La llamada desde la frontera búlgara reveló que el cadáver del túnel no llevaba la alianza de bodas, desatando una caza de brujas internacional – PARTE 2

—¡Sáquenme de aquí o juro que el bloque de hormigón nos va a aplastar a todos antes de que llegue el equipo de rescate! —gritó la mujer de la gabardina, golpeando el suelo embarrado con los puños mientras el polvo del derrumbe inundaba la galería del metro—. ¡El maletín no es mío, Carlos me pagó para que lo sacara de la caja de seguridad de la constructora y lo enterrara bajo este pilar!

—¡Cállate y no te muevas si no quieres que el sargento te ponga los grilletes en los tobillos ahora mismo! —le espetó la subinspectora Sofía Méndez, mientras intentaba apartar un pesado cascote de piedra que bloqueaba la salida de emergencias hacia el exterior—. Inspector Vargas, la radio vuelve a tener señal, pero la centralita dice que el coche patrulla que custodiaba el chalet de Mirasierra acaba de ser embestido por un camión de gran tonelaje.

La doble traición en la oscuridad

El ambiente en el túnel del metro de Madrid se había vuelto completamente irrespirable en cuestión de segundos. Tras el estruendo del colapso estructural, las linternas tácticas de la policía apenas lograban cortar la densa niebla de yeso y azufre que flotaba en el aire. Vargas, con el rostro cubierto de hollín y la mano derecha apoyada en su arma reglamentaria, se acercó a la misteriosa detenida, cuya mirada fría se había transformado en puro pánico.

—A ver, tú, la de la doble identidad, vas a empezar a hablar claro si quieres que te saquemos de esta ratonera —amenazó Vargas, arrodillándose a su lado sobre el fango—. ¿Quién eres realmente y qué relación tienes con la póliza de seguro que Carlos firmó la semana pasada?

—Me llamo Natalia, soy actriz de teatro independiente y Carlos me contrató en un club de alterne de la carretera de Burgos —confesó la mujer, con la voz entrecortada por la tos mientras se limpiaba la sangre de una herida en la frente—. Me dio diez mil euros por ponerme la ropa de Elena, salir corriendo por el jardín delantero para que nos grabara el vecino y luego traer este maletín de dinero aquí abajo.

Sofía, que acababa de estabilizar la viga de hierro con un gato hidráulico de las obras, se giró bruscamente al escuchar la declaración, sintiendo que todas las piezas del rompecabezas que habían armado en la jefatura se disolvían como un azucarillo en el café.

Entonces, si tú estabas fingiendo ser Elena a las once y cuarenta y cinco de la noche… ¿dónde narices estaba la verdadera abogada a esa hora? —preguntó Sofía, con los ojos llenos de una rabia contenida que hacía temblar la linterna táctica de su mano.

El contraataque del sospechoso principal

Mientras el equipo de homicidios permanecía atrapado a treinta metros bajo tierra, en las dependencias policiales del centro de Madrid se estaba librando una batalla legal sin precedentes. El abogado de oficio de Carlos había sido sustituido de urgencia por un prestigioso bufete internacional especializado en delitos de cuello blanco, cuyos socios se presentaron en la jefatura con un requerimiento judicial de hábeas corpus.

—— Inspector Vargas, sé que me está escuchando por el manos libres de la radio y le aconsejo que ordene la liberación de mi cliente de inmediato —dijo la voz engolada del letrado mayor a través del transmisor de la subinspectora—. Las manchas biológicas del maletero corresponden al ADN de una mascota y el pelo rubio pertenece a una extensión de peluquería comprada en un bazar chino de Usera.

—— ¡No me toque las narices, abogado, que tenemos a una cómplice con un maletín lleno de billetes de quinientos euros autoinculpando a su defendido! —rugió Vargas desde el interior de la galería subterránea, ignorando el dolor de su tobillo torcido por el derrumbe.

