El oscuro secreto detrás del matrimonio arreglado: Ella creía haber sido entregada a un monstruo, hasta que descubrió el verdadero motivo de su compra – PARTE 1

El eco ensordecedor del pestillo de roble al cerrarse selló de forma definitiva su destino dentro de aquella inmensa habitación. Laura se quedó completamente inmóvil, temblando bajo el encaje desgarrado de su vestido de novia, mientras una silueta imponente emergía lentamente de las sombras más densas del lugar.

Christian Fontana, el espectro más temido del inframundo de Chicago, avanzó con pasos calculados, fijando en ella una mirada fría que helaba la sangre. —¿Ningún hombre te ha tocado jamás?— preguntó en un susurro ronco que cortó la pesadez del ambiente; lo que ocurrirá a continuación destrozará cada una de las verdades que ella creía conocer.

Capítulo I: La moneda de cambio en el nido de los lobos

La tormenta azotaba con una violencia implacable los enormes ventanales de piso a techo de la mansión Fontana, una imponente estructura gótica que se erguía sobre los acantilados del lago Michigan. Cada relámpago iluminaba de manera intermitente el majestuoso dormitorio principal, proyectando largas sombras alargadas sobre las alfombras persas y los muebles de caoba oscura.

En el centro de este escenario desolador se encontraba Laura Rossi, quien a partir de esa trágica noche cargaría con el apellido Fontana. A sus veinticuatro años, se sabía un peón indefenso en un tablero de ajedrez controlado por hombres desalmados y despiadados.

Su propio padre, el renombrado senador Marcus Rossi, la había vendido sin el menor remordimiento bajo la sofisticada fachada de una alianza matrimonial de alta alcurnia. Oficialmente, la prensa de la ciudad hablaría de una unión estratégica entre la influencia política del gobierno y el capital financiero más importante de la región.

Sin embargo, detrás de las sonrisas fingidas y las copas de champaña cara, Laura conocía la turbia realidad de la transacción. Ella era la divisa física, el pago directo de una deuda de cincuenta millones de dólares que su padre había acumulado secretamente con el sindicato criminal de Chicago.

Con los dedos entumecidos por el pánico, la joven se aferró al delicado encaje roto de su exclusivo vestido de novia Vera Wang. La lujosa tela blanca, que en algún momento representó una ilusión juvenil, ahora se sentía pesada y sofocante, idéntica a un sudario confeccionado a la medida de su desgracia.

Laura había pasado toda su existencia recluida en una jaula de oro, transitando por los salones de las escuelas de modales más prestigiosas del país, organizando galas benéficas y sonriendo en los eventos de recaudación de fondos de su progenitor. Había sido minuciosamente protegida y mantenida pura, no por amor, sino para asegurar que algún día pudiera ser intercambiada por el máximo beneficio político posible.

A pesar de conocer las ambiciones de su familia, la joven jamás llegó a imaginar que el comprador final de su libertad sería un hombre con la reputación de Christian Fontana. El sonido metálico de la cerradura principal volviéndose a activar resonó en el silencio del dormitorio como un disparo de advertencia.

El corazón de Laura comenzó a martillar de forma frenética contra sus costillas, asemejándose al aleteo desesperado de un ave atrapada en una red de cazadores. Retrocedió con pasos torpes y vacilantes por la alfombra hasta que la rigidez de su columna impactó directamente contra la piedra fría que cubría la chimenea de la habitación.

Capítulo II: Un santuario cubierto de sombras

Christian Fontana ingresó al dormitorio con una parsimonia que solo incrementaba el terror de la joven. A pesar de haber alcanzado los sesenta años de edad, seguía poseyendo la figura sumamente imponente y atlética de un hombre que se mantenía en la cúspide del poder.

No compartía el aspecto decadente y abotargado de los políticos corruptos con los que Laura estaba acostumbrada a interactuar en las recepciones oficiales de su padre. Al contrario, Christian parecía haber sido tallado a partir de granito puro y violencia contenida, manteniendo una postura rígida y disciplinada.

Su cabello plateado se encontraba perfectamente peinado hacia atrás, combinando a la perfección con un traje de sastre gris carbón que se amoldaba a su cuerpo como una armadura medieval moderna. El hombre emanaba la perturbadora aura de aquellos líderes que deciden quién vive y quién muere en la ciudad antes de tomar el primer café de la mañana.

