PARTE 1: EL TRATO QUE CAMBIÓ SU VIDA

Camila Flores era la reina de las redes sociales.
Pero de repente, su engagement se desplomó.
Los patrocinadores la abandonaron.
Un CEO millonario apareció con una oferta: él salvaría su página.
A cambio, ella debía convertirse en su novia falsa.
Y él no acepta un no como respuesta.
Camila Flores miró su teléfono.
Los números no mentían.
Dos millones de seguidores.
Pero las interacciones habían caído un ochenta por ciento.
Los comentarios eran negativos.
“Ya no eres la misma.”
“Te vendiste.”
“Aburrida.”
Dejó el teléfono en la mesa.
Su manager, Laura, habló con preocupación.
“Camila, los patrocinadores están llamando. Quieren cancelar los contratos.”
“¿Cuántos?”
“Todos. Menos uno. Una marca de bebidas energéticas. Pero está en duda.”
Camila se levantó.
Fue a la ventana.
Miraba la ciudad desde su apartamento de lujo.
Un apartamento que tal vez perdería.
“¿Qué hacemos?”
“Necesitas un golpe de suerte. Algo que te devuelva a la cima. Un evento. Un hombre famoso. Una controversia. Cualquier cosa.”
Camila pensó.
“¿Un hombre famoso?”
“Sí. Si te ven con alguien poderoso, los rumores volverán a correr. La gente volverá a hablar de ti.”
“¿Y quién aceptaría eso?”
“Alguien que también necesite algo de ti.”
Esa noche, Camila fue a una fiesta.
Era una gala benéfica.
Todos los famosos estaban allí.
Camila llevaba un vestido dorado.
Ajustado.
Escotado.
Tacones altísimos.
Labios rojos.
Las miradas la seguían.
Pero los susurros eran crueles.
“Mírala. Ya no vende.”
“Su página está muerta.”
“Pronto será una más del montón.”
Camila apretaba la copa de champán.
No respondía.
No podía.
La gente tenía razón.
De repente, las puertas se abrieron.
Todos se giraron.
Un hombre entró.
Era alto. Moreno. Traje azul marino.
Ojos grises.
Barba perfectamente recortada.
“Es Sebastián Durán,” susurró Laura.
“El CEO de Nova Media. El hombre que controla la publicidad digital del país.”
Camila lo reconoció.
Había visto su foto en revistas de negocios.
Era joven.
Treinta y cinco años.
Soltero.
Y millonario.
Sebastián caminó por la sala.
No saludaba a nadie.
Solo asentía.
Sus ojos recorrieron el lugar.
Se detuvieron en Camila.
Ella sintió su mirada.
Como un láser.
Como si la estuviera desnudando.
Sebastián se acercó.
“Camila Flores.”
“¿Me conoce?”
“Te conozco. Y tu página.”
“¿Y qué opina?”
“Que estás perdiendo el control.”
Camila se quedó en blanco.
“No tiene derecho a decirme eso.”
“Tengo derecho a decir la verdad. Y la verdad es que necesitas ayuda.”
“¿Y usted va a dármela?”
“Depende.”
“¿De qué?”
“De lo que estés dispuesta a dar a cambio.”
Días después, Camila recibió una llamada.
La secretaria de Sebastián.
“El señor Durán quiere verla en su oficina. Mañana a las diez.”
Camila fue.
El edificio de Nova Media era imponente.
Vidrio y acero.
Pisos de mármol.
Seguridad estricta.
La oficina de Sebastián estaba en el último piso.
Con vista a toda la ciudad.
Él la esperaba detrás de un escritorio enorme.
“Siéntate.”
Camila se sentó.
“¿Por qué me ha traído aquí?”
“Porque quiero hacerte una oferta.”
“¿De qué tipo?”
“Vas a firmar con Nova Media. Nosotros nos encargaremos de tu página. Algoritmos. Publicidad. Posicionamiento. En un mes, volverás a la cima.”
Camila arqueó una ceja.
“¿Y qué quiere a cambio?”
“Una cosa simple. Que finjas ser mi novia.”
El silencio se hizo denso.
“¿Qué?”
“Mi familia me presiona para que me case. Mi abuela quiere verme con alguien antes de morir. Necesito una mujer a mi lado. En eventos. En cenas. En fotos.”
“¿Por qué yo?”
“Porque eres hermosa. Famosa. Y necesitada. La combinación perfecta.”
Camila se levantó.
“No soy una mercancía.”
“No. Eres una inversión. Y las inversiones se cuidan.”
“¿Y si me niego?”
