El oscuro secreto detrás de su deuda millonaria: Ella creía ser una carnada inútil, hasta que el hombre más temido de la ciudad rompió el contrato frente a sus ojos – PARTE 1

Penélope se quedó completamente paralizada en medio de la callejuela oscura, sintiendo cómo el frío de la lluvia torrencial empapaba su abrigo desgastado mientras el cañón helado de un revólver se hundía directamente en su abdomen.

El hombre que alguna vez le había jurado amor eterno la observaba ahora con una mirada desquiciada, dispuesto a jalar el gatillo para salvar su propia piel. Lo que este traidor ignoraba por completo era que, desde las sombras más densas del callejón, unos ojos azul hielo vigilaban cada uno de sus movimientos; una presencia letal que estaba a punto de desatar un auténtico infierno en la ciudad.

Capítulo I: El precio de una traición silenciosa

La tormenta caía en sábanas pesadas sobre el distrito de almacenes, transformando el pavimento iluminado por los temblorosos letreros de neón en un espejo resbaladizo, borroso y hostil. El agua golpeaba con una violencia rítmica los contenedores de metal, ahogando cualquier intento de sonido ordinario en aquella zona industrial abandonada por la mano de Dios.

Penélope Gallagher arrastró sus pasos cansados hacia la puerta trasera de la panadería donde acababa de terminar su extenuante segundo turno de trabajo diario. Con los dedos entumecidos por el frío de la medianoche, intentó acomodar el desgastado tejido de su viejo abrigo marrón alrededor de su cuerpo robusto, sintiendo cómo los escalofríos sacudían sus extremidades de forma incontrolable.

A sus veintiocho años de edad, Penélope se había acostumbrado por completo a navegar en un mundo social implacable que exigía de forma constante que las mujeres fueran pequeñas, silenciosas, sumisas y delicadas. Ella no poseía ninguna de esas características impuestas por las revistas de moda.

Era gorda; no de una manera sutil, aceptable o fácilmente digerible para la sociedad, sino una mujer unapologética y densamente gorda. Durante años, se había esforzado por enterrar su anatomía debajo de inmensos suéteres oscuros de lana y una actitud sumamente tímida, pidiendo disculpas implícitas con la mirada por el simple hecho de ocupar un espacio físico en el mundo.

La única persona que alguna vez la había hecho sentir que su existencia era suficiente y valiosa había sido Declan Reed. Declan, con su sonrisa encantadora de sastre y sus promesas eternas susurradas al oído durante las noches de invierno.

Declan, el hombre que le había propuesto matrimonio de rodillas un martes lluvioso cualquiera, convenciéndola de que debajo de sus profundas inseguridades corporales, ella era verdaderamente digna de ser amada y respetada por alguien. Todo aquello había resultado ser una absoluta mentira minuciosamente diseñada por un sociópata.

Declan jamás había sentido el menor rastro de amor por ella; lo que verdaderamente amaba era su historial crediticio impecable y su lealtad ciega y desesperada de mujer solitaria. Cuando el hombre desapareció misteriosamente de la ciudad tres semanas antes de la boda programada, no se limitó a dejar una nota de despedida sobre la mesa.

La abandonó a su suerte, habiendo robado su identidad legal y cargándola con una deuda financiera escalofriante de doscientos cincuenta mil dólares ante el sindicato criminal de la familia Ali, los prestamistas más peligrosos y sanguinarios de los suburbios. Esa noche de tormenta, la fecha límite para el cobro del dinero había expirado de forma definitiva.

—¿Te diriges a alguna parte importante, Penny?— resonó una voz grave, rasposa y cargada de una diversión sumamente retorcida desde la oscuridad de la esquina.

Penélope se congeló de inmediato en su sitio, sintiendo cómo el corazón comenzaba a martillarle con una fuerza brutal contra las costillas, idéntico al aleteo desesperado de un ave silvestre atrapada en una red de metal. Emergiendo lentamente de las sombras húmedas del callejón, aparecieron dos individuos de contextura imponente.

