La Mujer Que Secuestró El Ocaso De Un Presidente Mexicano
El pulso del anciano era débil, apenas un murmullo bajo la tela fina de su camisa. El silencio de la mansión pesaba como plomo. Unos pasos resonaron en el pasillo y el hombre, que alguna vez gobernó a millones, cerró los ojos con fuerza. Sus manos temblaron. No era el frío de Cuajimalpa lo que le congelaba los huesos. La perilla de la puerta giró despacio. La respiración en la habitación se cortó. El depredador acababa de entrar a su territorio. No hubo gritos, solo una oscuridad inminente y la certeza absoluta de que nadie, ni siquiera el Estado, vendría a rescatarlo.
Antes de las mansiones, de los reflectores y de los pasillos del poder, la historia de esta depredadora se forjó en las cenizas. El 20 de enero de 1946, en Bari, Italia, una ciudad que aún exhalaba el olor penetrante de la muerte y los escombros de la Segunda Guerra Mundial, nació Alexandra Aćimović Popović. Sus padres no eran simples inmigrantes; eran el remanente desesperado de una aristocracia balcánica. Provenían de Montenegro, de una estirpe con tierras, apellido y fortuna, que fue borrada de la faz de la tierra cuando las botas del Tercer Reich marcharon sobre Yugoslavia.
La masacre de su sangre no fue un cuento de cuna, fue su primera escuela. Alexandra creció escuchando los ecos de tíos, primos y abuelos que desaparecieron en los trenes hacia los campos de concentración. Esa niña asimiló una lección brutal: estar viva era un accidente estadístico. Ese instinto de supervivencia, crudo y amoral, se convirtió en el motor de su existencia. No había espacio para la debilidad cuando tu familia ha sido convertida en humo.
El hambre de la Italia de posguerra empujó a su padre a una decisión radical. En julio de 1946, con Alexandra apenas siendo una bebé, cruzaron el Atlántico huyendo hacia Argentina. No desembarcaron en un palacio, sino en el árido paisaje de Mendoza. La tragedia, puntual y despiadada, volvió a golpear: el padre de Alexandra falleció prematuramente. Su madre, viuda y a la deriva en un continente extraño, hizo lo necesario para subsistir, casándose con un acaudalado empresario argentino. La familia se trasladó a Buenos Aires, donde Alexandra, una niña observadora y silenciosa, forjó su credo definitivo: el que se adapta sobrevive, y el que se adapta más rápido, domina. Esta frialdad emocional la preparó para convertirse en la arquitecta de una de las tomas de poder más asombrosas y crueles en la historia moderna de México.
La Argentina de finales de los años sesenta era un polvorín de inestabilidad política y cierres universitarios, frustrando los sueños de Alexandra de ser periodista. Pero en 1969, con veintitrés años, el destino le arrojó un salvavidas. Un productor mexicano, cautivado por una fotografía, le ofreció un vuelo a la Ciudad de México. Subió a ese avión sin conexiones, sin entender los códigos de un país complejo y estratificado, pero con la determinación de una fiera acorralada.
En México, su belleza eslava sobre una piel mediterránea era una rareza exótica. Durante una cena, Blanca Estela Limón, cazatalentos de la época, le ofreció un papel en Un sueño de amor. Pero el nombre Alexandra Aćimović Popović era un obstáculo comercial. Como un homenaje a su familia masacrada, la joven creó su propia armadura: Sasha (diminutivo de Alejandra) y Montenegro. Así nació el mito.
Sasha no era la ingenua debutante. A pesar de sus reticencias iniciales para hacer cine de “ficheras”, en 1975, el director Miguel M. Delgado y el productor Guillermo Calderón la convencieron de protagonizar Bellas de noche. Le ofrecieron dinero, mucho dinero, por apenas treinta segundos de desnudo en la pantalla. Sasha, recordando las carencias del exilio y sabiendo que en la industria el que no factura desaparece, aceptó. Esa decisión la catapultó a un estrellato masivo, convirtiéndola en la reina indiscutible del cine de ficheras. Sus películas llenaban las salas, pero ella aborrecía cada minuto de ese trabajo. Lo despreciaba profundamente, considerándolo denigrante, pero continuó firmando contratos. Su cuenta bancaria crecía, su fama era imparable y su carácter se endurecía, forjando a la mujer fría y calculadora que aguardaba, agazapada, la llegada del poder absoluto.
