El Multimillonario ve a su amiga de la escuela como mesera — lo que hace después te sorprenderá

El Multimillonario ve a su amiga de la escuela como mesera — lo que hace después te sorprenderá

El multimillonario ve a su amiga de la escuela como mesera. Lo que hace después te sorprenderá. Antes de comenzar, cuéntanos desde qué país estás viendo este video. Disfruta la historia. Marchena, mesa 7 pidió hace 20 minutos. Lucía Marchena giró la cabeza sin soltar la bandeja.

Tres platos en el brazo izquierdo, una jarra de agua en la mano derecha. Voy, don Cipriano, voy, voy, voy. Eso dice siempre. El dueño del mesón pasó detrás de la barra arrastrando los pies. Se secó las manos en el delantal sucio. Bufó. Lucía dejó los platos en la mesa cuatro. Sonrió al  cliente.

Un camionero con la cara quemada por el sol. ¿Necesita algo más? Una cerveza fría, guapa. Marchando, volvió a la barra casi corriendo. La cojera de la rodilla derecha le tiraba. Llevaba 7 horas de pie y todavía le faltaban tres. Lucía. Doña Aurora la llamó desde la cocina. Ven, hija. Ahora no puedo, doña Aurora. Solo un segundo. Lucía se asomó.

La anciana le tendía un vaso pequeño de agua con limón. Bebe, estás blanca como la pared. Estoy bien. Bebe, te he dicho. Lucía bebió. El líquido frío le bajó por la garganta y le hizo cerrar los ojos un instante. “Gracias. Mi hijo es un sinvergüenza”, murmuró doña Aurora. “Te tiene como a una mula”. No diga eso. Lo digo porque es verdad.

Lucía sonrió a medias y salió otra vez al comedor. La campanilla de la puerta sonó. Entraron tres hombres con monos azules de mecánica. Mesa nueve. Marchena,  café para mesa dos. Voy, don Cipriano. Eran las 12:30 de la mañana de un martes cualquiera de septiembre. El mesón Lencina en la salida del pueblo de Yuncos en plena número 401 estaba lleno hasta la bandera.

Lucía no sabía que ese martes era el último día de su vida vieja. A 12 km de allí, una camioneta negra se detuvo en seco en el arsén. Sebastián Vidal Aragón giró la llave. Nada. La giró otra vez. El motor tosió y murió. sea. Bajó del vehículo. El sol del mediodía le pegó en la nuca como una bofetada.

Miró alrededor, campos de trigo seco, olivos torcidos, una carretera vacía. Sacó el teléfono, marcó  Andrea. Dígame, señor Vidal. Se me ha averiado la camioneta en la N401 a la altura de Yuncos, creo. Llamo a la grua. Llámala y avisa a los arquitectos de Toledo. La reunión de las dos se cancela. Don Esteban va a ponerse furioso. Señor, que se ponga. Y la cena con los inversores noruegos.

Sebastián miró el reloj. Esa la mantenemos. Pero si la grúa tarda, igual llego tarde. Le aviso. Otra [música] cosa, Andrea. Dígame. Si llama a mi madre, dile que estoy en una reunión. Otra vez. Otra vez. Cortó. Se quedó un momento parado en el arsén. El silencio del campo era denso. Solo se oía el zumbido lejano de un tractor y el viento moviendo  el trigo.

A 200 m, un letrero descolorido, me son encina. Comidas caseras. Sebastián miró sus zapatos italianos. Después la grava, después el letrero. Echó a andar. La campanilla de la puerta sonó por enésima vez esa mañana. Lucía estaba inclinada sobre la mesa cuatro, recogiendo los platos sucios del camionero. Levantó la vista por costumbre.

Un hombre alto, traje, camisa blanca sin corbata, zapatos que en ese mesón nunca habían entrado. El hombre se quedó parado en la puerta, mirando alrededor como quien entra en un sitio equivocado. “Siéntese donde quiera”, dijo Lucía sin mirarlo de verdad. Él se sentó en una mesa pequeña junto a la ventana. La de los turistas la llamaban en el mesón porque era la única con vista al campo. Lucía terminó de recoger la mesa cuatro. Llevó los platos a la cocina.

Doña Aurora la miró. ¿Quién es ese? Un señor. De paso,  supongo. Atiéndelo tú. Mira qué traje lleva. Don Cipriano. Querrá la propina. [música] Don Cipriano no se entera de nada. Atiéndelo tú. Lucía cogió la libretita y un lápiz. Se acercó a la mesa de la ventana. ¿Qué le pongo? El hombre levantó la vista del teléfono y todo se detuvo.

Lucía sintió que el lápiz le bailaba entre los dedos. La cara del hombre. Esa cara más mayor,  más cansada, con canas en las cienes, pero no podía ser. Sebas, la palabra le salió sola. El hombre abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla. Hola, Lucía. 22 años. 22 años desde la última vez que Lucía Marchena había visto a Sebastián Vidal en el patio del bloque de Vallecas.

tenían 17. Él se iba a empezar la universidad. Ella se quedaba en el barrio para terminar selectividad. Se habían dicho adiós con un abrazo torpe y una promesa. No nos perdemos. Vale. Y se habían perdido. Lucía se quedó parada junto a la mesa con la libretita en la mano, sin  saber qué hacer con el cuerpo.

“¿Tú?”, preguntó. Aquí se me ha averiado el coche. En la N401. En la N401. Lucía soltó una risa nerviosa, corta, casi un hipo. Madre mía, Sebas, 22 años y apareces así, sin avisar. No sabía que estabas aquí. Yo tampoco sabía que ibas a aparecer. Detrás de ella un grito. Marchena, mesa siete, espera la cuenta. Lucía dio un respingo. Ya voy, don Cipriano.

Volvió a mirar a Sebastián. La sonrisa se le endureció. Te traigo el menú. Hablamos luego.  Vale, vale. Lucía se alejó. Sebastián la siguió con la mirada. La cojera era leve, pero estaba ahí. La mano izquierda le temblaba un poco al apuntar la cuenta de la mesa siete. Sacó el teléfono, marcó otra vez.

Andrea, sí, señor Vidal. Anula también la cena con los noruegos. ¿Qué? Anúlala. Diles que ha surgido una emergencia familiar. Señor, esos  noruegos tienen 500 millones para invertir en el proyecto de lavapiés. Llevan tres semanas esperando esta cena. Que esperen tres días más. Pero Andrea, sí, anula  la cena. Cortó. Se quedó mirando por la ventana. El aparcamiento polvoriento.

Un perro flaco dormido bajo un coche, una bandera de España descolorida en el mástil. 22 años buscando construir un imperio y la persona que más le había importado en el mundo había estado a 200 m de una carretera secundaria sirviendo cafés a desconocidos. Cerró los puños debajo de la mesa. Especialidad de la casa. Lucía dejó un plato de lentejas y un trozo de pan delante de él. Dudó.