—— Mi cliente no tiene ninguna relación con esa mujer ni con ese dinero, es más, acabamos de presentar una denuncia formal contra la Policía Nacional por detención ilegal y coacciones psicológicas durante el interrogatorio nocturno —añadió el abogado con una frialdad jurídica espeluznante—. Si no están en la puerta de los juzgados en veinte minutos con una orden firmada por el juez del Tribunal Supremo, Carlos Ruiz caminará libre por la Gran Vía.

Carlos, sentado en la esquina de la sala de vistas con un traje nuevo que sus abogados le habían proporcionado, esbozó una levísima sonrisa de triunfo al ver que el sargento de guardia se veía obligado a retirarle las esposas metálicas de las muñecas por orden directa de la fiscalía de guardia.

Se lo dije, inspector, yo no sé nada de mafias ni de túneles, solo soy un humilde empresario que sufre por la ausencia de su esposa —susurró Carlos hacia el micrófono de la sala, con un tono de voz tan cínico que provocó que el sargento de guardia apretara los dientes con fuerza.

El hallazgo del verdadero escenario

Media hora más tarde, una vez que los bomberos del ayuntamiento lograron liberar al equipo policial del túnel colapsado, Vargas y Sofía se dirigieron a toda velocidad hacia el norte de la comunidad autónoma. No fueron al chalet familiar de Mirasierra, sino a una pequeña cabaña de pastores abandonada en el término municipal de Rascafría, un lugar que no figuraba en el historial del GPS del coche de Carlos, pero que el abuelo Mariano había mencionado de pasada durante su confuso relato sobre los perros y las fincas familiares.

La noche serrana era fría y una densa niebla flotaba sobre los pinares, dificultando la visibilidad de los agentes que avanzaban a pie con las armas cortas en posición de seguridad. La puerta de madera de la cabaña estaba entornada y un hilo de luz amarillenta salía del interior, acompañado por el sonido monótono de un aparato de radio encendido.

—Sofía, tú cubre la ventana trasera y si ves cualquier movimiento extraño que implique peligro de muerte, no dudes en abrir fuego —instruyó Vargas, apoyando la espalda contra la pared de piedra húmeda del refugio de montaña.

—Entendido, jefe, pero tenga cuidado, las huellas de neumáticos que hay en la entrada son demasiado anchas para ser de un coche normal, parecen de un camión de reparto —advirtió la subinspectora, desapareciendo entre las sombras de los árboles cargados de lluvia.

Al entrar en la estancia, el espectáculo que se presentó ante los ojos del inspector Vargas congeló la sangre de los investigadores por completo. Sobre una mesa de madera rústica descansaban tres pasaportes idénticos con la fotografía de Elena, un fajo de contratos de compraventa de terrenos en el extranjero y un ordenador portátil encendido que mostraba una cuenta bancaria con un saldo de siete dígitos en un paraíso fiscal del Caribe.

Buenas noches, inspector Vargas, le estaba esperando para tomar el último café de la velada antes de que salga mi transporte hacia la costa de Portugal —dijo una voz femenina desde la penumbra del fondo de la cabaña, una voz que pertenecía de manera inequívoca a Elena Santos, la supuesta víctima del violento crimen pasional.

El careo de las dos mentes criminales

Elena avanzó hacia la luz de la lámpara de gas, luciendo un aspecto impecable que distaba mucho de la imagen de una mujer secuestrada o asesinada en el fondo de un maletero. Llevaba el pelo recogido en un moño elegante y sostenía un vaso de cristal con dos dedos de whisky escocés de malta.

¿Pensaba de verdad que una abogada penalista con quince años de experiencia iba a dejarse enterrar en un túnel de metro por un marido que no sabe ni usar el corrector del móvil? —preguntó Elena, con una sonrisa burlona que desarmó por completo la teoría oficial del equipo de homicidios.