En lugar de abalanzarse sobre ella de manera violenta para reclamar su supuesta propiedad, Christian caminó con tranquilidad hacia una mesa lateral de madera fina. El silencio que se instaló en el espacio se volvió espeso, casi asfixiante, devorando cualquier rastro de aire limpio.

Con un movimiento pausado de su mano derecha, tomó una licorera de cristal tallado y vertió dos dedos de un líquido ámbar en un vaso corto. El tintineo del cristal al chocar contra la madera resonó en las paredes de la habitación con la solemnidad del mazo de un juez dictando una sentencia de cadena perpetua.

El capo de la mafia se giró despacio, sosteniendo el vaso con firmeza, y finalmente fijó sus ojos en la joven que permanecía arrinconada junto a la chimenea. Sus pupilas, del color exacto de un cielo invernal proceloso, se clavaron en la mirada desorbitada de Laura Rossi.

Para sorpresa de la joven, el hombre no la observaba con la lascivia hambrienta y depredadora que ella había aprendido a detectar en los ojos de los colegas políticos de su padre. El escrutinio de Christian era analítico, profundamente clínico, impregnado de una emoción indescifrable que oscilaba entre el disgusto absoluto y una extraña forma de piedad.

Christian dio un paso lento hacia el frente, haciendo crujir la madera debajo de la alfombra. Laura se encogió sobre sí misma, mientras un sollozo ahogado e involuntario escapaba de sus labios temblorosos.

El líder criminal se detuvo al notar la reacción de pánico de la joven; sus ojos descendieron hacia las manos de ella, que se aferraban a la seda blanca del vestido como si fuera un escudo inútil contra el mundo exterior. Ladeó ligeramente la cabeza, manteniendo su semblante completamente indescifrable ante la escena.

—¿Ningún hombre te ha tocado jamás?— inquirió nuevamente, transformando su voz en un retumbo sordo de baja frecuencia que pareció vibrar directamente a través de las maderas del suelo.

Las lágrimas comenzaron a brotar calientes y veloces por las mejillas cubiertas de maquillaje de Laura. Las leyendas urbanas en torno a la crueldad de Christian Fontana eran conocidas por todos los habitantes de Chicago y se encontraban empapadas de sangre ajena.

Se decía en las calles que era el jefe máximo de la comisión, un individuo despiadado que solía arrojar a los traidores a los peces del lago y que disfrutaba quemando imperios enteros hasta los cimientos. En su mente aterrorizada, Laura comenzó a proyectar los peores horrores imaginables para su primera noche en la mansión, esperando el violento reclamo físico de su nuevo dueño.

—Por favor— imploró con la voz completamente quebrada por el llanto, deslizándose de espaldas contra la piedra de la chimenea hasta caer de rodillas sobre la alfombra. —Por favor, haré todo lo que me pidas, lo que sea… Solo te pido que no me lastimes. Lamento mucho que mi padre no haya podido pagar el dinero… de verdad lo lamento—.

Capítulo III: Las verdaderas intenciones del monstruo

Christian Fontana permaneció completamente estático en el centro de la habitación durante un prolongado y denso minuto. Luego, el imponente hombre dejó escapar un suspiro pesado y cargado de una fatiga profunda, un sonido que parecía arrastrar consigo el peso de décadas de batallas y cansancio acumulado.

Caminó hacia la chimenea y depositó con suavidad el vaso de licor sobre la repisa de madera, justo al lado de donde Laura se encontraba acurrucada. Levantó uno de sus brazos y la joven se encogió de hombros instintivamente, cerrando los ojos con fuerza para recibir el impacto de un golpe o el dolor de un agarre violento.

Sin embargo, las manos toscas y callosas de Christian no buscaron su piel. En su lugar, el hombre sujetó la gruesa colcha de terciopelo que colgaba perfectamente extendida sobre el borde de la inmensa cama matrimonial.

Con un movimiento rápido de sus muñecas, desplegó la pesada tela sobre los hombros temblorosos de Laura, envolviéndola por completo en un capullo de calor protector. La joven abrió los ojos, parpadeando con incredulidad a través del velo de sus lágrimas, paralizada por una confusión absoluta ante el gesto.