Uno de ellos era sumamente alto y ancho de hombros, portando una chaqueta de cuero desgastada; el otro era un sujeto fibroso con una profunda cicatriz que le cruzaba de lado a lado la mandíbula inferior. Eran los cobradores principales del sindicato de los Ali.

Capítulo II: La huida a través de la tormenta

—Yo… yo no tengo esa cantidad de dinero en mis manos— tartamudeó Penélope, dando un paso vacilante hacia atrás mientras la lluvia le pegaba el cabello oscuro a las mejillas. —Ya se los había explicado la semana pasada, Declan se lo llevó absolutamente todo cuando huyó. Ni siquiera tengo la menor idea de en qué parte del país se oculta en este momento—.

El sujeto de la mandíbula cicatrizada soltó una carcajada estridente, un sonido áspero y raspado que erizó los vellos de la joven. —Declan es un auténtico fantasma en las calles ahora mismo, dulzura. Sin embargo, tu firma legal es la que aparece estampada en la totalidad de los pagarés de la oficina—.

El delincuente se aproximó un paso más, permitiendo que sus ojos recorrieran la figura robusta de Penélope con un gesto de profundo y evidente asco corporal. —Es una verdadera lástima que no poseas los atributos físicos necesarios como para trabajar la deuda en alguno de los clubes nocturnos de nuestro jefe. Va a requerir una inmensa cantidad de trabajo pesado y mano de obra barata saldar un cuarto de millón de dólares, niña grande—.

Las lágrimas comenzaron a brotar calientes en los ojos de Penélope, una mezcla dolorosa de terror absoluto y una profunda humillación que le quemaba las entrañas. —Por favor— alcanzó a susurrar, mientras el frío del ambiente calaba sus huesos. —Puedo comprometerme a pagarles veinte dólares semanales, tal vez cincuenta… todo lo que logre juntar de mis turnos, solo les pido que me otorguen un poco más de tiempo—.

—El tiempo asignado se ha terminado de forma definitiva— gruñó el cobrador más robusto, abalanzándose de golpe hacia el frente.

Su inmensa mano callosa se cerró con fuerza alrededor del brazo de Penélope, ejerciendo una presión brutal que comenzó a generarle moretones en la piel de manera instantánea. En ese preciso segundo de dolor, una descarga de adrenalina pura y primitiva recorrió la totalidad del sistema nervioso de la joven.

Utilizando una fuerza física que ella misma desconocía que poseía en sus brazos, balanceó su pesado bolso de lona con violencia, impactando directamente el rostro del agresor con un golpe metálico y seco. Dentro del bolso transportaba su pesado termo de acero inoxidable que utilizaba para el café de la panadería.

El delincuente retrocedió tambaleándose mientras soltaba una maldición entre dientes, soltando el agarre de su brazo debido al impacto recibido. Penélope no lo pensó dos veces y comenzó a correr con todas sus fuerzas disponibles.

No tenía la menor idea de hacia qué dirección se estaba dirigiendo en medio de la penumbra de la noche. Sus pulmones comenzaron a arderle intensamente debido a la falta de oxígeno, y sus muslos se rozaban dolorosamente debajo de la falda empapada por el agua mientras corría a ciegas por el callejón de adoquines desiguales.

Detrás de su posición, el sonido rítmico y pesado de las botas militares de los dos cobradores azotando el pavimento indicaba que se encontraban a escasos metros de alcanzarla. Al doblar una esquina, una cálida luz de color ámbar apareció sobre la acera, proveniente de las puertas de cristal esmerilado de The Obsidian Room.

Aquel lugar era un exclusivo y sumamente lujoso club de fumadores de puros, un sitio sumamente notorio por albergar de forma habitual a la élite más turbia e influyente del poder de la ciudad. Era su única oportunidad de supervivencia.

Penélope arrojó la totalidad del peso de su cuerpo contra las pesadas puertas de madera de caoba del recinto, cayendo prácticamente de rodillas en el vestíbulo alfombrado y perfumado con un intenso aroma a tabaco caro y maderas finas. No se detuvo ante la mirada de asombro del recepcionista del podio principal.