Después se sentó en el borde de la silla de enfrente como si estuviera prestada. Tengo 5 minutos. Cipriano está fumando atrás. 5 minutos. Ella se cruzó de brazos. Lo miró bien. Ahora sí, con calma. Estás distinto. Tú no. Mentira piadosa. Acepto. Sebastián sonrió a medias. Probó las lentejas. Estaban buenísimas. ¿Cuánto llevas aquí? trabajando casi 6 años, viviendo  en el pueblo ocho.

Y antes ella desvió la mirada. Antes muchas cosas. Cuéntame tú primero. No,  cuéntame tú. Yo pregunté antes, Sebas. Siempre pregunté antes. ¿No te acuerdas? Él se ríó. Me acuerdo. Entonces empieza. Sebastián dejó la cuchara. Trabajo en inmobiliaria. ¿Vendes pisos? Algo así. Lucía entrecerró los ojos. Sebas, vienes en un traje que cuesta más que mi sueldo de 6 meses y los zapatos esos no se compran en una tienda normal.

¿Vendes pisos? Él se miró los zapatos. Después la miró a ella. Tengo una empresa pequeña, no tan  pequeña. ¿Cuántos empleados? Sebastián se removió en la silla. 340. Lucía soltó el aire de golpe, miró el techo, después la  mesa, después a él. 340 empleados. Y aquí estás comiendo lentejas en la encina.

Se me ha averiado el coche. Se te ha averiado el coche, repitió ella despacio. ¿Qué cosas, Marchena? El grito de don Cipriano cortó el aire. Mesa nueve. Llevan 10 minutos esperando. Lucía se levantó. Tengo que  seguir, Lucía. ¿Qué? No me voy hasta que hablemos. Ella lo miró un momento largo, después asintió sin decir nada y se fue a atender la mesa nueve.

Sebastián siguió comiendo. Cada cucharada les había un poco a culpa. A la 1 de la tarde, el mesón estaba lleno. Sebastián observó a Lucía moverse entre las mesas. La paciencia con un viejo sordo que la hizo repetir el menú tres veces. La sonrisa automática para un grupo de turistas franceses perdidos. La forma de calcular cada paso para no malgastar uno. Y las pausas. Las pequeñas pausas.

Cuando creía que nadie miraba, se apoyaba un segundo contra la pared. Se masajeaba la muñeca derecha. Cerraba los ojos un instante, volvía a abrirlos, seguía. Don Cipriano apareció dos veces. La primera le dijo algo en voz baja que Sebastián no llegó a oír, pero por la cara de Lucía no fue nada bueno.

La segunda le señaló un mantel mal puesto y le hizo cambiarlo entero, aunque la mesa estaba vacía. Sebastián apretó los dientes y entonces ocurrió una mesa al fondo, dos hombres, trajes baratos, corbatas mal anudadas, comerciales de paso de los que viajan por la zona con maletines de muestras. Lucía les llevó la cuenta.

Uno de ellos, un tipo grande con la cara colorada por el vino, le agarró la muñeca cuando ella se inclinó para dejar el platito. Espera, guapa, quédate un momento. Lucía soltó la muñeca con un movimiento rápido. La cuenta, señor. ¿Cuánto cobras tú? Perdón, que cuánto cobras por venir conmigo a Toledo esta tarde.

Tengo una habitación en el hotel. Lucía no contestó, dejó la cuenta sobre la mesa y se dio la vuelta. Eh, te estoy hablando. El hombre se levantó, le agarró [música] del codo. Sebastián se levantó también, pero antes de que Sebastián pudiera dar dos pasos, una voz cortó el aire. Suéltala ahora. Era doña Aurora.

Había salido de la cocina con un cuchillo de cortar pan en la mano. 78 años, 1,55 de altura, un cuchillo de 30 cm. El comercial soltó a Lucía. Era una broma, abuela. Yo no soy tu abuela y aquí no se hacen esas bromas. Don Cipriano apareció detrás de la barra. ¿Qué pasa? Tu cliente se ha pasado de la raya, dijo doña Aurora. O lo echas tú o lo hecho yo.

Mamá, baja el cuchillo, por favor. Lo bajo cuando se vayan. Los dos hombres se miraron, soltaron un billete sobre la mesa y salieron sin decir nada. Lucía se quedó parada en medio del comedor. Tenía las manos apretadas a los costados. No temblaba. Había algo más impresionante que temblar. Estaba completamente quieta, [música] como si esa escena la hubiera vivido tantas veces que ya tuviera un protocolo interno. Doña Aurora le tocó el brazo.

¿Estás bien? Estoy bien. Vete a la cocina un momento. Yo cubro. No hace falta. Vete, te he dicho. Lucía obedeció. Sebastián, que se había vuelto a sentar, miró a don Cipriano. El dueño del mesón se encogió de hombros y volvió a la barra como si no hubiera pasado nada. Sebastián cerró el puño tan fuerte que se hizo daño en la palma con las uñas.

15 minutos después, Lucía volvió al comedor, cogió la jarra del café, pasó por las mesas, llegó a la suya. Otro preguntó como si nada. Lucía, Sebas, no pasa esto a menudo. Pasa y Cipriano no hace nada. Cipriano dice que el cliente siempre tiene razón. Cipriano [música] es un Sebas, por favor. Es mi jefe. Sebastián respiró hondo.

¿A qué hora terminas? A las 6. ¿Y después? Después nada. Vuelvo a casa. ¿Vives sola? Sí. Te puedo invitar a cenar cuando termines. [música] Lucía bajó la jarra. A cenar. ¿Dónde, Sebas? Aquí no hay nada en 15 km. Donde quieras. Yo invito. No tengo coche. Yo tampoco en este momento, pero llamo a un taxi. Vamos a [música] Yuncos, cenamos algo y te traigo de vuelta. Ella [música] se ríó, pero la risa se le quedó atrancada.

Eso es una locura. Es una invitación. Lucía miró hacia la barra. Don Cipriano fingía no escuchar mientras secaba un vaso. Dame un minuto. Se fue al baño. Tardó cinco. Cuando volvió, [música] se había soltado el moño y se había pasado un poco de agua por la cara. Vale, dijo en voz baja. Pero no a Toledo, demasiado lejos. Hay un sitio aquí en Yuncos. ¿Te vale? Me vale.

A las 6:15 en la puerta. A las 4:30 el mesón se vació casi del todo. Sebastián pidió otro café. Doña Aurora se lo sirvió ella misma. ¿Es usted amigo de Lucía? Lo era hace mucho tiempo. ¿De dónde? De Vallecas. Crecimos en el mismo bloque. La anciana se sentó en la silla de enfrente sin pedir permiso.

Apoyó las manos en la mesa. Tenía los dedos torcidos por la artrosis. ¿Y se ha encontrado usted con ella así por casualidad? Por una avería del coche. Por una avería del coche. Sí. Doña Aurora lo miró fijo. Tenía los ojos muy claros y muy listos para los 78 años. Hijo, [música] le voy a decir una cosa. Dígame. Esa chica que está usted mirando lleva 6 años en mi cocina y en mi comedor y en 6 años no la he visto sonreír de verdad ni una vez. Hasta hoy no la conoce desde hace mucho.