—Tu padre es un cobarde y un cerdo, Laura— sentenció Christian con un tono de voz desprovisto de cualquier rastro de malicia o lascivia, dejando únicamente espacio para una verdad dura y tajante. —Vendió a su única hija a un hombre al que él considera un monstruo despiadado, todo con el único propósito de salvar su propia e infame piel—.

Laura guardó silencio, observando la figura del capo de la mafia mientras este le daba la espalda y comenzaba a caminar con tranquilidad hacia la puerta que conectaba el dormitorio con el vestidor contiguo.

—Soy consciente de que soy muchas cosas malas en esta vida— continuó Christian, deteniéndose justo en el umbral de la habitación contigua para mirarla de reojo por encima del hombro. —Soy un criminal confeso, soy un asesino de hombres que verdaderamente merecían la muerte, pero no soy un salvaje indeseable que toma por la fuerza a niñas aterrorizadas—.

El hombre hizo una breve pausa para asegurarse de que sus palabras penetraran en la mente de la joven antes de dar las últimas indicaciones de la noche. —Asegura el cerrojo de la puerta principal desde el interior una vez que me retire; hay comida caliente debajo de la bandeja de plata que está sobre el escritorio. No serás molestada por nadie en toda la noche; mañana temprano discutiremos las reglas específicas de esta propiedad. Buena noche, señora Fontana—.

La puerta se cerró con un chasquido suave y sutil, devolviendo la inmensidad del silencio a la habitación principal. Laura se quedó sentada sobre el suelo alfombrado, envuelta fuertemente en la cobija de terciopelo mientras asimilaba lo ocurrido.

El supuesto monstruo de la ciudad se había retirado por su propio pie sin ponerle una sola mano encima, pero al hacerlo, la había introducido en un misterio mucho más profundo y peligroso de lo que jamás habría alcanzado a concebir en sus peores pesadillas.

En una situación tan extrema, la mayoría de las personas habrían intentado escapar por la ventana a la primera oportunidad, pero Laura decidió quedarse y entender el misterio. ¿Tú habrías permanecido dentro de la mansión del capo de la mafia?

Con el paso de los días, las semanas comenzaron a transformarse en un mes completo de reclusión voluntaria. La imponente propiedad de los Fontana comenzó a revelarse ante los ojos de Laura no como una mazmorra medieval de castigo, sino como un santuario fuertemente blindado y protegido del exterior.

La joven recibió autorización para recorrer con total libertad las diferentes instalaciones de la mansión, incluyendo su inmensa biblioteca de dos pisos, los jardines perfectamente diseñados y el invernadero de cristal interior. La única restricción real e inquebrantable de la propiedad se encontraba en la enorme reja de hierro forjado de la entrada principal, la cual permanecía vigilada las veinticuatro horas del día por hombres armados con trajes oscuros.

Rara vez coincidía con Christian en las áreas comunes de la casa. El hombre solía abandonar la propiedad mucho antes del amanecer y regresaba a altas horas de la noche, moviéndose por los pasillos como un fantasma silencioso al que sus propios pensamientos atormentaban.

Cuando sus caminos llegaban a cruzarse, habitualmente en el inmenso y resonante comedor principal, las interacciones entre ambos eran sumamente breves, educadas y de una formalidad exasperante. Él se limitaba a indagar sobre su comodidad en la casa, y ella respondía con asentimientos silenciosos y corteses.

Existía una especie de tratado de paz implícito y no verbalizado entre los dos habitantes de la propiedad. Christian le garantizaba a ella una seguridad absoluta frente al mundo exterior, y a cambio, Laura le otorgaba la ilusión ante los medios y los socios comerciales de poseer una hermosa esposa de la alta sociedad.

Capítulo IV: Las ambiciones del heredero

Sin embargo, Laura no era una joven común; era la hija de uno de los políticos más hábiles del estado. Había sido educada minuciosamente en el arte de la observación minuciosa y entrenada desde su infancia para interpretar los sutiles cambios en las corrientes de poder dentro de las habitaciones llenas de gente influyente.

Con esa disciplina en mente, comenzó a estudiar el comportamiento de los diferentes hombres de confianza que orbitaban constantemente alrededor de su nuevo esposo. El individuo más prominente y activo dentro de la organización criminal era David Vane, el segundo al mando dentro de la estructura de Christian.