Avanzó de forma desesperada por un pasillo revestido de terciopelo oscuro, buscando con la mirada una salida de emergencia trasera o un armario donde ocultarse del peligro. En su lugar, empujó con fuerza un par de pesadas puertas dobles y terminó irrumpiendo abruptamente en el centro de un lujoso salón privado completamente insonorizado.

Capítulo III: El santuario del soberano

El silencio absoluto que la recibió al entrar al lugar resultó verdaderamente ensordecedor. La habitación desbordaba opulencia por cada rincón, despidiendo un marcado olor a bourbon añejo y a fortuna antigua heredada.

Sentado en la cabecera de un inmenso sillón de cuero negro se encontraba un individuo cuya sola presencia física parecía absorber la totalidad del oxígeno disponible en el espacio. Vestía un traje gris carbón confeccionado a la medida que se amoldaba a una estructura corporal sumamente musculosa y rígida.

Su cabello oscuro mostraba unas elegantes hebras de plata prematura en la zona de las sienes, y sus ojos, de un azul hielo penetrante y calculador, se fijaron de inmediato en la intrusa. Se trataba de Alessandro Moretti, el líder indiscutido e implacable del sindicato criminal más poderoso de la región.

Cuatro guardaespaldas armados permanecían apostados en las esquinas del salón privado, y sus manos descendieron instintivamente hacia las fundas de sus armas en el preciso segundo en que la puerta fue derribada. —Yo… lo lamento tanto— alcanzó a articular Penélope, presionando una de sus manos contra su pecho mientras intentaba desesperadamente meter aire a sus pulmones exhaustos. —Por favor… me están persiguiendo y me van a asesinar en la calle—.

Antes de que Alessandro pudiera emitir una sola palabra desde su posición, las puertas se abrieron nuevamente con violencia a la espalda de la joven. Los dos cobradores del sindicato de los Ali ingresaron al salón privado completamente jadeantes y con los rostros enrojecidos por la furia de la persecución.

—Escúchame bien, maldita gorda…— comenzó a exclamar el cobrador de la cicatriz, pero las palabras se le murieron directamente en la garganta al levantar la vista.

Al registrar con precisión la identidad del hombre que se encontraba sentado al fondo del sillón de cuero, la totalidad del color abandonó su rostro de un segundo a otro, comenzando a temblar de forma visible. —Señor… Señor Moretti— tartamudeó con una voz sumamente aguda y temerosa. —Le ofrecemos nuestras más sinceras disculpas. De verdad no teníamos la menor idea de que este era su salón; solo nos encontrábamos recolectando a una simple infeliz de la calle—.

Alessandro ni siquiera se dignó a dirigirle la mirada a los dos intrusos; sus ojos azul hielo permanecieron fijos de manera obsesiva en la figura de Penélope. Analizó minuciosamente su estado empapado por el agua, el desorden de su cabello oscuro, el terror evidente en sus grandes ojos marrones y las curvas pronunciadas y suaves de su anatomía que temblaban debajo del abrigo arruinado.

También se percató del moretón de color rojizo que comenzaba a formarse de manera nítida en la piel pálida de su brazo, justo en la zona donde el delincuente la había sujetado previamente. —¿Una simple infeliz de la calle?— repitió Alessandro de forma pausada, modulando una voz sumamente profunda, tersa y cargada de un peligro letal y silencioso.

En una situación tan extrema, la sociedad le había enseñado a Penélope a disculparse por existir, pero en ese momento decidió mirar directo al monstruo. ¿Tú habrías pedido ayuda al mafioso más temido del lugar?

Penélope lo observó fijamente desde el suelo, sintiendo cómo las lágrimas finalmente comenzaban a correr por sus mejillas. El líder criminal extendió su brazo con total parsimonia hacia su vaso de cristal, tomó un sorbo medido de su bourbon y lo depositó nuevamente sobre la mesa de madera fina.