La conozco mejor que nadie en este pueblo. Mi hijo, que es burro como una piedra, no la entiende, pero yo sí. ¿Qué quiere decirme? que si usted ha venido a remover algo y luego a marcharse, hágame el favor y váyase ahora. No le haga eso a esa pobre. Sebastián la miró largo rato. No he venido a marcharme, doña [música] Aurora. Seguro, seguro. Ella asintió despacio. Se levantó.

Entonces siga aquí, pero no juegue. No con ella. Volvió a la cocina arrastrando los pies. Sebastián se quedó solo con el café enfriándose entre las manos. A las 5:15 la campanilla volvió a sonar. Una mujer joven entró empujando un cochecito. Llevaba uniforme de cajera de supermercado. Marisol saludó Lucía con la primera sonrisa de verdad que Sebastián le había visto en toda [música] la tarde. Pasaba a saludar. ¿Cómo está el peque? dormido.

Por fin las dos se acercaron a la barra. Hablaron en voz baja unos minutos. Sebastián no oyó que decían, pero vio que Marisol le pasó a Lucía un sobre pequeño. Lucía lo metió en el bolsillo del delantal. Marisón miró a Sebastián, después miró a Lucía. Le dijo algo al oído. Lucía negó con la cabeza. Marisol insistió.

Lucía volvió a negar. La cajera se encogió de hombros y se fue empujando el cochecito. Lucía volvió a sus mesas. 5 minutos después, don Cipriano llamó a Lucía a la trastienda. Tardaron 10 minutos. Cuando ella salió, tenía la mandíbula apretada y los ojos rojos. Sebastián hizo amago de levantarse. Lucía lo paró con un gesto pequeño de la mano. Negó con la cabeza.

A las 6 men5, [música] Lucía se quitó el delantal, lo dobló en cuatro, lo dejó sobre la barra, sacó una mochila vieja del armario del fondo, se peinó con los dedos. “Vámonos”, le dijo a Sebastián antes de que me arrepienta. Salieron al aparcamiento. El sol empezaba a bajar. El aire por fin era respirable. Lucía caminaba con las manos metidas en los bolsillos.

¿Qué te ha dicho Cipriano?, preguntó Sebastián. Nada [música] importante, Lucía, que mañana entro media hora antes para reponer las cosas que no me dio tiempo a hacer hoy. ¿Por qué no te dio tiempo? Porque he estado demasiado rato charlando con un cliente. Sebastián paró en seco.

¿Te ha descontado por hablar conmigo? Me ha descontado por sentarme dos veces. Sí, Lucía Sebas, no es así. No te metas. Y el sobre de Marisol. Ella lo miró sorprendida. ¿Te has fijado? Me he fijado. Lucía suspiró. Es una colecta del barrio. Una colecta para mí. Marisol y otras tres vecinas. Cada mes ponen entre todas 100 €. ¿Por qué? Porque saben que con lo que gano aquí no me llega para pagar el médico de la rodilla. Y porque son buena gente.

¿Aceptas dinero de unas vecinas que tienen menos que tú? Acepto dinero de unas mujeres que entienden lo que es no llegar. Es distinto. Sebastián no contestó. siguieron caminando. El restaurante de Yuncos era una freiduría pequeña. Cuatro [música] mesas, un televisor encendido sin volumen. Pidieron dos raciones de calamares y dos cervezas sin alcohol.

Lucía dijo que el alcohol le sentaba mal últimamente. Cuando los dejaron solos, se hizo un silencio largo. Empieza tú, dijo Lucía. Total, eres el que tiene la vida bonita. No la tengo tan bonita. 340 empleados. Sebas, él jugó con el posavasos. Salí del barrio a los 19. Beca para Politécnica, ingeniería de caminos.

Eso ya lo sabía. Después un máster en Boston. Volví. Monté una constructora con un socio. El socio me robó 2 millones y se fue a Brasil. ¿Te robó? Me robó, me dejó hipotecado hasta las cejas a los 27 años. ¿Y qué hiciste? Empecé de cero. Compré un edificio ruinoso en Lavapiés. Lo restauré yo mismo con dos albañiles.

Lo vendí al doble. Compré dos, después cuatro, después 20. Y ahora, ahora tengo 53 edificios en Madrid, 12 en Barcelona, ocho en Lisboa, una constructora propia, 340 empleados directos, 100 indirectos. Lucía lo miró largo rato. Eres rico, Sebas. Sí. ¿Cuánto, Lucía? ¿Cuánto? La revista Forbes me puso el año pasado en la lista de los 200 más ricos de España. Madre mía. Sí.

¿Y eres feliz? Sebastián tardó en contestar. Tengo lo que quería tener a los 17. Eso no es lo que te he preguntado. [música] Ya. Lucía no insistió. Bebió un sorbo de cerveza. Mi padre se murió hace dos años”, dijo Sebastián sin que ella lo preguntara. “De cáncer. Yo estaba en Frankfortando un contrato. No llegué al entierro.

Sebas, lo enterraron mi hermana y mi madre. Yo aterricé al día siguiente. Llegué directo al cementerio. Le llevé flores a una tumba que ya estaba cerrada. Lo siento mucho. Mi madre no me habla desde entonces. Nada, nada. Hace dos años que no me coge el teléfono. Lucía alargó la mano por encima de la mesa, la puso sobre la suya. Lo siento. Ahora tú.

Lucía respiró hondo, apartó la mano, cogió la cerveza, la dejó otra vez sin beber. Yo también tuve beca. ETS arquitectura. ¿Te acuerdas que iba a ser arquitecta? Me acuerdo perfectamente, pues llegué hasta cuarto cuarto [música] curso. Iba bien, iba muy bien, de hecho. Y [carraspeo] y a mi padre le diagnosticaron esclerosis múltiple. Al principio no era grave, después fue grave.

Mi madre se había ido cuando yo tenía 14. Ya lo sabes, no había nadie más. Sebastián asintió. [música] Dejé la carrera. Pensé que era un año. Lo cuidé tres. Después se murió. Y la abuela Pilar. Lucía sonrió, pero los ojos se le llenaron. La abuela Pilar se murió el año antes que mi padre. Se la llevó un infarto en la cocina. Yo la encontré.

Lucía. Cuando se murió mi padre, me quedé sola, sin carrera, sin trabajo, sin familia, con la casa de Vallecas a mi nombre y una hipoteca que él había pedido para los tratamientos. ¿Y por qué no volviste a estudiar? Porque no tenía dinero. Empecé a trabajar de cajera en un supermercado en Móstoles. A los pocos meses conocí a Aníbal.