“Entonces sigues perdiendo seguidores. Tus patrocinadores se van. Te quedas sin nada. ¿Cuánto te queda en el banco? ¿Un mes? ¿Dos?”
Camila se quedó callada.
Él tenía razón.
“¿Cuánto tiempo?”
“Seis meses.”
“¿Y después?”
“Después, cada uno sigue su camino.”
“¿Sin condiciones?”
“Sin condiciones.”
Camila pensó.
Su página.
Su carrera.
Su futuro.
“Firmo.”
Sebastián sonrió.
No era una sonrisa amable.
Era la sonrisa de un tiburón.
Las semanas pasaron.
Camila se mudó al apartamento de Sebastián.
Un ático en el centro.
Ventanas enormes.
Piscina en la azotea.
Ella tenía su propia habitación.
Pero él la miraba.
Siempre.
Desde lejos.
Desde cerca.
En el desayuno.
En el ascensor.
En la noche.
“¿No tienes otra cosa que hacer que mirarme?” le preguntó una mañana.
Él se acercó.
“Eres hermosa. ¿Y qué hay de malo en mirar lo hermoso?”
“Soy una empleada. No un adorno.”
“Una empleada que vive en mi casa. Que come mi comida. Que usa mi ropa.”
Camila sintió la sangre hervir.
“Me la gané.”
“No discuto eso. Pero no olvides quién manda aquí.”
“Usted. Como siempre.”
Sebastián se rió.
“Me gusta que me lleves la contraria.”
“Pues se va a acostumbrar. Porque no pienso callarme.”
La primera cita falsa fue en un restaurante elegante.
Camila llevaba un vestido negro.
Corto. Ajustado. Transparente en los hombros.
Tacones rojos.
Labios rojos.
Sebastián la miró cuando bajó del coche.
“Vas a matar a alguien con ese vestido.”
“Espero que sea a sus enemigos de negocios.”
“Peor. A mis socios. Van a querer firmar contigo en lugar de conmigo.”
Camila se rió.
Fue una risa genuina.
Sebastián la tomó del brazo.
Entraron al restaurante.
Las miradas los seguían.
Los flashes de las cámaras los cegaban.
“¿Quién es esa mujer?” preguntaban.
“Es Camila Flores. La influencer.”
“¿Y qué hace con Sebastián Durán?”
“Parece que son pareja.”
Al día siguiente, la página de Camila explotó.
Los seguidores volvían.
Los comentarios positivos aumentaban.
Los patrocinadores llamaban.
“Funcionó,” dijo Laura por teléfono.
“Dentro de una semana, recuperas todo.”
Camila miró a Sebastián.
Estaba en el sillón, leyendo documentos.
“Gracias.”
“No me des las gracias. Es un negocio.”
“Lo sé. Pero gracias igual.”
Él levantó la vista.
“¿Quieres celebrar?”
“¿Cómo?”
“Bailemos.”
“¿Aquí?”
“En la azotea. Hay música.”
Subieron.
La ciudad brillaba abajo.
Música suave sonaba desde los altavoces.
Sebastián le tendió la mano.
Camila la tomó.
Bailaron.
Cerca.
Muy cerca.
Su cuerpo contra el de él.
Su aliento en su cuello.
“No sabía que bailaras,” susurró ella.
“No sabía que fueras tan suave.”
“¿Suelo ser dura?”
“Sueles ser una espina.”
“Y usted un muro.”
Se rieron.
Sebastián la giró.
La atrajo hacia él.
La besó.
Camila no se apartó.
Sus labios se encontraron.
Fue un beso suave al principio.
Luego fuerte.
Luego hambriento.
Sebastián la levantó.
Ella enredó las piernas en su cintura.
“Lleva esto a tu habitación,” dijo ella.
“¿No a la tuya?”
“La tuya es más grande.”
Se besaron de nuevo.
Él la llevó a su habitación.
La acostó en la cama.
Se desnudaron.
El cuerpo de Sebastián era duro.
Marcado por el gimnasio.
Camila recorrió sus músculos con los dedos.
“¿Te gusta lo que ves?” preguntó él.
“No me quejo.”
Se amaron.
Sin prisa.
Sin miedo.
Con la intensidad de dos personas que saben que el contrato es solo una excusa.
Después, Camila se durmió en su pecho.
Él la miró.
“Nunca pensé que terminaría sintiendo algo real,” susurró.
Pero ella ya dormía.
No lo escuchó.
A la mañana siguiente, despertó sola.
Una nota en la mesita.
“Reunión temprano. Desayuna tranquila. Sebastián.”
Camila sonrió.
Guardó la nota en su mesita de noche.
No era solo un contrato.
Y él lo sabía.