
El golpeteo rítmico de los dedos de Julian Vance contra el apoyabrazos del taxi amarillo era el único sonido que atravesaba la densa noche de Nueva York. A su lado, la Dra. Maya observaba el rastro borroso de las luces de la ciudad, con la mente aún reproduciendo los eventos en la comisaría.
Habían atrapado al vecino. El hombre había robado descaradamente un armario antiguo del apartamento de Casey McManus apenas unos minutos después de que McManus fuera ejecutado. Pero, como Julian había demostrado astutamente, un ladrón no es necesariamente un asesino. El verdadero criminal era una mujer, una que prefería un desodorante distintivo con aroma a flor de té y que había esperado pacientemente en una silla a que McManus cruzara la puerta de su casa.
El retrato hablado, corroborado por el aterrorizado ladrón, había arrojado un nombre a través de la base de datos de reconocimiento facial del NYPD: Yvette Ellison, una acaudalada dama de la alta sociedad y copropietaria de un vasto imperio inmobiliario en Manhattan.
Solo había un problema evidente.
—Un coma inducido médicamente —había anunciado el detective Marcus Bell en la Comisaría 11, con un marcado tono de triunfo en su voz mientras desmantelaba la teoría de Julian—. Hospital General de Manhattan. Fue ingresada hace tres días tras un grave intento de suicidio. Los médicos la sedaron para permitir que su cerebro sane. A menos que tu asesino sea un fantasma, Vance, Yvette Ellison no apretó ese gatillo.
El golpeteo de Julian cesó. —Un coma —murmuró, entrecerrando los ojos ante las farolas—. La coartada definitiva e inquebrantable. Demasiado perfecta. El universo rara vez teje las coincidencias con tanta pulcritud, Maya.
—La gente intenta suicidarse, Julian —respondió Maya suavemente, haciendo valer su formación médica—. Y los comas inducidos son el protocolo estándar para traumas neurológicos graves. Es una coartada hermética porque es un imperativo biológico. Está inconsciente.
—Ya lo veremos —replicó Julian, justo cuando su teléfono vibró. Era el capitán Gregson. Había aparecido otro cuerpo.
La escena del crimen era un modesto apartamento en un segundo piso en Queens. La víctima, una mujer afroamericana de treinta años llamada Anna Webster, yacía tendida en la entrada. Una única y precisa herida de bala marcaba su frente.
El detective Bell ya estaba allí, dirigiendo al equipo forense. —Sin entrada forzada —señaló Bell mientras Julian y Maya se agachaban bajo la cinta amarilla—. Los vecinos oyeron un estallido, pensaron que era el tubo de escape de un coche. Parece un trabajo profesional.
Julian lo ignoró, con los ojos recorriendo la pequeña sala de estar. No miró el cuerpo; miró el espacio negativo. Su mirada se posó en un sillón con estampado floral situado directamente frente a la puerta principal. Con la agilidad de una mantis, Julian se agachó, presionando su nariz contra la tapicería. Inhaló profundamente.
—Flor de té —anunció Julian, poniéndose de pie y alisando su chaqueta—. La misma nota floral sintética. El asesino esperó aquí, tal como lo hizo en el apartamento de McManus.
—Eso es imposible —rebatió Bell—. Yvette Ellison todavía está conectada a un ventilador.
Maya, mientras tanto, se había acercado a la puerta abierta del estrecho baño. Su ojo entrenado recorrió el desorden del lavabo. Junto a un tubo de pasta de dientes genérica había un pequeño frasco de prescripción color ámbar. Lo recogió, leyendo la etiqueta. —Julian, ven a ver esto.
Él se materializó a su lado.
—Gotas oftálmicas de cisteamina —leyó Maya—. Se utiliza para tratar un trastorno genético muy específico y raro llamado distrofia corneal. Provoca la formación de cristales en los ojos.
Los ojos de Julian se iluminaron con el fuego maníaco del descubrimiento. —McManus —susurró—. Casey McManus tenía un frasco idéntico en su mesilla de noche. Lo noté de pasada, asumiendo que era una afección localizada.
—¿Cuáles son las probabilidades de que dos víctimas de asesinato al azar tengan la misma mutación genética rara? —preguntó Maya.
—Astronómicas —dijo Julian, regresando a la sala para mirar a Anna Webster—. A menos que no sean al azar. Diferentes razas, diferentes distritos, diferentes niveles adquisitivos. Pero mira la morfología facial. El puente de la nariz, el espacio de los huesos cigomáticos. Son medio hermanos. Hijos ilegítimos del mismo padre.
—¿Y quién es el padre? —preguntó Bell, escéptico pero atento.
—Richard Ellison —declaró Julian—. El patriarca del imperio inmobiliario Ellison, recientemente fallecido. Y el padre de nuestra sospechosa en coma, Yvette.
La propiedad de los Ellison en los Hamptons era un monumento a la vieja riqueza y a los secretos celosamente guardados. Rebecca Ellison, la hermana melliza de Yvette, estaba sentada en el solárium, con una postura rígida de elegancia practicada.