Aníbal. Aníbal Roca, agente de seguros, decía encantador. Me llevaba flores cuando salía del turno. Me ayudó con los papeles de la hipoteca. Me hizo sentir que ya no estaba sola. ¿Te casaste con él? Me casé con él a los 7 meses. Demasiado rápido. Pero entonces necesitaba creer que algo bueno me podía pasar. Sebastián esperó.

Resultó [música] que no era agente de seguros, era estafador profesional. Llevaba años haciéndolo. Buscaba mujeres en mi situación, solas, con propiedades a su nombre, [música] vulnerables. Hijo de Cuando se vino a vivir conmigo, aprovechó para refinanciar la hipoteca, sacar otro préstamo a mi nombre y vaciar las dos cuentas que yo tenía. Después desapareció.

¿Cuánto te dejó debiendo? 73,000 € y la casa embargada. Sebastián cerró los ojos un segundo. ¿Lo denunciaste? Lo denuncié, pero no me sirvió de nada. La policía me dijo que era el cuarto caso parecido que sabían de él, que estaba en busca y captura desde hacía años y que lo más probable es que ya no estuviera en España.

¿Sigues debiendo dinero? 32,000 € La hipoteca, lo que queda. Pago 400 al mes, me quedan otros 9 años. Sebastián se pasó la mano por la cara. Lucía, no, Sebas, no hagas eso. ¿El qué? Esa cara. La cara de pena. No la quiero. No es cara de pena. ¿Y qué es? Es cara de rabia. por ti. Ella apartó la mirada. Pues guárdatela. Yo ya me cansé de tener rabia hace mucho. Comieron los calamares casi en silencio.

Sebastián la observó. La forma de el tenedor con los dedos un poco torpes por la artrosis temprana. La forma de masticar despacio. La forma de mirar el plato como si comer fuera un trámite. ¿Sigues dibujando? preguntó. Ella levantó la vista sorprendida. ¿Por qué me preguntas eso? Porque me acuerdo de los cuadernos.

Dibujabas casas todo el rato. Lucía dudó. Se mordió el labio. Después se agachó y sacó de la mochila un cuaderno de tapas duras [música] gastado. Esto lo llevo siempre encima, no sé por qué. lo abrió sobre la mesa. Sebastián se inclinó. Eran planos, detallados, limpios. Una fachada con balcones de hierro, un patio interior con una rampa en lugar de escaleras, un banco bajo un árbol, un huerto pequeño en una esquina.

¿Qué es esto? El bloque donde crecí. El de la abuela Pilar. Lo reconozco. [música] Yo siempre soñé con remodelarlo. Mi padre, [música] cuando ya no podía bajar las escaleras, no salía nunca. Quería hacerle una rampa, plantar algo para que él pudiera bajar al sol. ¿Lo terminaste? [música] Lo terminé. Cco días antes de que se muriera. ¿Lo vio él? Los ojos de Lucía se llenaron.

Sí, le encantó. me dijo que cuando se pusiera bueno lo íbamos a hacer. Murió tres días [música] después. Sebastián tragó saliva, pasó las páginas del cuaderno con cuidado. Había más planos. una estación de metro reformada, una biblioteca en un solar abandonado, un centro de día para mayores y al final un proyecto entero a lápiz [música] con anotaciones en los márgenes.

Un edificio del siglo XVI en la calle Tribulete, Lavapiés. Sebastián se quedó muy quieto. Lucía, dime, este edificio, el de lavapiés. ¿Qué pasa? ¿Por qué lo dibujaste? Porque era mi proyecto fin de carrera. Un trabajo de teoría. Tenía que rehabilitar un edificio histórico real [música] en un barrio popular. Elegí ese. ¿Cuándo? Hace 12 años. Cuando dejé la carrera, lo guardé sin entregar. Sebastián cerró el cuaderno despacio.

Se pasó la mano por la cara. Lucía. ¿Qué te [música] pasa? Ese edificio es mío. Ella levantó la cara. ¿Cómo? Lo compré hace dos años. La calle Tribulete número 11, lavapiés. Lo voy a restaurar entero. Estoy buscando un equipo. Lucía se quedó muda. Pasaron 10 segundos largos. Ninguno de los dos dijo nada. No puede ser, murmuró Lucía. No puede ser, Sebas.

Es ese. Es imposible. Es ese edificio. Lucía abrió otra vez el cuaderno, buscó la página, la [música] señaló. Mira, la fachada tiene esa moldura partida en la segunda planta. El patio tiene la cisterna del siglo XIX en el centro. La escalera principal hace una curva rara aquí. Sí, todo eso está exactamente igual. Es ese edificio.

Es ese. Lucía cerró los ojos, apretó los párpados muy fuerte. Cuando los [música] abrió, los tenía mojados. Sebas, dime, esto no es casualidad. No, esto no puede ser casualidad. No, Lucía, no lo es. Ella se llevó las manos a la cara, no lloró, solo se quedó así, tapándose, respirando despacio. Sebastián esperó. Cuando ella bajó las manos, le habló en voz baja. Tengo una propuesta.

Sebas, no. Escúchame antes. Sé lo que vas a decirme. Escúchame. Ella asintió. Ese edificio lo voy a restaurar en 3 años. Vivienda social en la mitad, oficinas de fundaciones culturales en la otra mitad, patio interior abierto a la calle. Lo está diseñando ahora un estudio de arquitectura [música] caro de Madrid y los planos que han hecho son correctos, pero son fríos, no tienen alma y y necesito una directora de proyecto, alguien que entienda de arquitectura, pero también de barrio, de la gente que va a vivir ahí. Sebas, yo no soy arquitecta,

dejé la carrera en cuarto. Te quedan dos cursos. Dos cursos que no puedo pagar. Yo los pago. No, Lucía, no, Sebas. Eso es caridad. No quiero caridad. No es caridad. [música] Es un sueldo. Trabajas para mí. diriges el proyecto y los dos años que te quedan los haces en horario nocturno o como prefieras con una becana de la empresa, como hacemos con cualquier becario.

No soy ninguna becaria, no lo eres. Por eso te ofrezco 42,000 € brutos al año de partida. Más del doble del convenio para Arquitectos Junior. Lucía se quedó muy quieta. ¿Por qué? dijo [música] en voz muy baja. Porque tienes el talento, porque tienes la sensibilidad y porque ese cuaderno que llevas en la mochila demuestra que el edificio que yo voy a restaurar lo soñaste tú primero hace 12 años sin saberlo.

Esto no es por mí, esto es por tu conciencia, es por las dos cosas. ¿Qué tiene de malo? Lucía cerró el cuaderno, lo guardó en la mochila. miró la [música] pared. Tengo 32,000 € de deuda. ¿Sabes lo que es eso? Aunque ganara lo que dices, tardaría años en quitármela. Y mientras tanto, vivo en Madrid, que allí no puedo pagar ni una habitación con lo que me queda al mes.