Elena Santos, queda usted detenida por simulación de delito, fraude bancario internacional y complicidad en banda armada —declaró Vargas, sin bajar el cañón de su arma ni un solo centímetro—. Su marido está en este momento en la jefatura intentando culpar a una actriz de su supuesto asesinato para cobrar una póliza de tres millones de euros.

—¡Oh, por favor, Alejandro, no sea usted tan ingenuo! Carlos no está intentando cobrar ninguna póliza, él sabe perfectamente que yo estoy viva porque fue él quien firmó las transferencias del dinero de la mafia rusa desde el ordenador de su constructora —reveló la abogada, dando un sorbo a su copa con total parsimonia—. Todo este teatro del maletero, la tierra de azufre y la actriz de alterne fue una idea suya para distraer a los inspectores de Hacienda mientras vaciábamos las cuentas de los casinos ilegales.

En este preciso instante de la investigación, donde la supuesta víctima resultaba ser el cerebro de una estafa millonaria y el marido encarcelado era su socio en un complot financiero para engañar a las autoridades del Estado, la ley obligaba a detener a la mujer de inmediato. Sin embargo, Elena extendió un sobre de color marrón sobre la mesa que contenía los nombres de cuatro altos cargos políticos implicados en el blanqueo de capitales de la red del este. ¿Qué habrías hecho tú: aceptar el trato confidencial para derribar a la cúpula del poder o ponerle las esposas a la abogada sin mirar el contenido del documento?

La huida del socio capitalista

La subinspectora Sofía Méndez entró de golpe en la cabaña con el rostro desencajado y el teléfono oficial de la jefatura echando humo entre las manos. No tuvo tiempo de sorprenderse al ver a Elena Santos con vida, pues la noticia que traía de la capital era de una gravedad extrema para el futuro de la operación antiterrorista.

—¡Inspector, tenemos que salir de aquí ahora mismo! Carlos acaba de abandonar los juzgados de la Plaza de Castilla bajo fianza, pero las cámaras de tráfico lo sitúan en la autovía del norte, viniendo directamente hacia esta coordenada de la sierra —informó Sofía, apuntando con su linterna hacia el camino de acceso exterior.

Ese estúpido ha venido a buscar su parte del pastel sin saber que los rusos ya han descubierto que los billetes del maletín del metro eran falsos —sentenció Elena, perdiendo por primera vez la compostura y guardando los pasaportes extranjeros en su bolso de piel con gestos desesperados—. Si Carlos llega antes que vuestros refuerzos de la central, este pinar se va a convertir en un campo de batalla del que nadie saldrá con vida para contarlo en la prensa.

El sonido de un motor de gran cilindrada subiendo por la pista forestal confirmó los peores temores de los agentes de la ley. Unos potentes faros de xenón iluminaron la fachada de piedra de la cabaña, seguidos por el chirrido ensordecedor de unos neumáticos de todoterreno derrapando sobre la grava húmeda del arcén.

—¡Carlos, baja del coche con las manos en alto, estás rodeado por las fuerzas de seguridad del Estado! —gritó Vargas por la ventana, aunque sabía perfectamente que la patrulla de apoyo más cercana se encontraba a veinte minutos de distancia debido a la tormenta de nieve que empezaba a caer sobre los picos de la sierra madrileña.

¡Elena, sal de ahí con el maletín de seguridad o le pego fuego a la cabaña contigo y con los policías dentro! —tronó la voz de Carlos desde el exterior, distorsionada por un megáfono de los que utilizaba en las obras de la constructora—. ¡Los rusos están en la entrada del pueblo y yo no voy a volver al calabozo por culpa de tus malditos planes de fuga!

El clímax en mitad de la ventisca

La puerta de la cabaña volvió a abrirse de golpe, pero esta vez no fue por la acción de la policía, sino por una violenta ráfaga de viento helado que apagó la lámpara de gas, sumiendo la estancia en una oscuridad casi absoluta. Los tres personajes se movían entre las sombras de los muebles viejos, guiados únicamente por los destellos de los faros del todoterreno de Carlos que entraban por las ventanas rotas.