Se puso de pie con una lentitud calculada; era un hombre increíblemente alto y robusto que se movía con la gracia natural de un depredador de la selva. Caminó alrededor de la mesa y se detuvo exactamente frente a la joven que temblaba en el suelo.

Estaba tan sumamente cerca de ella que Penélope pudo percibir de inmediato el aroma a bergamota y tabaco costoso que emanaba de sus prendas. Alessandro desabotonó su saco de sastre, deslizándolo con suavidad de sus anchos hombros, y procedió a colocarlo sobre los hombros empapados de la joven.

La calidez del cuerpo del mafioso la envolvió de forma inmediata, deteniendo los escalofríos que la atormentaban. Posteriormente, Alessandro dirigió su mirada helada hacia los dos cobradores que permanecían inmóviles junto a la entrada del salón.

—Se han introducido a mi establecimiento privado, están manchando mis alfombras con el agua de sus botas y pretenden armar un escándalo por una insignificante deuda de un cuarto de millón de dólares— señaló Alessandro en un tono de voz sumamente bajo.

—Ella le debe ese dinero al señor Ali, señor— interrumpió temeroso el cobrador de la cicatriz. —Su prometido huyó de la ciudad dejándola como responsable legal de la deuda—.

—No me interesa en lo absoluto la historia de sus finanzas— interrumpió Alessandro, haciendo que la temperatura ambiental del salón privado pareciera descender diez grados de golpe. —Regresen de inmediato con su jefe. Infórmenle de mi parte que la deuda de doscientos cincuenta mil dólares ha quedado completamente saldada a partir de este segundo; yo mismo me encargaré de transferir la totalidad de los fondos a su cuenta bancaria antes de la medianoche—.

Penélope dejó escapar un gemido de asombro, observándolo con los ojos desorbitados por la incredulidad ante lo que acababa de escuchar. Los dos delincuentes lucían completamente desconcertados en la entrada del salón.

—Señor Moretti… usted está pagando una suma inmensa por una desconocida de la panadería. ¿Cuál es la razón para hacer algo así?— cuestionó el cobrador con timidez.

Alessandro descendió la mirada hacia Penélope, estirando una de sus manos callosas para apartar con una suavidad insólita un mechón de cabello húmedo que se encontraba adherido a su mejilla. El contacto físico le generó a la joven una intensa descarga de electricidad que le recorrió la espina dorsal.

—Porque esta mujer es completamente intocable para cualquiera de ustedes a partir de esta noche— declaró Alessandro, proyectando la autoridad absoluta de un monarca dictando un decreto ley ante su corte. —Ella se va a transformar en mi esposa legítima—.

Capítulo IV: Las condiciones del acuerdo

Penélope despertó a la mañana siguiente experimentando la suave y lujosa textura de las sábanas de algodón egipcio contra su piel, acompañada por el sonido rítmico y reconfortante de la lluvia golpeando el inmenso ventanal de la habitación. Parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la luz matutina, mientras su mente intentaba asimilar el abismo existente entre el callejón oscuro de la noche anterior y el dormitorio majestuoso que ocupaba en ese momento.

No se trataba de un sueño de su imaginación; el marcado aroma masculino a bergamota que impregnaba las almohadas de la cama confirmaba la total realidad de los hechos. Se sentó en el colchón, acomodando el grueso edredón de plumas hasta la altura de su barbilla.

Se percató de que vestía un camisón de seda fina que, para su absoluta sorpresa, se amoldaba de forma perfecta a las dimensiones de su cuerpo de talla grande. —¿De qué manera logró conseguir una prenda de mis dimensiones en tan poco tiempo?— se cuestionó internamente, sintiendo cómo un intenso rubor comenzaba a ascenderle por el cuello.

Un golpe sutil en la madera precedió la apertura de la puerta principal; una mujer de avanzada edad, con ojos amables pero un semblante sumamente disciplinado y un moño perfectamente peinado, ingresó cargando una bandeja de plata.