La deuda se la compro yo al banco, se la quito de en medio. Tú me la devuelves a mí sin intereses, descontada del sueldo. 100 € al mes durante el tiempo que tarde. Eso es caridad. Eso es un préstamo entre amigos. No somos amigos. No hace 22 años que no somos amigos. Sebastián se quedó callado un segundo. Yo nunca dejé de serlo. Lucía bajó la cara.

Le temblaron los hombros una vez, después otra. Después se tapó los ojos con las manos. Sebastián no se movió. Esperó. Cuando ella volvió a hablar, fue a través de las manos. Tengo miedo, Sebas. ¿De qué? De fallar, de que llegue a Madrid, intente volver a estudiar y mi cabeza ya no dé. Tengo 38 años, he pasado seis sirviendo cafés.

Y si ya no soy capaz, lo eres. ¿Cómo lo sabes? Porque la mujer que dibujó ese plano del patio para que su padre tomara el sol es la misma de hace 22 años. Solo está cansada. Lucía bajó las manos. Tenía la cara mojada y los ojos rojos. Lo miró de frente. ¿Hay otra cosa, Sebas? Dime, Aníbal.

¿Qué pasa con Aníbal? La policía me dijo hace tres meses que lo habían visto en Madrid, que probablemente está volviendo a operar en la zona. Si yo vuelvo allí, ¿te tiene miedo? Yo le tengo miedo a él. ¿Por qué? Porque cuando se fue me amenazó. Me dijo que si lo denunciaba volvería. Yo lo denuncié y él no volvió. Pero ahora si me ve en Madrid en una empresa visible con un sueldo bueno. Lucía, ¿qué? Yo tengo abogados, tengo seguridad, tengo medios.

[música] A ti no te va a tocar nadie. Eso no me lo puedes prometer. Sí, te lo puedo prometer. Ella lo miró largo rato. Necesito pensarlo. Tómate el tiempo que quieras. Una noche te contesto mañana. Mañana. Pidieron la cuenta. Sebastián insistió en pagar. Lucía no peleó esta vez. Salieron al fresco de la noche. El cielo de Yuncos estaba más estrellado de lo que Sebastián recordaba que pudiera estar [música] un cielo. Te acompaño a casa. No hace falta.

Te acompaño. Caminaron en silencio por las calles vacías. Un perro ladró a lo lejos. Una persiana metálica bajó con estruendo en alguna parte. Lucía vivía en una habitación encima de una mercería. subía por una escalera exterior estrecha. Se paró al pie de la escalera. [música] Sebas, dime si te digo que si mañana, ¿cuándo empieza esto? Cuando tú quieras.

La semana que viene, dentro de un mes, cuando estés lista. Tres semanas. Tres semanas perfectas. Ella subió dos escalones, se paró otra vez. La grúa al final vino. La grúa vino a las 7. Le dije que se fuera y la pedí para mañana. Voy a dormir en el hostal de la entrada del pueblo. Hay un hostal mejor en Ilescas.

Me quedo en el de Yuncos. Lucía sonrió por primera vez en horas. Una sonrisa de verdad. Buenas noches, Sebas. Buenas noches, Lucía. Subió. Antes de meterse se giró otra vez. Sebas, dime. Gracias por buscar el café en este mesón de entre [música] todos los mesones del mundo. Cerró la puerta. Esa noche en el hostal, Sebastián no durmió.

A las 2 de la mañana llamó a Andrea. Andrea, son las 2. Lo sé. Perdona. ¿Qué pasa, jefe? Mañana llamas al banco, al departamento de recuperación de impagados. Quiero comprar una deuda personal. 32,000 € Te paso los datos por correo. Vale. Y otra cosa, dígame. Quiero que mañana mismo Mario, el jefe de seguridad, me prepere un dossier sobre un tipo. Aníbal Roca. Estafador.

Está en busca y captura. Quiero saber dónde está, qué hace y con quién opera. Es para algo que tenga [música] que saber, señor. Es para protegerla a ella, Andrea. A ella, a Lucía Marchena. Entendido, [música] señor. Otra cosa más. Dígame. Llama a Eva, a su hermana, a mi hermana. Dile que necesito hablar con mi madre. ¿Qué es importante? que se trata de Vallecas.

Andrea se quedó callada un segundo. ¿Está usted [música] seguro, señor? Estoy seguro. Lucía tampoco durmió. Pasó la noche sentada en la cama con el cuaderno abierto sobre las rodillas. Pasó las páginas una a una. La fachada de los 22 años. La estación de metro reformada. El centro cultural de lavapiés que jamás llegó a entregar.

A las 5 se levantó, hizo café, sacó de un cajón una vieja foto. Ella y Sebas con 12 años en el patio de Vallecas, sentados en el bordillo comiendo pipas. La abuela Pilar al fondo regando un gerneo. Se acordó de la voz de la abuela. Los que se olvidan de donde vienen se pierden. Los que se acuerdan llegan.

A las 6 marcó al teléfono que Sebastián le había dejado escrito en una servilleta. Sebastián contestó al primer tono, “Sí, soy yo. He decidido. Dime. Sí.” Sebastián cerró los ojos. ¿Estás segura? Estoy muerta de miedo. Pero estoy segura. Pues bienvenida al equipo. Lucía se ríó. Una risa rota.

No me hagas llorar a las 6 de la mañana, Sebas. No te hago llorar, te hago volver. Las tres semanas siguientes pasaron rápido y despacio al mismo tiempo. Lucía habló con Don Cipriano. El dueño la escuchó con los brazos cruzados. Cuando ella terminó, soltó una risa corta. ¿Te vas a Madrid? ¿Tú a trabajar de qué? De arquitecta. [música] No me hagas reír. Tú no eres arquitecta, eres camarera. Y de las regulares.

Lucía no contestó. Y si te va mal. siguió Cipriano. Vuelves aquí porque te aviso el puesto no te lo guardo. No le pido que me lo guarde. Eres una desagradecida marchena después de todo lo que hemos hecho por ti, don Cipriano, dime, lo único que ha hecho usted por mí en 6 años es descontarme del sueldo y gritarme delante de los clientes.

La que me ha dado de comer ha sido su madre. Cipriano abrió la boca para contestar. La cerró. Lucía se quitó el delantal por última vez, lo dobló en cuatro, lo dejó sobre la barra. Doña Aurora la abrazó en la puerta de la cocina. Si las cosas se tuercen, hija, [música] tu cuarto sigue aquí y mi cuchillo también. Lucía se ríó entre lágrimas.

Gracias, doña Aurora. [música] No me des las gracias. Vete y rómpelo todo. Marisol fue a despedirla a la parada del autobús. Llevaba al niño en el carrito. Toma. Le metió un sobre en la mano. La colecta de [música] este mes. Marisol. No, ya no la necesito. La necesitas para los primeros días en Madrid. Acéptala, Marisol. Te he dicho que la aceptes.