—Mi padre era un hombre complicado —dijo Rebecca con voz tensa, bebiendo un vaso de agua con hielo—. En su lecho de muerte el mes pasado, confesó. Tuvo aventuras. Nos dijo a Yvette y a mí que había otros, y que había modificado su testamento para dividir la herencia a partes iguales entre todos sus hijos biológicos.
—Cientos de millones de dólares —señaló Julian, caminando sobre la alfombra persa—. Un motivo poderoso para el asesinato. Eliminar a los herederos bastardos y la fortuna queda exclusivamente para las hijas legítimas. Usted y Yvette.
—Yo amaba a mi hermana —espetó Rebecca—. Pero la presión la rompió. Por eso tomó esas pastillas. Está luchando por su vida en una cama de hospital, Sr. Vance. Y en cuanto a mí, tengo grabaciones de seguridad con sello de tiempo que demuestran que no he salido de esta finca en dos días. No soy una asesina.
Mientras caminaban de regreso al coche, Maya observaba a Julian de cerca. Tenía el ceño profundamente fruncido y su mente procesaba las variables.
—Rebecca dice la verdad sobre su coartada —murmuró Julian—. Las grabaciones fueron verificadas. E Yvette está en coma. La lógica falla. La ecuación está rota.
—Tal vez contrataron a un sicario —sugirió Maya.
—No —insistió Julian, tocándose la sien—. El vecino vio a una mujer que coincidía exactamente con la descripción de Yvette en la escena del crimen de McManus. Era Yvette. Pero, ¿cómo?
—Julian, para —dijo Maya suavemente, consultando su reloj—. Son las ocho de la tarde. Tenemos que estar en un sitio.
Julian gimió. —Maya, estoy al borde de un gran avance. No puedo sentarme en el sótano de una iglesia a escuchar a la gente lamentar su falta de autocontrol.
—Es tu reunión de recuperación —dijo Maya, con un tono que no admitía discusión—. Es parte de nuestro acuerdo. Sube al coche.
El sótano del centro comunitario olía a café pasado y linóleo húmedo. Julian se sentó en la última fila de la reunión de Alcohólicos Anónimos, con los ojos cerrados y la respiración ralentizada a un ritmo meditativo. Había dominado el arte de la autohipnosis para bloquear lo que él consideraba “datos emocionales inútiles”.
A su lado, Maya escuchaba a una joven nerviosa compartir su historia.
—Yo era un desastre —confesó la mujer al grupo, retorciendo un vaso de papel en sus manos—. Tenía a este médico, mi anestesista para una cirugía menor. Empezamos a acostarnos. Me di cuenta de que podía manipularlo. Usaba su acceso, sus recetas, para conseguir lo que quisiera. Él pensaba que era amor; yo solo quería el colocón.
Los ojos de Julian se abrieron de golpe. El trance meditativo se hizo añicos al instante. Se levantó de su silla plegable, con la voz resonando en la habitación silenciosa.
—¡El médico!
Todo el grupo se giró para mirar. Maya le agarró el brazo, con la cara roja de vergüenza. —Julian, ¿qué estás haciendo?
—¡Un coma inducido médicamente, Maya! —susurró Julian con fiereza, arrastrándola hacia la salida—. ¡Piensa en la farmacología! Propofol. Dexmedetomidina. ¿Cuál es la característica definitoria de estos agentes anestésicos?
La formación médica de Maya se activó y sus ojos se agrandaron mientras lo seguía apresuradamente hacia el aire fresco de la noche. —Tienen una vida media corta. Si detienes el goteo intravenoso, el paciente recupera la conciencia en minutos.
—¡Precisamente! —exclamó Julian, llamando a un taxi—. ¡El coma de Yvette no es una coartada; es una cortina de humo! Seduce a su médico tratante. Tarde en la noche, cuando la planta está tranquila, él detiene el goteo. Ella se despierta, se escapa del hospital, ejecuta a sus medio hermanos y regresa antes de las rondas matutinas. Él la vuelve a conectar y el mundo cree que ha estado inconsciente todo el tiempo. Es brillante. Diabólico, pero brillante.
—¿Pero cómo lo demostramos? —preguntó Maya—. Si acusamos al médico, simplemente destruirá los registros.
La sonrisa de Julian fue depredadora. —No lo acusamos. Preparamos la trampa.
La tarde siguiente, la unidad de cuidados intensivos del Manhattan General era una sinfonía de monitores pitando y voces susurrantes. Rebecca Ellison hacía vigilia junto a la cama de su hermana. Yvette se veía pálida y frágil, con un tubo endotraqueal pegado a la boca, totalmente inmóvil.
De repente, las puertas dobles se abrieron de par en par. Julian Vance entró furioso, con el detective Bell y Maya pisándole los talones.
—¡Señorita Ellison! —gritó Julian, con su voz rebotando en los azulejos estériles, deliberadamente lo suficientemente alto para que toda la planta lo oyera.
—¡Baje la voz! —siseó Rebecca, poniéndose en pie—. ¡Mi hermana está descansando!