—Muy buenos días, señorita Gallagher. Mi nombre es Beatrice y me desempeño como la ama de llaves principal de la propiedad del señor Moretti; me he tomado la libertad de traerle un poco de té de manzanilla caliente y unas tostadas para el desayuno. El señor solicita su presencia en el área del estudio contiguo en cuanto se encuentre completamente lista—.

—Muchísimas gracias, Beatrice— respondió Penélope con una voz sumamente ronca por el cansancio. Miró su propio cuerpo debajo de las cobijas, permitiendo que sus profundas insecurities corporales volvieran a brotar. —Beatrice… necesito hacerle una pregunta sincera. ¿Cuál es el motivo real para que yo me encuentre en esta mansión? Un hombre con el poder de su jefe… él jamás se fijaría en alguien con mis características corporales—.

La anciana le dirigió una sonrisa sumamente comprensiva antes de retirarse. —El señor Moretti es un hombre que jamás realiza una sola acción en esta vida sin poseer una razón sumamente poderosa para ello, jovencita. Al mismo tiempo, le aseguro que no es de los individuos que se preocupan en lo más mínimo por lo que las demás personas consideran que él debería desear en su vida privada. Encontrará prendas de vestir limpias y de su talla dentro del armario; le sugiero amablemente que no lo haga esperar en el estudio—.

Veinte minutos más tarde, vestida con unos pantalones de sastre negros de talle alto y una blusa de seda verde esmeralda que encontró en el armario, Penélope se detuvo frente a las imponentes puertas de roble del estudio. Tomó una respiración profunda para armarse de valor; era gorda y no tenía un solo dólar en el banco, pero se prometió a sí misma que dejaría de comportarse como una víctima indefensa.

Empujó las puertas e ingresó al lugar; Alessandro se encontraba sentado detrás de un escritorio de caoba maciza, concentrado revisando un expediente de documentos legales. Bajo la intensa luz del día, el hombre lucía considerablemente más imponente y apuesto, mostrando unas líneas sumamente rígidas y disciplinadas alrededor de sus facciones.

—Toma asiento, Penélope— indicó el mafioso sin levantar la mirada de los papeles. Ella caminó con paso firme y se sentó en uno de los sillones de cuero de la habitación.

—Te tomaste la molestia de comprar prendas de vestir específicas para mí— señaló ella, rompiendo el silencio del espacio.

Alessandro finalmente levantó la vista, clavando sus pupilas azul hielo en los ojos de la joven. —Le di la instrucción a Beatrice de tomar tus medidas corporales exactas mientras te encontrabas descansando; arribaste a mi propiedad completamente empapada por la tormenta y prefiero que las personas que habitan mi casa se encuentren cómodas—.

—Sin embargo, yo no soy una simple invitada en este lugar— desafió ella en un tono de voz sumamente bajo. —Te encargaste de comprar la totalidad de mi deuda financiera con los Ali y les aseguraste a esos delincuentes que yo sería tu esposa. Necesito saber cuál es la razón real detrás de todo esto—.

Alessandro cerró la carpeta de golpe, se reclinó sobre el respaldo del sillón y entrelazó los dedos de sus manos. —Me considero un hombre de negocios sumamente práctico, Penélope. En la actualidad, me encuentro en la lista de espera directa para asumir un asiento permanente dentro de la comisión, el cuerpo gubernamental que rige las operaciones de las cinco familias de la ciudad; los hombres que la integran son de avanzada edad, sumamente tradicionales y desconfían de los líderes solteros por considerarlos inestables. Para asegurar mi posición de liderazgo, requiero con urgencia una esposa estable, leal, dedicada e incuestionable ante los ojos del resto—.

Penélope dejó escapar una carcajada sumamente amarga y autodespreciativa ante la explicación. —¿Y entre todas las opciones posibles de la alta sociedad decidiste seleccionarme a mí? Obsérvame detenidamente, señor Moretti; soy una panadera de talla veintidós con un historial financiero completamente destruido. Tu entorno social se encuentra repleto de supermodelos y mujeres influyentes que harían lo que fuera por portar tu apellido; yo solo resultaría ser el hazmerreír de tu círculo, no la esposa trofeo de un líder de la mafia—.