—¡Sofía, no dispares a menos que tengas un blanco claro! —chilló Vargas, arrastrándose por el suelo de madera para intentar alcanzar la salida delantera antes de que la situación terminara en una carnicería familiar.

¡Demasiado tarde, inspector, el juego de las dos Elenas ha terminado y solo una de nosotras va a subir a ese avión rumbo a Sudamérica! —exclamó la abogada penalista, sacando una pequeña pistola del interior de su bota de montar y disparando dos veces hacia la silueta del coche de su marido.

Los disparos rompieron el silencio de la montaña, seguidos por el sonido del parabrisas del todoterreno al estallar en mil pedazos y los gritos enfurecidos de Carlos, que empezó a acelerar el vehículo de gran tonelaje con la intención manifiesta de derribar los muros de la cabaña de piedra para aplastar a todos los que se encontraban en su interior.

¡Si caigo yo, nos vamos todos juntos al infierno de la sierra, pedazo de sinvergüenza! —gritó el constructor, mientras el parachoques de acero de su coche impactaba con la fuerza de un meteorito contra la puerta de entrada de la edificación rústica.

Related Posts

La Cirujana Que El CEO Abandonó En El Altar Volvió Tres Años Después Para Salvar A Su Hijo Secreto, Pero La Prueba De ADN Reveló Que El Niño Nunca Había Sido De Él – PARTE 2

Parte 2: El Niño Que Tenía Su Corazón Elena corrió antes de pensar. El cuerpo eligió por ella. El pasillo se partió en luces blancas, pasos urgentes…

La Cirujana Que El CEO Abandonó En El Altar Volvió Tres Años Después Para Salvar A Su Hijo Secreto, Pero La Prueba De ADN Reveló Que El Niño Nunca Había Sido De Él – PARTE 1

Parte 1: La Mujer Que Entró Al Hospital Sin Mirarlo El ascensor del ala privada se abrió a las dos y diecisiete de la madrugada. La doctora…

La Chica Que Nadie Quiso Pesaba 110 Kilos Y Trabajaba En La Sombra, Pero Cuando Descubrió El Secreto Sucio De La Mafia Y El Jefe La Vio, Se Convirtió En La Reina Más Temida De Chicago – PARTE 3

 Parte 3: La Reina De Chicago La pólvora flotaba en el aire subterráneo. Chelsea se apartó del pecho de Darby. La contable asustada de Oak Haven estaba…

La Chica Que Nadie Quiso Pesaba 110 Kilos Y Trabajaba En La Sombra, Pero Cuando Descubrió El Secreto Sucio De La Mafia Y El Jefe La Vio, Se Convirtió En La Reina Más Temida De Chicago

Parte 1: La Contable Invisible Las luces fluorescentes zumbaban sobre los cubículos de Oak Haven Financial. Chelsea Foster llevaba once horas mirando sus monitores. Nadie la había…

La Chica Que Nadie Quiso Pesaba 110 Kilos Y Trabajaba En La Sombra, Pero Cuando Descubrió El Secreto Sucio De La Mafia Y El Jefe La Vio, Se Convirtió En La Reina Más Temida De Chicago – PARTE 2

Parte 2: El Toque Del Depredador Chelsea no esperó. En el caos que siguió, salió corriendo. Bajó cuarenta y dos pisos por las escaleras. Sus piernas temblaban…

 La Falsa Pobre Que Se Infiltró En La Mafia Para Vengar A Su Familia — Pero El Jefe Descubrió Su Secreto Y La Obligó A Quedarse – PARTE 2

PARTE 2: LA VENGANZA Y EL PERDÓN Valeria y Matteo localizaron a Benicio Ríos. Él se escondía en una isla remota. Pero sabía que lo buscaban. Y…