PARTE 1: LA NOCHE QUE LO DESAFIÓ

Camila Vargas trabajaba como mesera en un club clandestino.
Una noche, el hombre más temido de la mafia la encañonó.
Ella no gritó. No lloró. Solo lo miró a los ojos.
Y eso cambió todo.
Camila Vargas llevaba bandejas entre las mesas.
El humo llenaba el aire.
La música sonaba fuerte.
Hombres armados reían.
Mujeres escotadas servían copas.
Ella trabajaba allí desde hacía seis meses.
Nadie sabía su nombre.
Solo la llamaban “la nueva”.
Pero Camila no era una mujer cualquiera.
Había llegado a la ciudad huyendo de un pasado oscuro.
Su padre había sido contable de la mafia.
Lo mataron cuando ella tenía diecisiete años.
Su madre murió de tristeza un año después.
Camila quedó sola.
Trabajó de camarera, de limpiadora, de lo que fuera.
Pero siempre miraba hacia atrás.
Siempre con miedo.
Siempre esperando que los asesinos de su padre vinieran por ella.
Esta noche era diferente.
Las puertas del club se abrieron de golpe.
Todos se pusieron de pie.
El murmullo cesó.
Un hombre entró.
Era alto. Moreno. Traje negro perfectamente planchado.
Una cicatriz cruzaba su mejilla izquierda.
Sus ojos eran negros como el carbón.
Parecían perforar el alma.
“Es Dante Vargas,” susurró Lucía, la mesera que estaba a su lado.
“El jefe de la mafia. El demonio del inframundo. Mató a treinta hombres con sus propias manos.”
Dante se sentó en la mesa VIP.
La mejor mesa. La más alejada de la puerta.
Con vista a toda la sala.
Pidió whisky.
No miró a nadie.
Sus hombres lo rodeaban como un muro de carne y traje.
Nadie se atrevía a mirarlo directamente.
Todos bajaban la cabeza.
Todos temblaban.
Camila lo miró.
No pudo evitarlo.
Algo en sus ojos la atrajo.
No era miedo.
Era curiosidad.
Dante levantó la vista.
Sus ojos se encontraron.
Por un segundo, el tiempo se detuvo.
“Tú,” dijo él.
Su voz era grave. Profunda. Autoritaria.
Camila se acercó.
Las piernas le temblaban un poco, pero su rostro no lo demostraba.
“¿Qué desea, señor?”
“¿No sabes quién soy?”
“Sé quién es usted. Todos lo saben. Pero sigo siendo mesera. Y usted sigue siendo un cliente.”
Dante sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de un lobo.
“Eres valiente. O tonta.”
“Un poco de ambas, señor. ¿Le sirvo el whisky o prefiere seguir analizando mi personalidad?”
Los hombres de Dante se quedaron en silencio.
Nadie hablaba así al jefe.
Nadie.
Dante la miró fijamente.
“Sírvelo.”
Camila sirvió el whisky.
Con manos firmes.
Sin derramar una gota.
“Disfrútelo, señor.”
Se dio la vuelta.
Se fue.
Dante la siguió con la mirada.
No apartó los ojos de su espalda.
De sus caderas.
De sus piernas.
“Quiero saberlo todo sobre ella,” ordenó a uno de sus hombres.
“Sí, jefe.”
Horas después, Camila salió del club.
Eran las tres de la mañana.
El callejón detrás del club estaba oscuro.
Solo una farola parpadeaba al fondo.
Camila caminaba rápido.
Siempre caminaba rápido.
Siempre miraba hacia atrás.
Siempre tenía miedo.
Pero esta noche, el miedo era real.
Dos hombres salieron de la sombra.
Traje negro. Caras duras.
“Camila Vargas?”
Ella se detuvo.
“¿Quién pregunta?”
“Dante quiere verte. Ven con nosotros.”
“No voy.”
“No tienes opción.”
La empujaron hacia un coche negro.
Camila no opuso resistencia.
