La Piel de la Diosa y el Invierno de los Buitres: Memorias de un Trono de Sal

Ahora que el viento de Guadarrama golpea los cristales de este piso en Madrid con la saña de un amante despechado, entiendo que el exilio no là es una geografía, sino un estado del alma. Me asomo al balcón y el frío me corta la cara como si fuera un reproche pendiente de mi época en México. Aquí, en la península, el aire es distinto; huele a piedra vieja y a lluvia reciente, a ese aroma de la Castellana cuando el asfalto se rinde ante el invierno. Me han dicho que en Cuernavaca el sol sigue siendo un dictador implacable, pero yo prefiero esta penumbra grisácea, este silencio de barrio señorial donde nadie me llama por mi nombre artístico ni me escupe “usurpadora” al pasar.
El viento… joder, qué manera de soplar. Es un silbido que se cuela por las rendijas y parece traer los ecos de los aplausos en los teatros de revista, mezclados con el ruido metálico de las cámaras que me perseguían por los pasillos del poder. Recuerdo Madrid en los años ochenta, cuando veníamos de visita y todo parecía posible. Ahora, sentada frente a este móvil que no para de vibrar con noticias que ya no me pertenecen, me doy cuenta de que pasé de ser la mujer más deseada a ser una sombra que custodia documentos legales. Nabila está en la otra habitación; la oigo moverse con esa discreción de fantasma que ha heredado de mis años de encierro. Ella es mi ancla en esta España que nos ha acogido con una indiferencia que agradezco. Aquí no soy la Montenegro, la actriz de mirada desafiante y curvas que paralizaban el tráfico; aquí soy solo una madre que busca un café caliente y un poco de paz.
A veces cierro los ojos y vuelvo a sentir el peso del brazo de José sobre mis hombros. Era un peso que traía consigo el destino de una nación entera. Pero luego abro los ojos y solo veo el reflejo de una mujer que ha aprendido que la belleza es una moneda que se devalúa más rápido que el peso mexicano. El murmullo de los pasillos de mi casa en Cuernavaca era distinto; allí las paredes transpiraban secretos de Estado y traiciones familiares. Aquí, el murmullo es solo el de los vecinos sacando la basura o el de un coche que derrapa en la esquina. Es un alivio, de verdad. Pero ese viento… sigue ahí, recordándome que nunca se huye del todo de lo que uno ha construido sobre cimientos de escándalo.
En mi familia, el silencio siempre fue el plato principal. No era un silencio de paz, sino una “omertà” impuesta por el brillo de las joyas y el estruendo de los titulares. Cuando me convertí en la esposa de José López Portillo, no solo firmé un acta de matrimonio, sino un pacto de no agresión que se rompió antes de que se secaran las flores del altar. Nabila y Alejandro crecieron en esa burbuja de cristal donde las palabras importantes se decían en voz baja, como si las paredes del Palacio Nacional tuvieran oídos hambrientos de tragedia.
Nuestras cenas eran un ritual de máscaras doradas. Recuerdo una noche, poco antes del derrumbe final, en la que el silencio era tan espeso que podías cortarlo con el cuchillo del pescado. Estábamos los cuatro, rodeados de lujos que hoy me parecen vulgares: plata labrada, cristales de bohemia que tintineaban con cada suspiro de José, y ese aire acondicionado que siempre estaba demasiado alto, como si quisiéramos congelar el tiempo para que no nos alcanzara la realidad. José no miraba a los ojos; miraba a un punto perdido en la pared, cargando con el fantasma de una presidencia que lo estaba devorando por dentro. Los niños, benditos sean, comían sus patatas asadas sin hacer ruido, aprendiendo desde pequeños que en esta casa la verdad era un lujo que no podíamos permitirnos.
Ese silencio era nuestra herencia. El silencio sobre Carmen Romano, el silencio sobre los hijos del primer matrimonio que nos odiaban con la intensidad de mil soles negros, el silencio sobre cómo mi carrera cinematográfica se había convertido en un lastre para la imagen del “hombre de la nación”. Yo los miraba, a mis hijos, y sentía un miedo atroz. Estaban naciendo de la fama, pero yo ya presentía que tendrían que sobrevivir a lo que esa fama destruiría. El silencio de aquellas cenas en México es el que hoy me acompaña en este exilio. Es un silencio que se pega a los muebles, que te hace desconfiar de las sonrisas y que te obliga a revisar los testamentos dos veces antes de dormir. Porque detrás de la riqueza, lo que queda es la podredumbre de lo no dicho.