David era un hombre que promediaba los treinta y ocho años de edad, dueño de una labia impecable, una presencia agresivamente atractiva y una ambición desmedida que resultaba evidente para cualquiera. Mientras que Christian portaba su inmenso poder como si fuera una capa pesada y solemne de responsabilidad, David lo lucía con la ligereza de un arma cargada y lista para ser disparada en cualquier momento.

Una tarde de martes, mientras Laura se encontraba concentrada leyendo una novela en una de las sillas del invernadero de cristal, David ingresó al espacio sin tomarse la molestia de tocar la puerta. El ambiente del lugar se volvió denso y pesado de forma instantánea ante su sola presencia.

—Señora Fontana— pronunció David con un tono de voz que pretendía ser seductor, mientras sus ojos recorrían el sencillo vestido de verano de la joven de una manera que le causó una profunda repulsión en la piel. Era una mirada cargada de un falso sentido de propiedad, un escrutinio lascivo que Christian jamás se había atrevido a dirigirle. —Veo que pasa el tiempo leyendo sobre un mundo exterior que ya no puede tocar—.

—Toco todo lo que deseo, David— replicó Laura con una notable frialdad, marcando la página de su libro con cuidado antes de ponerse de pie de manera pausada. Se rehusaba rotundamente a mostrar el menor rastro de debilidad ante ese hombre. —Es solo que prefiero mil veces la compañía de los buenos libros antes que la presencia de las serpientes de jardín—.

La sonrisa burlona de David no llegó a reflejarse en la frialdad de sus ojos ante la respuesta de la joven. —Deberías tener mucho más cuidado, pequeño pájaro enjaulado. El viejo jefe está perdiendo de forma acelerada su control sobre los negocios de la ciudad; se ha vuelto blando con los años—.

El subalterno se aproximó un paso más, disminuyendo la distancia entre ambos de manera intimidante. —Se niega rotundamente a dar el paso hacia los nuevos mercados de la organización: la distribución de sustancias modernas y la extorsión digital, que es donde verdaderamente se encuentra el dinero real en la actualidad. Se aferra a su viejo concepto del honor como si fuera un escudo oxidado por el tiempo; cuando ese escudo termine de romperse en mil pedazos, vas a necesitar con urgencia un nuevo protector en esta casa—.

David bajó la voz hasta convertirla en un susurro amenazante que erizó los cabellos de Laura. —¿Y qué hay de tu querido padre? El senador Rossi sabe perfectamente hacia dónde está soplando el viento del poder en este momento; resulta ser un político sumamente pragmático cuando le conviene—.

El aliento de Laura se detuvo por completo en su garganta al escuchar la mención de su progenitor. Ella siempre había asumido de forma ingenua que su padre detestaba las actividades del sindicato criminal y que únicamente había accedido a negociar con ellos debido a una situación de extrema desesperación financiera.

Sin embargo, las palabras insidiosas de David insinuaban algo mucho más oscuro y complejo: la existencia de una sociedad activa, una conspiración criminal de la cual ella desconocía los detalles.

—Retírate de este lugar inmediatamente— resonó una voz firme y profunda que pareció rebotar contra las paredes de cristal del invernadero.

Christian Fontana se encontraba de pie bajo el umbral de la entrada principal, con su silueta perfectamente enmarcada por el intenso resplandor del sol de la tarde. No se vio en la necesidad de elevar el volumen de su voz, pero el peso específico de su sola presencia física hizo que los vidrios de la estructura parecieran vibrar por la tensión.

La postura arrogante y desafiante que David había mostrado segundos antes se desvaneció de golpe, adoptando de inmediato una actitud rígida y sumamente respetuosa ante su superior. —Jefe… solo estaba intentando hacerle un poco de compañía a la dama del hogar—.

—Ella no requiere ninguna clase de compañía que provenga de ti, David. Te espero en mi oficina principal de inmediato— sentenció Christian sin mover un solo músculo de su rostro.

Mientras David se retiraba con paso rápido del invernadero, Christian fijó su mirada en Laura por primera vez en todo el día. La joven pudo detectar de inmediato una pequeña fisura en la habitual máscara estoica del capo de la mafia: una sutil expresión de preocupación que surcaba sus facciones. El hombre lucía considerablemente más envejecido esa tarde, con las líneas de expresión alrededor de sus ojos marcadas de forma más profunda por el estrés.