Sabía que era inútil.
Sabía que si peleaba, la golpearían.
Sabía que lo mejor era quedarse quieta.
Observar.
Esperar.
El coche arrancó.
Camila miró por la ventana.
La ciudad pasaba como un borrón.
Llegaron a una mansión enorme.
En las afueras.
Rodeada de muros altos.
Cámaras por todas partes.
Hombres armados en la puerta.
La mansión de Dante Vargas.
Camila sintió que su corazón se aceleraba.
Pero no mostró miedo.
Entró con la cabeza alta.
Dante estaba en la sala.
Una sala enorme.
Pieles de animales en el suelo.
Cuadros oscuros en las paredes.
Una chimenea encendida.
Y él.
Con un arma en la mano.
Una pistola negra.
La hacía girar entre los dedos.
“¿Sabes lo que pasa con los que me desafían?” preguntó sin mirarla.
“¿Me va a matar, señor?”
“Todavía no.”
Se levantó.
Se acercó a ella.
Le puso el arma en la sien.
El metal estaba frío.
Camila sintió el contacto.
Pero no se movió.
Sus ojos no parpadearon.
Su respiración no se aceleró.
Dante la observaba.
Buscaba miedo.
Buscaba lágrimas.
Buscaba algo.
No encontró nada.
“¿No tienes miedo?”
“Todos tenemos miedo, señor. Pero no voy a rogarle. No voy a llorar. No voy a darle el espectáculo que espera.”
Dante bajó el arma.
“Eres interesante.”
“Gracias.”
“No era un cumplido.”
“Para mí sí. Que el hombre más peligroso de la ciudad me encuentre interesante es un cumplido. Aunque no lo parezca.”
Dante se rió.
Por primera vez en años.
Fue una risa corta.
Seca.
Pero fue una risa.
“Siéntate.”
Camila se sentó.
Dante se sentó frente a ella.
“¿Sabes quién mató a tu padre?”
Ella se quedó helada.
“¿Cómo sabe lo de mi padre?”
“Investigo a todo el que se cruza en mi camino. Tu padre era contable de la familia Rivas. Lo mataron porque descubrió algo que no debía.”
Camila apretó los puños.
“¿Usted lo mató?”
“No. Tu padre trabajaba para mí.”
“¿Para usted?”
“Sí. Era mi contable. Lo mataron los hombres de Bruno. El jefe de la mafia rival.”
Camila sintió que el mundo se derrumbaba.
“¿Y usted no hizo nada?”
“Maté a los asesinos. Pero Bruno sigue vivo. Por ahora.”
“¿Por qué me dice todo esto?”
“Porque quiero que trabajes para mí.”
“¿Como mesera?”
“Como mi mano derecha.”
Camila se rió.
“Yo no sé pelear. No sé disparar. Soy solo una mesera.”
“Eres más que eso. Lo vi hoy. Tienes sangre fría. No te asustas. No tiemblas. Eso no se enseña. Eso se tiene o no.”
“¿Y qué gano yo?”
“Venganza.”
Camila aceptó.
No por miedo.
No por dinero.
Por venganza.
Dante le dio una habitación en la mansión.
Una cama enorme.
Vista al jardín.
Ropa nueva.
Zapatos nuevos.
“No necesito todo esto,” dijo ella.
“Yo necesito que estés cómoda. Para que puedas concentrarte en lo que importa.”
“¿Y qué es lo que importa?”
“Que aprendas a pelear. A disparar. A sobrevivir.”
Los días pasaron.
Camila entrenaba desde la mañana hasta la noche.
Golpes.
Patadas.
Defensa personal.
Dante era su maestro.
A veces, cuando ella erraba, él la tomaba de la cintura.
La corregía.
La guiaba.
“Así no. Mira. Tienes que usar la fuerza de tus caderas.”
Camila sentía sus manos en su cuerpo.
Su aliento en su cuello.
Su corazón se aceleraba.
Pero no decía nada.
