esperaba en la puerta.

“¿Por qué no me dijiste que tu padre te había mandado a Marco?”

“Porque no quería asustarte.”

“Ya estoy asustada.”

“Lo siento.”

“No quiero que lo sientas. Quiero que me protejas.”

“Eso es lo que estoy haciendo.”

“No. Estás yendo detrás de ellos. Los estás golpeando. Y un día te van a matar.”

Sebastián la miró.

“¿Y qué quieres que haga?”

“Quiero que me lleves contigo. Donde sea. Pero no quiero estar sola.”

Él la abrazó.

Fuerte.

“No vas a estar sola. Nunca más.”

Fin de la Parte 1

 

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