Capítulo V: El verdadero monstruo de la historia

—No deberías entablar conversaciones con ese individuo bajo ninguna circunstancia, Laura— señaló Christian, adentrándose un poco más en la calidez del invernadero de cristal.

—David asegura que mi padre se encuentra directamente involucrado en los negocios turbios de la organización— exclamó Laura con la voz temblando por la indignación, exigiendo recibir la verdad de una vez por todas. —También aseguró que estás perdiendo de forma acelerada el control de la ciudad—.

Christian dejó escapar un largo suspiro de frustración, levantando una de sus manos para masajearse las sienes con cansancio. —Tu padre no es la víctima que tú crees, Laura; es un parásito de la peor calaña. Se dedicaba a lavar inmensas cantidades de dinero para una organización rival de la nuestra: el cartel de los Jiménez. Debido a su mala administración, perdió cincuenta millones de dólares pertenecientes a esa peligrosa familia criminal—.

Laura sintió cómo la totalidad de la sangre abandonaba su rostro de un segundo a otro, mientras las paredes del invernadero parecían comenzar a girar a su alrededor ante la revelación. —¿Qué estás diciendo?— alcanzó a murmurar en un hilo de voz.

—Esos hombres de la frontera tenían la firme intención de asesinarlo de forma violenta para cobrar la afrenta, y planeaban llevarte a ti directamente a un burdel clandestino en Ciudad Juárez para recuperar el dinero perdido a través de tu explotación— continuó Christian con una voz carente de emociones, revelando la crudeza de la realidad.

La joven se vio en la necesidad de aferrarse con fuerza al respaldo de una silla de mimbre cercana para evitar que sus piernas cedieran y colapsar directamente sobre el suelo del invernadero. La versión de los hechos que había construido sobre su propia vida se hizo pedazos en ese instante; su padre no la había entregado a la mafia para pagar una deuda de honor, sino que la había sacrificado para intentar cubrir las consecuencias de sus propios crímenes de traición.

—Yo decidí intervenir en la situación de forma directa— explicó Christian con calma. —Pagué la totalidad de la deuda financiera con el cartel de los Jiménez utilizando mis propios fondos para comprar la vida de tu padre, y posteriormente te traje conmigo a esta mansión. La única forma legal y respetada en el inframundo para que esa organización se retirara de forma definitiva era si tú te volvías completamente intocable ante sus ojos, lo cual solo se lograba si te convertías en una Fontana… en mi esposa legítima—.

—¿Por qué preferiste ocultarme todo esto durante este tiempo?— susurró ella, sintiendo que un nudo de lágrimas ahogaba sus cuerdas vocales.

—Porque considero que cualquier joven en este mundo necesita mantener la creencia de que su propio padre la ama de verdad— respondió Christian con una insólita suavidad en su tono de voz. —Y también porque sabía que requerías tener un enemigo claro en esta casa para mantener encendido tu fuego interno y tu voluntad de luchar. Poseo hombros lo suficientemente anchos como para cargar con tu odio legítimo, Laura; lo que verdaderamente no habría podido soportar de ninguna manera era presenciar cómo se quebraba por completo tu espíritu—.

En ese preciso instante, la imagen del temible e implacable jefe de la mafia de Chicago pareció disolverse por completo ante los ojos de la joven, revelando en su lugar la figura de un hombre profundamente agotado y dueño de un estricto código moral que se encargaba de contener una marea de suciedad ajena. Laura observó detenidamente al individuo al que tanto había temido durante semanas y, por primera vez desde que ingresó a esa propiedad, sintió cómo una lealtad feroz y ardiente comenzaba a encenderse en lo profundo de su pecho.

Esta revelación modificó por completo el eje del universo de Laura Fontana. Dejó de ocultarse de forma cobarde en los rincones de la inmensa biblioteca y comenzó a prestar una atención minuciosa a cada uno de los movimientos que ocurrían dentro de la propiedad.