Si hay algo que aprendí en los sets de filmación y en las alcobas presidenciales es que una mentira bien perfumada es más creíble que cualquier verdad desnuda. Recuerdo perfectamente una tarde de 1982. José acababa de dar uno de esos discursos donde prometía defender el peso “como un perro”, y el ambiente en la residencia estaba cargado de una tensión eléctrica. Yo llevaba un perfume de Guerlain, algo caro y floral, una fragancia que se supone que debía transmitir elegancia y seguridad. Pero ese aroma solo servía para ocultar el rastro del miedo.
Él entró en la habitación y me miró con esa mezcla de orgullo y derrota que marcó sus últimos años. —Sasha, dicen que eres la destructora de la familia ejemplar —me dijo, con una voz que parecía venir de un sótano oscuro. —Vale, José. ¿Y qué somos nosotros si no una familia? —respondí yo, mientras me ajustaba el collar de perlas que me había regalado esa mañana—. La gente quiere una patata caliente para culpar de sus desgracias, y esa patata somos nosotros.
Mentíamos a la prensa, mentíamos al sistema, pero lo peor es que nos mentíamos el uno al otro. Él me decía que el poder no se desvanecería, y yo le decía que no me importaba lo que escribieran los pasquines. Pero ambos sabíamos que estábamos bailando en la cubierta del Titanic. Ese perfume… todavía puedo olerlo si me concentro. Un olor dulzón que se mezclaba con el de los documentos oficiales y el humo de sus puros. Era la fragancia de una mentira institucionalizada. Yo no era solo una actriz; era la pantalla donde el país proyectaba sus frustraciones. Y cuando la mentira se hizo demasiado grande para el envase de cristal, explotó, dejándonos a todos cubiertos de metralla legal y reproches públicos. Confrontar la realidad en España, años después, ha sido como quitarse un corsé que me ha impedido respirar durante décadas. Aquí la mentira no tiene perfume; huele a rancio, a papeles amarillentos en el despacho de un abogado de la Castellana.
Antes de ser la “viuda del poder”, fui Alexandra Asimovic Popovich, una chica que llegó de Italia con más sueños que ropa en la maleta. Mi vida era el cine de ficheras, el erotismo que hacía que los hombres se olvidaran de la crisis económica durante un par de horas. “Bellas de noche”, “Muñecas de medianoche”… títulos que hoy suenan a otra vida, a otro cuerpo. En esa época, el celuloide me protegía. Yo era una fantasía nacional, una diosa de sombras y luces que no le rendía cuentas a nadie. Pero entonces apareció él.
José no me amó por mi inteligencia, al menos no al principio. Me amó porque yo era el símbolo de todo lo que el sistema quería poseer. Cuando el cine y la política se besaron en aquellos pasillos, se creó un monstruo que terminó por devorarnos. Yo pasé de ser la estrella que iluminaba la pantalla a ser el secreto que todos conocían pero nadie mencionaba. El peso de su bastón de mando se convirtió en el peso de mi propia jaula. Dejé de ser una mujer libre para ser una “pieza de caza” presidencial. Los rodajes se volvieron más escasos, las miradas en el set más incómodas. Mis compañeros de trabajo me trataban con una deferencia que escondía un desprecio profundo. “Tía, te has pasado de frenada”, me decían los ojos de los directores mientras yo intentaba mantener la dignidad entre escena y escena. No sabían que yo ya no era dueña de mis movimientos; era una marioneta en un teatro de sombras donde el guion lo escribía el Estado.
Nacer en medio de un torbellino mediático es como intentar dormir en medio de un bombardeo. Nabila llegó primero, y luego Alejandro. Dos niños que no pidieron ser los “hijos del pecado”. Yo intenté crear para ellos un hogar protegido, pero ¿cómo proteges a alguien cuando el Palacio Nacional es tu sombra? Les puse nombres que evocaban otros mundos, mundos donde no fueran señalados. Pero en México, el apellido López Portillo era una marca de hierro al rojo vivo.
Recuerdo a Nabila de pequeña, observando las manifestaciones desde la ventana de los coches oficiales. Ella tenía una mirada vieja, una capacidad de entender el dolor ajeno que me partía el alma. Alejandro, en cambio, era fuego. Él sentía la injusticia de ser juzgado antes de hablar. Crecieron con privilegios, sí; estudios en el extranjero, casas en zonas exclusivas donde los guardias de seguridad eran sus únicos amigos. Pero también crecieron con el odio de los periódicos desayunando en nuestra mesa cada mañana. Yo los veía jugar con sus juguetes caros y pensaba: “¿Qué precio vais a pagar por esto?”.