Lucía aceptó. Cuando seas la jefa de no sé qué, dijo Marisol, te vienes [música] al pueblo a tomarte una caña con la cajera del día. Cuando sea la jefa de no sé qué, te traigo la caña a casa. Se abrazaron fuerte. El autobús arrancó. Lucía vio a Marisol y al niño hacerse pequeños por la ventana de atrás.

Sebastián tenía un piso preparado para ella en Lavapiés a tres calles del edificio. Un alquiler de la propia empresa con el primer mes pagado. Esto te lo descuento del sueldo le dijo cuando le entregó las llaves. No es regalo, es contrato. Vale, dijo Lucía. Eso me sirve.

El día que Lucía se mudó a Madrid, Sebastián fue a recogerla a la estación de autobuses de Méndez Álvaro. Apareció el mismo sin chóer. ¿Vienes tú?, preguntó Lucía cuando lo vio. Vengo yo. ¿No tienes una empresa que dirigir? La empresa puede esperar dos horas. Sebas, ¿qué? No me trates como a una princesa, por favor.

No te trato como a una princesa, te trato como a alguien que llega a una ciudad después de 6 años fuera. ¿Cuál es tu maleta? Las dos rojas. Esas dos. En serio, ¿qué tienen, Lucía? Pesan menos que mi maletín de [música] portátil. Es lo que tengo, Sebas. Sebastián cogió las dos maletas, cargó con ellas hasta el coche. ¿Tienes hambre? No. Sed. No. Cansancio.

Sebas, estoy bien. Miedo. Ella lo miró. Sí, vale. Eso lo aceptamos. Subieron al coche. Sebastián condujo despacio por la M30. Lucía miraba por la ventana con cara de no reconocer la ciudad. Ha cambiado mucho, dijo. Sí, Vallecas también. Vallecas también, pero menos. Mi bloque sigue, sigue.

Tupi solo vendieron a una familia ecuatoriana hace 4 años. ¿Cómo lo sabes? Sebastián tardó en contestar. Porque lo seguí. Lo seguiste? [música] No te lo iba a decir, Sebas. Cuando murió tu [música] padre, intenté localizarte. Llamé al bloque. Me dijeron que la hija se había ido, que la habían embargado. Pregunté a tres vecinos. Nadie sabía dónde había ido.

En serio, en serio, te busqué dos meses. Después se me cruzó un proyecto en Lisboa y se me fue de la cabeza. Lo siento. Lucía no contestó durante un rato largo. ¿Por qué me buscaste? [música] Porque me había enterado de lo de tu padre por casualidad, por mi madre. Y me sentí culpable. ¿De qué? De no haber ido al entierro.

de no haber estado. Sebas, yo no esperaba que estuvieras ya, pero yo sí esperaba estar. Lucía apartó la mirada, se le saltó una lágrima. Se la limpió con el dorso de la mano antes de que él la viera. El primer día en la oficina, Lucía llegó con el cuaderno bajo el brazo. Andrea, la asistente de Sebastián, la llevó a un despacho pequeño con vista al patio interior. El señor Vidal dice que esto [música] es tuyo a partir de hoy.

Gracias. Si necesitas cualquier cosa, marca el dos en la línea interna. Andrea, dime cómo es trabajar para él. Andrea se lo pensó. exigente, pero justo y de los pocos jefes que conozco que se acuerda del nombre del hijo de la limpiadora. Vale. Pero no todo fue fácil. A los tres días, Lucía estaba en una reunión con el equipo del proyecto.

Cinco arquitectos del estudio Caro de Madrid, trajes, carpetas [música] con planos, caras de no entender que hacía esa mujer sin currículum sentada en la cabecera de la mesa. El jefe del estudio, un talastan Re, llevaba 20 minutos hablando sin parar. presentaba la propuesta cerrar el patio, convertirlo en un atrio de cristal climatizado, vivienda de lujo arriba, cafetería gourmet abajo, 250,000 € más de presupuesto que el plan original.

Cuando terminó, [música] miró a Lucía. ¿Alguna duda, señorita Marchena? Una. Dígame. ¿Han preguntado alguno de los vecinos del barrio? Esteban Reicher Río. Señorita Marchena, los vecinos del barrio no son los clientes de este edificio. Sí lo son. La mitad va a ser vivienda social, vivienda asequible. No es lo mismo. No es lo mismo. Vivienda asequible quiere decir alquileres por debajo del mercado.

Para profesionales jóvenes, estudiantes de máster, eso no para gente del barrio. Lucía miró a Sebastián que estaba al fondo de la sala. Sebastián no dijo nada. Disculpe, [música] dijo Lucía. Yo entendí que el proyecto era vivienda social para gente que no podía [música] permitirse pagar Madrid. ¿Es eso o no es eso? Es vivienda asequible, [música] señorita.

Llamémoslo como queramos. Para gente del barrio o no. Señorita, es una pregunta muy simple, señor [música] Reig. ¿Sí o no? Esteban Reig miró a Sebastián. Don Sebastián, ¿de verdad va a permitir que esto sea conducido por por mi directora de proyecto? Sí, dijo Sebastián. Conteste a la pregunta. No es vivienda social, señor. Pues va a hacerlo. Dijo Sebastián.

100% social para vecinos del barrio. Renta limitada al 30% del salario mínimo. Eso es ruinoso económicamente. Eso es mi dinero. Esteban Re cerró la carpeta de golpe. Don Sebastián, con todo respeto, mi estudio no se ha presentado a este proyecto para hacer beneficencia. Si va a cambiar las reglas, replantearé los honorarios. Replanteelos. O renunciaré.

Renuncie. Silencio absoluto en la sala. Esteban Re se levantó. Mañana le mando el escrito de renuncia. Hoy. Mándemelo hoy. El arquitecto salió sin despedirse. Los otros cuatro se levantaron detrás. Cuando se cerró la puerta, [música] Lucía miró a Sebastián. Sebas, ¿qué acabas de echar al estudio de arquitectura más caro de Madrid? Sí.

¿Y ahora qué? Ahora lo diriges tú con dos arquitectos [música] junior que voy a contratar mañana y con Manolo, mi jefe de obra de toda la vida. Vamos a hacer el proyecto que tú [música] dibujaste hace 12 años. Lucía se quedó muda. ¿Qué pasa?, preguntó él. Nada, que estoy intentando no llorar en una sala de reuniones.

Llora si quieres. Yo no se lo cuento a nadie. Lucía no lloró. Se levantó, le dio la mano a Sebastián por encima de la mesa. Empezamos [música] mañana. Pero la semana siguiente apareció Aníbal. Lucía salía del piso de Lavapies a las 8:30 de la mañana. Iba a la oficina caminando por la calle Tribulete como cada día.

Lo vio en una esquina apoyado en un coche, fumando, más viejo, con menos pelo, pero era él. Lucía se quedó parada. Aníbal sonrió. Hola, Lucy. ¿Qué haces aquí? Nada. Pasaba. Vete. Un café. Solo un café por los viejos tiempos. Vete o llamo a la policía. Lucy, no seas así. Lucía sacó el teléfono del bolso. No marcó al 112, marcó al dos. Andrea, dime. Estoy en la calle Tribulete con embajadores.