Comenzó a compartir cenas a altas horas de la noche junto a Christian en el comedor de la mansión, realizando preguntas sumamente agudas sobre el funcionamiento del sindicato, la administración de los libros contables y el estado de las diferentes alianzas comerciales de la ciudad. Para su propia sorpresa, Christian respondía a cada una de sus inquietudes con total honestidad, reconociendo en ella la mente analítica y brillante que su propio padre biológico había decidido ignorar durante toda su vida.

—David está coordinando un movimiento directo para derrocarte de la organización, Christian— afirmó Laura una noche con total seguridad, mientras ambos revisaban un mapa detallado con las diferentes zonas de control de la ciudad de Chicago. —Se dedica a desviar importantes sumas de dinero de los fondos de los sindicatos de la construcción para enviarlas directamente a cuentas bancarias secretas en el extranjero; logré detectar las discrepancias financieras en los registros semanales que dejaste sobre el escritorio—.

Christian la observó fijamente durante unos segundos, permitiendo que una sonrisa genuina apareciera en la comisura de sus labios. —Posees una mente sumamente peligrosa y brillante, Laura. Tienes toda la razón en tus sospechas: David se está moviendo en mi contra, y lamentablemente ha decidido aliarse de forma directa con tu padre en esta aventura criminal—.

El capo se puso de pie para servirse un poco de agua antes de continuar con la explicación. —El senador Rossi está utilizando la totalidad de su influencia legislativa en el congreso para retirar paulatinamente la presencia policial de los distritos portuarios de la ciudad, facilitando que la facción rebelde liderada por David pueda ingresar cargamentos masivos de sustancias ilícitas a la región; un negocio que he prohibido de forma estricta dentro de mi organización durante los últimos cuarenta años—.

—Si ya tienes conocimiento de toda esta traición, ¿cuál es el motivo para permitir que sigan con vida?— cuestionó ella de forma directa, manteniendo su voz completamente firme.

—Porque en el peligroso entorno en el que me desenvuelvo, uno nunca se toma la molestia de cortar la cabeza de la serpiente hasta que no se tiene la certeza absoluta de saber en qué lugar se encuentra oculto el resto del cuerpo— argumentó Christian con frialdad. —Si procedo a eliminar a David en este preciso momento, los diferentes mandos que le guardan lealtad dentro de la estructura van a fragmentar la organización y la ciudad entera terminará ardiendo en una guerra interna. Me encuentro esperando pacientemente el momento exacto en que decida cometer un error irreparable—.

Capítulo VI: La emboscada en la noche húmeda

El error definitivo de David se materializó apenas tres noches después del incidente en la mansión. Se celebraba la gala benéfica anual de la fundación St. Jude en un prestigioso centro de eventos de la ciudad, un acontecimiento al que Christian y Laura decidieron asistir juntos para proyectar una imagen de absoluta elegancia y control.

Laura lucía un vestido de gala confeccionado en seda verde esmeralda, caminando con una postura erguida y segura por el salón, manteniendo su brazo firmemente entrelazado con el de Christian. Había dejado de ser de una vez por todas la joven cautiva y asustada del pasado; ahora se comportaba con la dignidad de una Fontana.

Al finalizar el evento social, la pareja se dispuso a abandonar las instalaciones del recinto, caminando bajo la humedad de la noche de Chicago en dirección a la limusina blindada de la organización que los esperaba junto a la acera. De forma repentina e inesperada, las luminarias de la vía pública parpadearon un par de veces y se apagaron por completo, sumiendo la calle en la oscuridad.

—¡Al suelo ahora mismo!— rugió Christian con una potencia descomunal, empujando de forma violenta a Laura para protegerla detrás de una robusta jardinera de concreto armado del lugar.

En ese mismo instante, el estruendo ensordecedor de múltiples armas automáticas comenzó a romper la tranquilidad de la noche, destrozando por completo los cristales de los vehículos cercanos y sembrando el caos. Los gritos de pánico de los demás asistentes de la gala comenzaron a resonar en todas direcciones mientras intentaban regresar al interior del recinto para salvar sus vidas.

Los guardaespaldas de confianza de Christian reaccionaron de inmediato, desenfundando sus armas de servicio para responder al fuego enemigo, el cual provenía de un vehículo SUV de color negro que se encontraba estacionado a mitad de la calle con los tiradores apostados en las ventanillas. Laura se cubrió los oídos con ambas manos, presionando su rostro con fuerza contra el suelo de concreto para evitar los fragmentos de vidrio que volaban por el aire.