Capítulo V: El valor de la sustancia

La expresión en el rostro de Alessandro se volvió sumamente seria y sombría ante las palabras de la joven; se puso de pie con lentitud y caminó alrededor del mueble hasta detenerse a escasos centímetros de su sillón, recostándose levemente sobre el borde de la madera.

—Siento un profundo desprecio por la totalidad de las mujeres que habitan mi círculo social, Penélope— declaró el capo con una voz profunda que retumbó en las paredes. —Son seres plásticos, sumamente traicioneros y completamente huecos por dentro; serían capaces de vender el más grande de mis secretos al mejor postor a la primera oportunidad que se les presentara en el mercado—.

El hombre se inclinó ligeramente hacia su posición para continuar. —Me encargué de vigilar tus reacciones la noche anterior y ordené una investigación minuciosa sobre tu pasado mientras dormías; decidiste permanecer en esta ciudad trabajando dobles turnos para intentar saldar una deuda financiera que ni siquiera te correspondía, únicamente por un distorsionado sentido del honor hacia el miserable que te traicionó. Eres poseedora de una lealtad inquebrantable ante la adversidad, y esa es una divisa que yo valoro infinitamente más que el dinero en mis negocios—.

Alessandro estiró uno de sus brazos, permitiendo que sus nudillos rozaran con suavidad la redondez de la mejilla de la joven. Penélope experimentó un súbito escalofrío ante el contacto físico, sintiendo cómo el aire se le detenía en la garganta.

—En lo que respecta a las características de tu anatomía— continuó el mafioso, descendiendo la mirada hacia su pecho antes de volver a fijarla en sus ojos con una intensidad cargada de un evidente deseo posesivo. —Te pido amablemente que dejes de proyectar las inseguridades superficiales de los hombres comunes y corrientes sobre mi persona. No tengo el menor interés en poseer a una mujer frágil, idéntica a un pájaro famélico al que podría romperle los huesos utilizando únicamente dos de mis dedos; eres suave, eres sustancial y ocupas un espacio físico real en las habitaciones a las que entras, y a mí me fascinan las mujeres que existen con la totalidad de su presencia—.

Penélope experimentó cómo una oleada de calor intenso le recorría la totalidad del cuerpo; jamás en su vida un hombre se había dirigido a ella utilizando esa clase de términos. Declan se limitaba a tolerar su peso corporal, haciendo comentarios despectivos disfrazados de cumplidos superficiales; Alessandro se refería a su tamaño corporal como si fuera una característica que demandara respeto y admiración.

—Las condiciones del acuerdo son sumamente sencillas— continuó Alessandro, dando un paso hacia atrás para recuperar su habitual actitud seria y de negocios. —El compromiso tendrá una duración exacta de un año calendario, firmaremos un contrato legal privado; contraeremos matrimonio ante la sociedad, habitarás esta propiedad bajo mi total protección personal y tus deudas financieras quedarán borradas de forma definitiva del mapa. Me encargaré personalmente de que no te falte absolutamente nada en la vida y, una vez cumplido el plazo asignado, si es tu deseo marcharte, lo harás con una compensación económica de cinco millones de dólares en tus manos—.

Penélope lo observó fijamente, con los pensamientos trabajando a toda velocidad en su mente ante la propuesta. —¿Cuáles son las obligaciones específicas que debo cumplir de mi parte? ¿Simplemente fingir que me encuentro enamorada de ti ante las cámaras?—.

—Deberás permanecer a mi lado de forma constante, asistirás a las diferentes galas benéficas del círculo y a las cenas de gala de la organización criminal; mostrarás una lealtad feroz ante el apellido Moretti ante cualquiera— detalló el mafioso, haciendo una breve pausa mientras una sombra de molestia le cruzaba el rostro. —Y también te encargarás de funcionar como la carnada perfecta de la operación—.