La respuesta llegó pronto. El apellido presidencial no descansa, y menos cuando el poder empieza a oler a sangre. Nabila se convirtió en mi escudo, en la niña que maduró a golpe de citatorios legales. Alejandro, pobre hijo mío, eligió la huida ruidosa. Su rebeldía no era contra mí, sino contra la jaula de oro que le habíamos construido entre José y yo. Cada vez que salía en los vídeos de los programas de cotilleo, involucrado en alguna riña o en una fiesta excesiva, yo sentía que era un grito de auxilio que nadie quería escuchar. Estábamos construyendo una familia entre luces, amor y traición, y los cimientos ya estaban cediendo.
Esperamos veinte años para casarnos legalmente. Veinte años de ambigüedad, de ser la “otra”, de vivir en el limbo de la respetabilidad. Cuando finalmente nos casamos en el año 2000, no fue un acto romántico; fue una operación de limpieza de imagen que llegó demasiado tarde. José ya estaba débil, alejado de la política activa, y yo… yo ya estaba cansada de ser el blanco de todas las iras.
La boda fue un ritual extraño. Por un lado, la sensación de triunfo: por fin era la esposa legítima, por fin mis hijos eran parte formal del linaje. Por otro, el presentimiento de que estábamos sellando un ataúd. Nabila y Alejandro estaban allí, testigos de una legitimación que para ellos ya no significaba nada. Habían pasado toda su adolescencia siendo los “ilegítimos”, y un papel firmado no iba a borrar las cicatrices de las burlas en el colegio o los ataques en la prensa.
Ese día, José me miró y me dijo: “Ya está, Sasha. Ya eres mía ante Dios y ante los hombres”. Pero yo sentí que ya no pertenecíamos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos. Éramos un recordatorio viviente de una época que México quería olvidar. La boda fue la cúspide de nuestro mundo, el cierre de un ciclo que solo sirvió para que los buitres afinaran sus garras. Porque apenas unos años después, el 17 de febrero de 2004, José murió, y con él murió la poca protección que nos quedaba. El ritual de la legitimidad se convirtió en el prólogo de la gran batalla legal.
La muerte de José no trajo el luto, trajo la guerra. Apenas se enfrió su cuerpo, la primera familia, la de Carmen Romano, se abalanzó sobre nosotros con la ferocidad de quien ha esperado décadas para cobrar una deuda. Propiedades en las Lomas, terrenos en Cuernavaca, cuentas bancarias, derechos de imagen… todo se convirtió en un botín por el que pelear en los tribunales.
Me vi señalada como la viuda oportunista, la villana de una telenovela nacional que no terminaba nunca. Los ataques en los medios eran brutales. Me llamaban ladrona, usurpadora de una fortuna que decían que pertenecía al pueblo o a la “familia ejemplar”. Y mis hijos, mis pobres hijos, fueron las piezas de ese ajedrez legal. Nabila, con una serenidad que me asustaba, se puso al frente de los abogados. Ella, que siempre había sido mi ancla, tuvo que declarar ante jueces que la miraban con prejuicio. “No estamos robando nada”, decía ella frente a los micrófonos, mientras yo, desde la sombra de mi habitación, sentía que nos estábamos desmoronando.
Fue en esa época cuando la grieta entre Nabila y Alejandro se hizo insalvable. Mientras ella buscaba proteger el legado y los recuerdos, Alejandro parecía querer incendiarlo todo. No podía soportar la presión de los abogados ni el escrutinio constante. Se refugió en el ruido, en las fiestas de lujo de la Ciudad de México, en reuniones con gente que solo buscaba la anécdota de estar con el hijo rebelde del expresidente. La guerra no era solo contra los López Portillo “legítimos”, sino entre nosotros mismos. La herencia de José fue, sobre todo, una herencia de división.
Alejandro eligió el escándalo como defensa. Fue su manera de decir “que os den a todos”. Los medios lo devoraron con gusto. Fotografías saliendo de bares, rumores de excesos, riñas que terminaban en los titulares de la mañana siguiente. Yo intentaba hablar con él, pero Alejandro ya no escuchaba. Sus palabras eran dardos cargados de rencor. —Tío, déjame en paz —me dijo una noche que regresó a casa en un estado lamentable—. Yo no pedí ser un trofeo presidencial ni el hijo de una diosa de pantalla. Quiero mi parte y quiero largarme.