Aníbal está aquí. Andrea no preguntó nada. Cortó. Lucía guardó el teléfono, se quedó mirando a Aníbal sin moverse. “¿Has llamado a tu jefe?”, se ríó él. “¿Crees que me da miedo un constructor? No he llamado a mi jefe.” “¿Y a quién has llamado? Vas a verlo.” A los 90 segundos, dos coches negros frenaron en la esquina.

Bajaron tres hombres de traje. Mario, el jefe de seguridad de la empresa de Sebastián, fue directo a Aníbal. Le mostró una identificación. Buenos días, Mario Castaño. Equipo de seguridad de Vidal Aragón. Esta señora me ha llamado. ¿Algún problema? No, [música] ninguno”, dijo Aníbal retrocediendo un paso.

“¿Está usted molestando a la señora?” “No, mire, voy a ser muy claro. Tenemos un dossier sobre usted de 47 páginas. Sabemos dónde duerme, sabemos con quién opera, sabemos en qué coche se mueve y tenemos contacto directo con la Brigada de Delincuencia Económica de la Policía Nacional que lleva años buscándolo. Aníbal palideció. Yo no. Si vuelve a acercarse a esta señora a menos de 500 m, le entregamos el dosier mañana a la policía y le aseguro que después de leerlo le caerán entre 6 y 9 años en Soto del Real.

¿Me ha entendido? ¿Entendido? Váyase. Aníbal se fue caminando rápido hacia la boca de metro de lavapiés. Mario se giró hacia Lucía. “Señora Marchena, ¿está usted [música] bien?” Estoy bien. Si vuelve a aparecer, llámeme directamente. Le voy a dar mi número. Gracias. No me las [música] dé. Es mi trabajo. Mario y los otros dos se fueron en los coches negros. Lucía se quedó sola en la esquina. Le temblaban las piernas.

Se apoyó en la pared un momento. Después siguió caminando hacia la oficina. Cuando llegó, Sebastián estaba esperándola en la puerta. ¿Estás bien? Estoy bien. Mario me ha llamado. Ya, Lucía. ¿Qué? Lo siento. ¿Por qué? Por no haber estado yo allí. Lucía sonrió a medias. Sebas, has estado. Lo que pasa es que esta vez no has llegado tarde.

Esa misma mañana, Sebastián la hizo subir a su despacho. Cerró la puerta, sirvió dos cafés. Siéntate. ¿Qué pasa? Tenemos que hablar, Sebas. No quiero hablar de Aníbal otra vez. Ya pasó. No es de Aníbal. ¿De qué entonces? de ti, de mí, de cómo estás. Lucía se cruzó de brazos. Estoy bien. No estás bien, Sebas. Llevas tres semanas durmiendo 4 horas.

Lo sé porque Andrea ha visto el horario al que entras y al que sales. Llevas tres semanas sin pisar la cafetería para comer y llevas tres semanas con la mandíbula apretada cada vez que entras en una sala de reuniones. Estoy adaptándome. Estás aterrorizada. ¿Y qué quieres que haga? ¿Que confíes en mí? Confío en ti. No lo bastante.

[música] Lucía bajó la mirada. Sebas. Llevo 6 años sin que nadie confíe en mí. Yo tampoco confío en nadie ni en mí [música] misma. ¿Cómo quieres que cambie eso en tres semanas? No te pido que cambie en tres semanas. Te pido que me dejes ayudarte a que cambie con el tiempo. ¿Cómo? Para empezar, vas a salir de aquí a las 6 hoy y todos los días.

Las horas extra están prohibidas para ti hasta nuevo aviso, Sebas. Eso es una tontería. Hay trabajo. El trabajo se hace en horario. Lo que no quepa no cabe. Pero el proyecto, el proyecto es [música] mío, Lucía. Yo decido el ritmo y el ritmo es salir a las 6. Ella se río sin ganas. Me estás obligando a descansar. Te estoy obligando a no romperte.

¿Qué es distinto? Vale. Y otra cosa, dime, ¿vas a comer fuera una vez por semana? ¿Conmigo o con Andrea o con quien quieras del equipo? Pero fuera. No, en el despacho. Sebas, Lucía. Vale. Y la última, ¿cuál? El sábado vamos a Vallecas con mi madre, tú y yo. ¿A qué? A pasear por el barrio, a enseñarte el bloque, a comernos un bocadillo de calamares en la plaza vieja.

Lucía lo miró largo rato. ¿Por qué haces esto, Sebas? Sebastián tardó en contestar, “Porque cuando teníamos 15 años me prometiste que íbamos a abrir una librería juntos. con sillones de saco y paredes con dibujos de niños del barrio. Me acuerdo, pues estoy intentando que algún día abramos esa librería, aunque sea 40 años tarde. Lucía sonrió. Idiota. Idiota.

Esa tarde Sebastián recibió una llamada que no esperaba. Sí, Sebastián se quedó muy quieto. Mamá. Me ha llamado tu hermana. Me ha dicho que querías hablar conmigo de Vallecas. Sí. ¿Qué pasa con Vallecas? Mamá, ¿te acuerdas de Lucía Marchena, la hija de don Joaquín? Silencio largo. Me acuerdo. La he encontrado.

¿Dónde? Servía cafés en un mesón de carretera cerca de Toledo. Su padre se murió. La estafó un tipo, lo perdió todo. Madre mía, la he traído a Madrid, le he dado trabajo. Va a dirigir el proyecto de lavapiés. Más silencio. Sebastián, dime, mamá, ven a comer el domingo y tráela. Mamá, te he dicho que vengas y que la traigas.

Vale. Y trae también a tu hermana. Vale, hijo, dime. Tu padre habría hecho lo mismo. Sebastián se quedó callado un rato largo. Gracias, mamá. No me des las gracias. Ven el [música] domingo. El domingo Lucía y Sebastián fueron juntos a Vallecas. La madre de Sebastián, doña Pilar Aragón, vivía todavía en el mismo bloque donde habían crecido.

Les abrió la [música] puerta una mujer de 70 años con el pelo blanco recogido en un moño bajo. Miró a Lucía. Madre mía, la misma cara que tu padre. Lucía se echó a llorar antes de cruzar el umbral. Doña Pilar la abrazó en el rellano sin decir nada más. Pasaron al salón. Eva, la hermana de Sebastián, estaba poniendo la mesa. “Hola, Lucía”, dijo Eva.

“¿Te acuerdas [música] de mí?” “Eras pequeña. Ibas a primero cuando nosotros íbamos a octavo. Ahora tengo 42 años y tres hijos. Madre mía. y soy juez de menores en Móstoles. En serio, en serio, Eva era la lista de la familia, dijo Sebastián. Era y es, contestó Eva. Doña Pilar trajo una sopera grande de la cocina. Cocido, como siempre, como siempre, [música] repitió Sebastián. Se sentaron. Doña Pilar sirvió a Lucía la primera.