“Eres buena,” dijo él un día.
“Tengo un buen maestro.”
“Maestro. Soy hombre.”
“No lo había notado, señor.”
Dante se rió.
“Deja de llamarme señor. Llámame Dante.”
“Dante.”
Su nombre sonaba diferente en sus labios.
Más suave.
Más humano.
Una noche, Camila no pudo dormir.
Soñó con su padre.
Con su madre.
Con los asesinos.
Despertó gritando.
Bajó a la sala.
Dante estaba allí.
Con un vaso de whisky.
La chimenea encendida.
“¿Tampoco puedes dormir?” preguntó él.
“Nunca puedo. Desde que mataron a mis padres.”
“Yo tampoco. Desde que maté a mi primer hombre. Tenía diecisiete años.”
Camila se sentó a su lado.
“¿Por qué lo hiciste?”
“Porque si no lo hacía, me mataban a mí.”
Se miraron.
La luz de la chimenea bailaba en sus rostros.
Él se acercó.
“¿Alguna vez has estado con un hombre, Camila?”
“¿Se refiere a sexo o a algo más?”
“A las dos cosas.”
“He estado con hombres. Pero no con uno como usted.”
“¿Y cómo soy?”
“Peligroso. Pero también… solo.”
Dante se quedó en silencio.
Nadie le había dicho eso antes.
Nadie.
“Quédate conmigo esta noche,” susurró.
“¿Para qué?”
“Para no estar solo.”
Camila se quedó.
No durmieron juntos en la cama.
Se quedaron en la sala.
Junto a la chimenea.
Él recostó su cabeza en el hombro de ella.
Cerró los ojos.
Por primera vez en años, Dante Vargas durmió sin pesadillas.
A la mañana siguiente, Camila despertó sola.
Había una manta sobre ella.
Una nota en la mesa.
“Desayuna bien. Hoy entrenamos con armas. Dante.”
Camila sonrió.
Guardó la nota en el bolsillo.
Esa tarde, Dante le enseñó a disparar.
El polígono estaba en el sótano de la mansión.
Blancos.
Silencio.
Olor a pólvora.
“Toma.”
Le dio una pistola.
Era pesada.
“Apunta al centro. Respira. Dispara.”
Camila apuntó.
Respiró.
Disparó.
Casi acierta.
“Otra vez.”
Disparó otra vez.
Otra.
Otra.
Al final, todas las balas estaban en el centro.
Dante la miró.
“Eres un talento natural.”
“O usted es un buen maestro.”
“Las dos cosas.”
Se acercó.
Le quitó la pistola.
La dejó en la mesa.
“Ahora vamos a pelear de verdad.”
“¿De verdad?”
“Sin reglas. Sin protección. Mano a mano.”
Camila asintió.
Dante la atacó.
Ella esquivó.
Le devolvió un golpe.
Él lo bloqueó.
Pelearon durante minutos.
Sin tregua.
Sin piedad.
Pero él no la lastimaba.
Solo la probaba.
La medía.
La conocía.
Finalmente, la inmovilizó contra la pared.
Su cuerpo contra el de ella.
Su aliento en su boca.
“Ríndete,” susurró.
“Nunca.”
“Eres obstinada.”
“Y usted un arrogante.”
La besó.
Camila no se apartó.
Sus labios se encontraron.
Fue un beso suave al principio.
Luego fuerte.
Luego hambriento.
Dante la levantó.
Ella enredó las piernas en su cintura.
“Lleva esto a mi habitación,” ordenó él a nadie en particular.
Los hombres que custodiaban el polígono desaparecieron.
Dante la llevó a su habitación.
La acostó en la cama.
Se desnudaron.
El cuerpo de Dante estaba lleno de cicatrices.
Camila las besó una por una.
“¿Te asustan?” preguntó él.
“Me recuerdan que eres humano. Como yo.”
Se amaron.
Sin prisa.
Sin miedo.
Con la intensidad de dos personas que saben que el futuro es incierto.