El punto de inflexión que fracturó la historia política y social de México ocurrió en la primavera de 1984, bajo el sol abrasador y el aroma a incienso de Sevilla, España. Sasha Montenegro, en la cima de su carrera a sus treinta y ocho años, aprovechaba una pausa de su gira teatral para perderse en la Semana Santa. Mientras caminaba por las calles empedradas, una voz con acento mexicano gritó su nombre por encima del murmullo de las procesiones.
Al girarse, Sasha se topó de frente con José López Portillo. El hombre de sesenta y dos años no era un turista común; era el expresidente de México, el hombre que había gobernado de 1976 a 1982 y que había sumido al país en una de las peores crisis económicas de su historia. López Portillo estaba casado con Carmen Romano y tenía tres hijos. Según la versión de Sasha, el encuentro fue una casualidad cósmica. Sin embargo, en sus memorias Umbrales, el expresidente insinuaría que el encuentro fue cuidadosamente orquestado.
Sea cual fuere la verdad inicial, la conexión fue inmediata. Sasha no buscaba romance; su instinto entrenado detectó el olor metálico del poder absoluto. “No fue amor a primera vista”, confesaría después con una frialdad glacial. “Pero el señor era impactante, un conquistador nato”. La relación floreció en la sombra de Roma, lejos de la prensa mexicana y de la legítima esposa que aguardaba en la capital. Sasha Montenegro, la vedette que odiaba desnudarse, había encontrado finalmente el papel estelar por el que había esperado toda su vida: la amante del monarca caído.
Mientras Sasha y el expresidente paseaban por Europa, en México, Carmen Romano vivía el epílogo de un matrimonio que había sido una farsa desde los años setenta. Carmen era una mujer culta, pianista y ex primera dama que había aprendido a soportar las infidelidades de su marido con estoicismo, tocando el piano en su mansión para silenciar el dolor. Pero la irrupción de Sasha Montenegro fue diferente. No se trataba de una discreta secretaria; era el ícono sexual del país, una figura pública que humillaba la dignidad de la primera esposa con cada portada de revista.
La audacia de Sasha rompió cualquier código no escrito. En 1985, producto de esta relación paralela, Sasha tuvo una hija, Nabila. Dos años más tarde, en 1987, nació Alexander. “Lo hablamos como pareja”, declararía Sasha años después, demostrando un cinismo espeluznante. Mientras Carmen Romano seguía siendo la esposa legal ante la ley y la Iglesia, López Portillo planeaba una nueva familia con su amante.
La estocada final, sin embargo, no fue biológica, sino patrimonial. En 1993, dos años antes de una boda civil secreta y mientras Carmen Romano agonizaba lentamente, el expresidente firmó un documento de donación. Le entregó a Sasha Montenegro una parte sustancial de “La Colina del Perro”, el monumental complejo de mansiones construido en Cuajimalpa con dinero público. Esta donación, ejecutada bajo las sombras, despojó a los hijos legítimos de su herencia y ató el destino de López Portillo a la voluntad implacable de la mujer que acababa de adueñarse de su imperio.
“La Colina del Perro” no era una simple residencia; era un monumento a la corrupción, un complejo de cuatro mansiones, biblioteca, gimnasio y observatorio, levantado en medio del colapso económico del país. Este fue el escenario donde José López Portillo, tras sufrir un devastador infarto cerebral en 1999 que mermó su capacidad física y cognitiva, quedó atrapado. A sus casi ochenta años, el expresidente se convirtió en un prisionero en su propio palacio, a merced de la mujer que legalmente ya era dueña de todo.
Los hijos del primer matrimonio comenzaron a notar el aislamiento. Las llamadas eran desviadas, las visitas restringidas, y cuando lograban ver a su padre, encontraban a un anciano encogido que enmudecía de terror ante la presencia de Sasha. Pero fue Margarita López Portillo, hermana mayor del exmandatario, quien descubrió la magnitud del horror. Durante una visita inesperada, Margarita acarició el brazo de su hermano. Él retrocedió con un respingo de dolor. Al arremangarle la camisa, Margarita encontró una constelación de moretones en forma de dedos, marcas de una violencia sistemática y repetida.