Sintió un impacto pesado justo a su lado; Christian había logrado apoyar una de sus rodillas sobre el suelo para continuar disparando contra los atacantes utilizando una pistola compacta, manteniendo su rostro como una máscara de furia contenida. De pronto, el hombre dejó escapar un gemido de dolor ahogado y su cuerpo se proyectó hacia atrás sobre el pavimento.

—¡Christian!— gritó Laura con desesperación, arrastrándose rápidamente sobre el suelo para llegar hasta su posición. Una mancha densa de sangre oscura comenzaba a expandirse a gran velocidad sobre la tela blanca de su camisa de esmoquin.

—Me encuentro bien— siseó el capo de la mafia a través de sus dientes apretados por el dolor, a pesar de que la totalidad del color había abandonado su rostro debido a la herida. —El chofer principal ha sido eliminado en el ataque; requerimos movernos de esta posición de inmediato o nos van a rodear—.

El pánico amenazó con nublar el juicio de Laura por un breve segundo, pero la imagen mental del rostro arrogante de su padre apareció en sus pensamientos para devolverle la claridad. Esos hombres la querían indefensa y deseaban la muerte de Christian para tomar el control de todo.

—Entrégame las llaves del vehículo ahora mismo— demandó la joven con una firmeza insólita en su tono de voz.

Christian la observó por un instante con total desconcierto ante la petición. —Laura, ¿de qué estás hablando?—.

—¡Que me entregues las malditas llaves de una vez!— exclamó ella, elevando la voz por encima del estruendo continuo de las detonaciones de armas de fuego de la calle.

El hombre arrojó el llavero hacia su posición y Laura no vaciló ni un solo segundo en su accionar. Salió de la protección de la jardinera de concreto y corrió los metros que la separaban de la limusina que permanecía con el motor encendido a pesar de los impactos de bala en la carrocería.

Abrió de un tirón la puerta del conductor, empujando el cuerpo sin vida del chofer hacia el asiento del copiloto en medio de una intensa descarga de adrenalina, y se colocó rápidamente detrás del volante del enorme vehículo. —¡Sube ahora mismo!— gritó con todas sus fuerzas hacia el exterior.

El único guardaespaldas sobreviviente de la posición continuó disparando ráfagas de cobertura contra el vehículo enemigo, permitiendo que Christian pudiera avanzar a rastras hasta la puerta trasera de la limusina y arrojarse al interior del habitáculo de cuero. Laura colocó la palanca de cambios en posición de marcha y presionó el acelerador a fondo sin dudarlo.

El pesado vehículo blindado rugió con potencia, haciendo rechinar los neumáticos contra el asfalto mojado de la avenida principal. La joven condujo a través de las calles del centro de Chicago con una audacia tremenda, rozando los costados de los autos estacionados y pasándose los semáforos en rojo mientras su corazón mantenía un ritmo frenético.

No detuvo la marcha de la limusina hasta que ingresaron a las instalaciones de una casa de seguridad subterránea y altamente secreta que Christian había mencionado de forma casual durante una de sus conversaciones en el comedor. Cuando finalmente apagó el motor del vehículo, el silencio que se instaló en el garaje subterráneo resultó ensordecedor para ambos.

Laura pasó de inmediato al asiento posterior de la limusina; Christian se encontraba recostado contra los asientos de cuero, respirando con evidente dificultad mientras mantenía una de sus manos presionada sobre la herida del hombro. La joven arrancó con fuerza la banda de seda de su propio vestido esmeralda, moviéndose con una energía sumamente enfocada y precisa.

Presionó la tela con firmeza sobre la perforación para contener la hemorragia, tiñendo sus manos con la sangre del capo de la mafia. Christian levantó la mirada para observarla detenidamente en medio de su respiración agitada; contempló el costoso vestido de diseñador completamente arruinado, las manchas rojas en los dedos de la joven y el fuego inquebrantable que brillaba en sus pupilas.

—Decidiste no escapar de la situación— susurró el hombre en un hilo de voz.

—A partir de esa noche soy una Fontana, Christian— respondió ella con una ferocidad tremenda en sus palabras, sosteniéndole la mirada sin parpadear. —Y los miembros de esta familia no huyen ante los problemas—.

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