—Su hermana es una asesina, pero esa es una conversación para mañana —bramó Julian, acercándose a la cama, con los ojos fijos en el ritmo constante del monitor cardíaco de Yvette—. Estoy aquí por cortesía. Para advertirle. Encontramos al tercero.
Rebecca parpadeó, confundida. —¿El tercero qué?
—El tercer hijo ilegítimo —mintió Julian con fluidez, proyectando su voz hacia la mujer en coma—. Thomas Hayes. Vive en el 442 West de la calle 87, apartamento 3B. Es el último heredero. El NYPD lo trasladará a una casa de seguridad mañana por la mañana a las 8:00 AM. Después de eso, será intocable y la fortuna de su familia se dividirá irrevocablemente.
Bell miró a Julian, siguiéndole el juego. —Vance, no deberías discutir la logística policial en voz alta.
—¡Tonterías! —Julian agitó una mano con desdén, con los ojos aún fijos en Yvette. Notó un movimiento microscópico en sus párpados. El monitor de su frecuencia cardíaca subió brevemente de 60 a 72 latidos por minuto antes de estabilizarse de nuevo.
—Nos vamos ahora —anunció Julian, dándose la vuelta bruscamente y saliendo de la habitación.
Ya en el pasillo, Maya lo apartó. —Te lo has inventado. Thomas Hayes.
—Por supuesto que sí —dijo Julian, poniéndose el abrigo—. Y esta noche, Yvette y su médico enamorado se darán cuenta de que su ventana de oportunidad se está cerrando. Tienen que matar a Thomas Hayes esta noche, antes de que pase a custodia policial.
A las 2:00 AM, el apartamento en el 442 West de la calle 87 estaba en tinieblas. El silencio solo se vio roto por el leve clic de una cerradura siendo forzada.
La puerta se abrió silenciosamente. Una figura vestida totalmente de oscuro se deslizó al interior. El intruso levantó una pistola con silenciador, caminando con cuidado hacia la silueta de un hombre que dormía bajo las mantas de la cama.
El intruso levantó el arma, apuntando al centro de las almohadas.
Click. Las luces del techo se encendieron, cegadoras por su intensidad.
—¡Suelte el arma! —tronó la voz del capitán Gregson desde una esquina de la habitación.
El intruso se congeló, entrecerrando los ojos ante el resplandor. Julian Vance salió de la cocina, flanqueado por el detective Bell, cuya arma reglamentaria apuntaba directamente a la sospechosa. Maya estaba cerca de la puerta, con los brazos cruzados.
—El juego se ha acabado, Yvette —dijo Julian suavemente.
La intrusa bajó lentamente el arma y se quitó el pasamontañas negro. Yvette Ellison estaba allí, plenamente despierta, furiosa y respirando con dificultad. No había tubos ni monitores. Solo una asesina fría y calculadora.
—Su cómplice, el Dr. Aris, ya ha sido detenido esperando en el coche de huida abajo —continuó Julian, acercándose a la cama y retirando las mantas para revelar un montón de almohadas rellenas—. Cantó como un canario en cuanto el detective Bell mencionó la frase “cómplice de asesinato”. Resulta que su amor por usted no se extendía a una vida entera en una penitenciaría federal.
Yvette fulminó a Julian con la mirada, con la mandíbula apretada mientras Bell se adelantaba, poniéndole las esposas en las muñecas. —Me tendiste una trampa.
—Simplemente presenté una oportunidad —corrigió Julian, ladeando la cabeza—. Usted eligió tomarla. El dinero de su padre permanece intacto, señorita Ellison. Una pena que vaya a gastarlo enteramente en la comisaría de una prisión de máxima seguridad.
La casa de Brooklyn estaba en silencio cuando Julian y Maya finalmente regresaron. El cielo tras los grandes ventanales empezaba a teñirse de los azules pálidos y rosas del amanecer.
Maya se quitó los zapatos y se hundió en el sillón de cuero, soltando un largo suspiro de agotamiento. Observó cómo Julian pasaba de largo del sofá y caminaba directamente hacia un estuche de cuero desgastado que descansaba sobre la repisa de la chimenea. Lo abrió, extrayendo con cuidado un hermoso violín antiguo.
—Sabías que su ritmo cardíaco subiría —dijo Maya en voz baja—. En el hospital. Así supiste que estaba escuchando.
Julian tensó el arco. —El cuerpo humano es un mentiroso terrible, Maya. Incluso bajo la influencia de sedantes, el subconsciente reacciona a las amenazas. Era fisiología elemental.
Maya sonrió levemente. —Lo has hecho bien hoy, Julian.
Él no respondió de inmediato. Se llevó el violín a la barbilla, cerró los ojos y deslizó el arco por las cuerdas. Una melodía inquietante y melancólica llenó el aire polvoriento de la casa, un fuerte contraste con la violencia y la codicia de la noche.
—Lo hemos hecho bien, Maya —murmuró Julian sobre la música, abriendo un ojo para mirarla—. Lo hemos hecho bien.