En 2010, la tensión explotó. Él quería vender una de las propiedades de Cuernavaca, un lugar lleno de recuerdos emocionales para mí. Nos enfrentamos en una discusión que todavía me duele en los huesos. El silencio volvió a nuestra mesa, pero esta vez era un silencio de ruptura definitiva. Se dijo que lo desheredé, se dijo que él rompió conmigo… la verdad es que nos perdimos en el laberinto de nuestros propios miedos. Él desapareció. Se borró del mapa, de las fotos, de las llamadas.
Nadie sabe hoy con certeza dónde está Alejandro. Dicen que cambió de nombre, que vive en el extranjero bajo una identidad que no esté manchada por la política mexicana. A veces, en las noches de Madrid, me pregunto si estará bien, si habrá encontrado la paz que yo no supe darle. Su rebeldía fue un acto de resistencia contra un destino impuesto que lo superaba. Y yo, su madre, me quedé aquí, con el eco de su portazo resonando en mis recuerdos. Su ausencia es una presencia constante, un hueco en las fotos familiares que Nabila intenta llenar con su lealtad inquebrantable.
Antes de venirme a España, pasé mis últimos años en México encerrada en la casa de Cuernavaca. Era una mansión de fantasmas donde las ventanas estaban siempre cerradas, no para que no entrara el calor, sino para que no entrara el juicio de los demás. Mi salud comenzó a deteriorarse; la voz que antes provocaba suspiros se hizo tenue y cansada.
Caminaba con dificultad por los jardines donde alguna vez corrieron mis hijos. Ya no hablaba de películas ni de política. Solo preguntaba por Nabila. Ella fue mi única compañía constante. La veía ir y venir con carpetas de abogados, hablando por el móvil con una voz firme que yo ya no reconocía. Había madurado demasiado pronto, convertida en mi escudo legal y mi bastón emocional. La joven que debió ser libre vivía como una sombra para protegerme.
La casa se sentía vacía, a pesar de estar llena de cuadros caros y muebles de diseño. Las risas de antaño eran ahora evidencias de posesión en los litigios. Cada rincón me recordaba a José, pero ya no con amor, sino con esa melancolía amarga de lo que pudo ser y no fue. Los vecinos decían que me veían caminar sola, pero yo nunca estaba sola; estaba rodeada de los reproches de todo un país que nunca me perdonó haber amado al poder. Al final, el sueño presidencial terminó siendo una casa en silencio, un refugio que se parecía demasiado a una tumba.
Y aquí estoy ahora, en Madrid. He bajado a tomar un café en una terraza de la Castellana, envuelta en un abrigo largo y unas gafas de sol que ya no sirven para ocultar mi identidad, sino para protegerme de la luz del invierno. Miro a la gente pasar; todos tienen prisa, todos están sumergidos en sus propios mundos de patatas y móviles. Nadie sabe que la mujer que está sentada en la mesa de la esquina fue la mujer más deseada de México. Y me gusta.
Nabila vendrá a buscarme pronto. Ella sigue siendo mi ancla. Se fue a España no por lujo, sino por pura necesidad de respirar. En México, su apellido era una sentencia; aquí es solo un dato en un pasaporte. A veces nos reímos de las cosas más tontas, de lo difícil que es encontrar una buena tortilla aquí en comparación con las de allí, o de lo rápido que hablan los madrileños. Son risas que intentan tapar las heridas que el tiempo no ha podido sanar.
¿Valió la pena desafiar al poder por amor? ¿Se puede sobrevivir al juicio de una nación entera? No tengo las respuestas. Solo sé que el amor se me escapó entre demandas y que la gloria me hizo inolvidable para el mundo, pero invisible para los que más quería. Alejandro sigue siendo un interrogante en el aire frío de Madrid. Nabila sigue siendo el testamento vivo de mi resistencia. Y yo… yo solo soy Sasha, una mujer que ha aprendido que desaparecer es, a veces, la única manera de encontrar por fin la paz. Mañana volverá a soplar el viento, mañana habrá más noticias en el móvil, pero hoy, este café caliente es lo único que es verdad. El resto es solo cine, o política, o mentiras perfumadas que ya no tienen poder sobre mí.