La joven parpadeó con evidente confusión ante el término empleado. —¿Funcionar como una carnada? ¿De qué estás hablando?—.

—Tu ex prometido, Declan Reed, no se limitó únicamente a solicitar ese préstamo financiero de doscientos cincuenta mil dólares a la familia de los Ali— explicó Alessandro, aproximándose a una mesa lateral para verter agua con gas en dos vasos de cristal, entregándole uno de ellos. —Utilizó ese capital en efectivo para comprar la voluntad y sobornar a uno de los tenientes de mi propia estructura criminal; Declan se encargó de sustraer un libro de contabilidad confidencial de mi organización, un documento que contiene los nombres exactos de los jueces corruptos, los políticos influyentes y los capitanes de la policía que se encuentran bajo mi nómina salarial secreta. En este preciso momento se encuentra intentando vender esa información al sindicato de los rusos—.

A Penélope se le dio un vuelco completo el estómago ante la información recibida; comprendió de golpe que Declan no era simplemente un estafador financiero de poca monta, sino que se había introducido de lleno en las ligas mayores del crimen organizado de la ciudad. —Él… él planificó todo esto para perjudicarme; me utilizó deliberadamente como una distracción ante las autoridades—.

—Efectivamente, eso está completamente confirmado— aseveró Alessandro. —Te abandonó a tu suerte con la deuda de los Ali para asegurarse de que la totalidad de los cobradores y las miradas se concentraran sobre tu posición, otorgándole el tiempo necesario para desaparecer del radar de la ciudad sin levantar sospechas. Sin embargo, Declan resulta ser un individuo sumamente arrogante y estúpido en sus decisiones de negocios; en cuanto la información comience a circular por las calles el día de mañana de que la supuesta ex prometida humilde y abandonada se ha convertido en la legítima esposa del líder de la familia Moretti, su ego no le va a permitir mantenerse oculto por mucho tiempo. Asumirá de forma inmediata que lograste manipularme para acceder a mis recursos financieros y regresará de inmediato a la ciudad para buscarte—.

Las manos de Penélope comenzaron a temblar de forma visible, haciendo que el vaso de cristal chocara contra los anillos de sus dedos por la tensión. —¿Tu intención real es utilizar mi presencia para lograr capturarlo?—.

—Mi intención real es utilizar tu presencia para eliminarlo de forma definitiva de este mundo— corrigió Alessandro con una voz completamente desprovista de cualquier rastro de piedad o clemencia. —Ese miserable se encargó de colocarte un blanco en la espalda ante los delincuentes y te hizo llorar bajo la tormenta de la calle; yo te estoy ofreciendo en este momento la oportunidad de obtener la venganza definitiva en tus manos. Te garantizo protección absoluta utilizando cada una de las armas disponibles en esta ciudad y, en el preciso segundo en que Declan regrese arrastrándose a tu posición, yo mismo me encargaré de entregártelo para que decidas su destino—.

El mafioso extendió sobre la mesa la carpeta de cuero negro que contenía los términos legales del contrato matrimonial. Penélope observó detenidamente el documento y posteriormente levantó la vista para contemplar al imponente y peligroso hombre que le estaba ofreciendo el control de su vida envuelto en una cinta impregnada de peligro.

Había pasado la totalidad de su existencia disminuyendo su presencia, ocultándose en los rincones del mundo y permitiendo que las demás personas pasaran por encima de sus sentimientos sin defenderse. Por primera vez en toda su vida, alguien le estaba colocando una corona de autoridad en la cabeza, aun cuando se tratara de una corona confeccionada con espinas de peligro.

No titubeó ni un solo segundo en su accionar; estiró su brazo sobre la superficie de madera, tomó la pluma estilográfica de oro que el hombre le ofrecía y estampó su firma legal en la última hoja del contrato.

—Eres una magnífica mujer, Penélope— susurró Alessandro en un tono de voz sumamente bajo, mientras sus ojos azul hielo destellaban con un marcado gesto de triunfo y posesión absoluta. —Te doy la bienvenida formal a la familia, señora Moretti—.

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