Come, hija, estás demasiado delgada. Don Cipriano, no me daba mucho tiempo para comer. Don Cipriano es un sinvergüenza, dijo Eva. Os lo digo como juez, pero su madre cocinaba bien, dijo Lucía. Eso ya es otra cosa. Comieron sopa, después garbanzos con verduras, después la [música] carne. Eva se río recordando cosas.

Sebastián le quitaba a Lucía los huesos de la pringáa. Doña Pilar la observaba desde su sitio sin decir mucho. Lucía, dijo doña Pilar de pronto. Dígame, doña Pilar. Llámame [música] Pilar. Sin doña Pilar. Tu padre te dejó la chaqueta de pana. Lucía levantó la vista. La verde. La verde. Sí, la tengo todavía.

[música] ¿La usas? La uso para dormir cuando hace frío. Doña Pilar asintió despacio. Tu padre me regaló esa chaqueta hace 40 años. Cuando murió mi marido. Yo me la puse un invierno entero. Después se la devolví. Le dije que prefería que se la quedara él porque le daba calor. Él no me la quiso devolver. me dijo, “Esta chaqueta vuelve cuando alguien la necesite más que yo.” Lucía dejó el tenedor.

No lo [música] sabía. No tenías por qué saberlo. Pero esa chaqueta lleva en tu casa 40 años y tu padre la cuidó y tú la sigues cuidando. Sí, esa chaqueta es lo que somos las personas del bloque, [música] Lucía. Nos pasamos las cosas, las que dan calor. Sebastián miró a su madre. Eva también. Las dos sonreían.

Lucía se limpió los ojos con la servilleta. Pilar, dime, gracias. No me des las gracias. Cómete la carne. Después de comer, doña Pilar le dijo a Lucía, “Ven al patio conmigo. Quiero enseñarte una cosa.” Bajaron al patio de luces, el mismo patio que Lucía había dibujado. Doña Pilar señaló una pared. Esto lo pintó tu padre. Cuando todavía podía.

nos pintó la pared a todos los vecinos un verano para que el patio no estuviera tan oscuro. Lucía se acercó en la pared, debajo de capas y capas de polvo y humedad, todavía se veían los restos de un dibujo, un sol grande, unas flores y una firma pequeña. J Marchena, 1998. Lucía pasó la mano por encima. No sabía que esto estaba aquí.

[música] Tu padre lo pintó cuando tú estudiabas selectividad. Decía que quería que la gente del bloque tuviera un poco de sol, aunque no diera el sol. Lucía no contestó. No [música] podía. Doña Pilar le puso la mano en el hombro. Hija, lo que vas a hacer en Lavapiés lo has dibujado tú. Sí. Con la rampa, el huerto, el banco. Sí.

Entonces, estás haciendo lo que tu padre haría. Estás dándole sol a la gente que no tiene sol. Lucía asintió llorando en silencio. 6 meses después, la [música] primera fase de la obra del edificio de la vapie se inauguró. El patio se abrió a la calle. Los vecinos del barrio empezaron a entrar a curiosear.

Una abuela se sentó en el banco bajo el olmo joven y pidió que la dejaran toda [música] la tarde. Vino el alcalde de distrito. Vinieron tres periódicos. Vino doña Aurora en autobús desde Yuncos con un taper de croquetas tan grande que tuvo que pedir una bolsa extra al chóer. Vino Marisol con el niño. Vino doña Pilar Aragón del brazo de Eva. Lucía habló 2s minutos.

dijo poco. Dio las gracias al equipo, dio las gracias al barrio. No mencionó a Sebastián. Después, cuando la gente se fue dispersando, se acercó a él, que estaba apartado junto a la puerta. ¿Por qué no me has nombrado? Porque no era el día. Lucía, esto lo has hecho tú, Sebas. Yo solo te he ofrecido la herramienta.

La herramienta era yo. Tú me habías enseñado a usarla hace 22 años. Sebastián se ríó. Eres terrible. Soy justa. Esa misma tarde en el piso pequeño de Lavapiés llegó un paquete. Lucía lo abrió. Era un tocadiscos antiguo y una caja entera de vinilos. Sabina, los primeros discos. Machín y en el fondo un cassette con una etiqueta a [música] mano.

Abuela Pilar, 1995 cantando. Lo encontró tu prima Marga. Te lo he pasado a vinilo. Es Lucía se sentó en el suelo, encendió [música] el tocadiscos, puso primero el vinilo de la abuela. La voz le salió por los altavoces. Vieja, rota, cariñosa, cantaba la hija de Juan Simón.

Lucía cerró los ojos, se acordó del balcón de Vallecas, de los geranios, de Sebas con 12 años, sentado a su lado en el bordillo comiendo [música] pipas de su padre asomado a la ventana llamándola para cenar. Cuando terminó la canción, levantó el cuaderno del suelo, lo abrió por una página en blanco, escribió la fecha y debajo. Hoy se inauguró el patio. La abuela del banco se llamaba Encarna.

Tenía [música] 84 años. Mañana empezamos la fachada. cerró el cuaderno. A los 2 años el edificio de Lavapiés estaba terminado. 32 viviendas sociales, 12 oficinas para fundaciones culturales, un patio abierto al barrio, una rampa donde antes hubo escaleras, un huerto pequeño en una esquina, un banco bajo un Olmo ya crecido. La revista Arquitectura Viva le dedicó una portada.

El titular decía el edificio que devolvió un barrio a sus vecinos. Firmaba el proyecto Lucía Marchena, arquitecta titulada, directora de proyectos del grupo inmobiliario Vidal Aragón. Aníbal Roca fue detenido en Algecida 6 meses después de haberse cruzado con Lucía en la calle Tribulete. Lo cogieron intentando salir hacia Marruecos.

Le cayeron 7 años. Cumplía condena en el penal de Botafuegos. Don Cipriano cerró el mesón la encina. Al año siguiente, doña Aurora se mudó con una sobrina a Toledo. Marisol seguía siendo cajera, [música] pero ahora era encargada del turno de tarde.

La madre de Sebastián, doña Pilar Aragón, comió con su hijo todos los domingos hasta el final de su vida. A los domingos también iba Lucía y a veces Eva y a veces los hijos de Eva. La mesa ya no era de cuatro. era de seis o de siete. Sebastián siguió siendo el segundo más rico de su sector, no el primero. Le faltaron 10 millones para hacerlo porque el proyecto de laapiés costó más de lo presupuestado y porque Lucía lo convenció de hacer otros dos parecidos en Tetuán y en Carabanchel.

Nunca le importó. ¿Qué opinas sobre esta historia? ¿Crees que Sebastián hizo lo correcto al jugarse millones del proyecto para hacer vivienda realmente social? ¿O piensas que debió mantener el plan original más rentable?

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