La confirmación vino del propio médico personal del expresidente. Acorralado en el pasillo por Margarita, el galeno confesó, aterrorizado, que los maltratos tenían meses. Reveló que Sasha le quitaba los medicamentos cuando se enfurecía, que apagaba las luces de la inmensa mansión dejando al anciano solo y aterrorizado en la oscuridad. El hombre que alguna vez controló el destino de una nación vivía con el pánico constante de morir asfixiado en su propia casa, silenciado por el miedo a la furia de su esposa.
La revelación de Margarita desató una guerra abierta. Los hijos de Carmen Romano se organizaron para rescatar a su padre y recuperar el patrimonio. Pero subestimaron la astucia maquiavélica de Sasha Montenegro. Antes de que la familia pudiera articular su golpe legal, Sasha ejecutó una maniobra maestra: la publicación de una “Carta Abierta” en los principales medios de México en 1999.
El texto, firmado por López Portillo, era una defensa lírica y encendida de su esposa, donde se autoproclamaba un “viejo enamorado” y tildaba las acusaciones de maltrato de un escándalo infundado. La carta pacificó a la opinión pública, pintando a los hijos como herederos resentidos y a Sasha como una mártir incomprendida. Pero la trampa era evidente para quienes conocían el estado clínico del expresidente. Los neurólogos habían dictaminado que López Portillo carecía de la capacidad cognitiva para redactar prosa compleja. Esa carta, un escudo legal invaluable, fue dictada por abogados, y al anciano solo le exigieron un garabato al final de la página.
Esta artimaña le compró a Sasha cuatro años cruciales de control absoluto sobre su esposo y su herencia. Cuatro años de un litigio feroz que culminó cuando, en un acto desesperado, la familia logró que López Portillo firmara una demanda de divorcio en 2003, acusando a Sasha de maltrato físico y despojo. A pesar de que los jueces de primera y segunda instancia fallaron a favor de la disolución del vínculo, Sasha llevó el caso a la instancia federal. Allí, con una frialdad devastadora, utilizó la misma carta abierta de 1999 para argumentar que el expresidente no estaba en sus cabales cuando firmó el divorcio. Los magistrados fallaron a favor de Sasha; el matrimonio no se anuló, la herencia se mantuvo intacta y la familia legítima fue derrotada por el mismo sistema que su padre ayudó a construir.
En febrero de 2004, José López Portillo agonizaba. La colina del perro, esa fortaleza blindada, se convirtió en su lecho de muerte. En las horas previas a su fallecimiento, el expresidente, incapaz de comunicarse con claridad, balbuceaba el nombre de su primera esposa, Carmen Romano, mientras cerraba los ojos cada vez que Sasha irrumpía en la habitación. A las 3:15 de la madrugada del 17 de febrero, el anciano exhaló por última vez. Lo espeluznante no fue su muerte, sino la dilatación calculada: la ambulancia fue llamada una hora y veintisiete minutos después. Noventa minutos de un vacío insondable en el que Sasha estuvo sola con el cadáver de su esposo, tiempo suficiente para blindar su posición antes de que los peritos y la familia legítima pudieran intervenir.
Sasha Montenegro emergió del funeral como la viuda oficial, amparada por las leyes y dueña de una pensión vitalicia monumental de casi 1.7 millones de pesos anuales, pagada con los impuestos de un pueblo al que despreciaba en silencio. Se retiró a Cuernavaca, alejada del escrutinio público, mientras los vestigios de la colina del perro eran vendidos y demolidos para dar paso a fraccionamientos de lujo. El imperio de corrupción se deshizo en polvo, y con él, el eco de los maltratos de un anciano cautivo.
Pero la impunidad tiene su propia caducidad. En 2022, el gobierno mexicano decretó la cancelación de las pensiones presidenciales, cortando de tajo el flujo millonario que sostenía a Sasha. Poco después, en 2023, recibió el diagnóstico lapidario: cáncer de pulmón en etapa avanzada. La mujer que había cimentado su vida trepando sobre los restos de su propia familia masacrada, sobre el matrimonio de otra mujer y sobre la senilidad de un hombre poderoso, se enfrentaba ahora a un enemigo que no entendía de litigios ni de cartas abiertas. El 14 de febrero de 2024, paradójicamente el Día del Amor, Sasha Montenegro murió completamente sola. Su cuerpo, devastado por la enfermedad, se apagó tres días antes del vigésimo aniversario de la muerte del hombre al que secuestró en vida, una simetría oscura que sugiere que, al final, el universo siempre presenta la cuenta a quienes construyen su existencia sobre el dolor de los demás.
