Daisy tardó poco en entender que la protección de Hogan Lucasi no era libertad.
Era territorio.
La primera mañana después de recibir el anillo, despertó en una habitación del club que Cathy había arreglado para ella. No era lujosa, pero tenía puerta con cerradura, sábanas limpias y una pequeña ventana desde donde se veía la parte trasera del edificio. Antes, habría sido un lujo. Ahora, con el anillo Lucasi en su dedo, parecía más una frontera: no pertenecía al club del todo, pero tampoco pertenecía ya al mundo exterior.

Las demás bailarinas la miraban diferente.
No con respeto.
Con miedo.
Y el miedo, en el Lucasi Club, siempre venía mezclado con odio.
—Mira quién volvió —murmuró Amanda cuando Daisy entró al vestuario—. La del anillo.
Otra chica soltó una risa.
—¿Crees que Hogan va a casarse contigo porque te dejó dormir en su casa?
Daisy guardó silencio.
Caroline entró después.
No dijo nada al principio. Eso fue peor. Solo caminó hacia Daisy, tomó su mano y miró el anillo como si fuera una ofensa personal.
—Hogan no regala símbolos Lucasi por capricho.
—Entonces pregúntale a él por qué me lo dio.
La mirada de Caroline se endureció.
—Ten cuidado, Daisy. Las chicas que creen ser especiales suelen terminar aprendiendo que Hogan solo tiene una lealtad: su familia.
Daisy sostuvo la mirada.
—Yo también.
Caroline no entendió.
Algún día lo haría.
Ese domingo, Daisy pidió permiso para salir.
—Es el cumpleaños de mi hermanastro —dijo a Hogan, sentada frente a él en la mansión.
Hogan estaba revisando documentos de casino. Tenía la camisa negra abierta en el cuello, el cabello oscuro ligeramente despeinado, y aun así parecía más peligroso que cualquier hombre armado de la habitación.
—¿Hermanastro?
—Barton.
El nombre le dejó un sabor amargo.
Hogan levantó la vista.
—¿Quieres que mis hombres vayan contigo?
—No hace falta.
—No era pregunta.
Daisy apretó los dedos sobre el collar de margarita.
—Está bien. Pero no quiero que entren si no los necesito.
Hogan la observó.
—¿Qué vas a hacer?
Ella sonrió.
—Darle un regalo de cumpleaños.
El regalo estaba envuelto en papel blanco.
Parecía elegante.
Casi inocente.
Daphne Barton estaba en su mejor papel cuando Daisy llegó: madrastra refinada, madre orgullosa, anfitriona perfecta. La fiesta de Barton reunía a médicos, empresarios, mujeres ricas y hombres con copas en la mano. Nadie allí conocía el olor del Lucasi Club. Nadie habría imaginado que la chica de vestido sencillo y collar de margarita había sido vendida a un escenario de mafia días antes.
—Daisy —dijo Daphne, con sonrisa tensa—. No recuerdo haberte invitado.
—Vine por mi hermano.
Barton apareció con un traje demasiado ajustado, sonrisa arrogante y la salud robusta de un hombre que vivía gracias a un órgano robado.
Daisy sintió náusea.
—Feliz cumpleaños, Barton.
Él miró el paquete.
—¿Tú me trajiste algo? ¿Ganas tanto como stripper?
El salón se quedó en silencio.
Daisy sonrió.
—Ábrelo.
Barton arrancó el papel.
Dentro había una caja de cristal.
Y dentro, una figura anatómica realista de un riñón, cubierta de un líquido rojo oscuro.
Una mujer gritó.
Barton palideció.
Daphne se levantó de golpe.
—¿Qué demonios te pasa?
Daisy habló despacio, para que todos oyeran.
—Pensé que sería apropiado. Después de todo, los riñones siempre han sido lo que más le gusta a esta familia.
Daphne perdió el color.
—Está loca.
—Hace cinco años, mi madre necesitaba cirugía. Tú prometiste pagarla si firmaba los papeles del divorcio. La llevaste a un hospital que elegiste tú. Allí le quitaron un riñón para dárselo a Barton. Y luego la dejaron morir.
El silencio fue absoluto.
Barton intentó reír.
—Está enferma. No la escuchen.
Daisy lo miró.
—¿Entonces por qué no hay registro legal de tu trasplante?
Una mujer del salón retrocedió.
Un médico invitado frunció el ceño.
Daphne levantó la mano para abofetearla.
Daisy la atrapó en el aire.
—Nunca más.
Por primera vez, Daphne vio que la niña a la que había vendido no era la misma.
—¿Crees que porque bailas en el club Lucasi eres intocable?
Daisy se acercó.
—No bailo en el club.
Le mostró el anillo.
—Soy la mujer de Hogan.
Esa frase se sintió como veneno y escudo al mismo tiempo.
Daphne retrocedió.
—Mientes.
En ese momento, los hombres de Hogan entraron.
Trajes negros. Miradas frías.
—Tenemos órdenes de proteger a Miss White.
Barton dejó caer la caja.
Daisy miró a Daphne.
—Te advertí que algún día volvería.
Luego se acercó a Barton.
—Disfruta el regalo. Es lo más cerca que estarás de recordar a mi madre con algo parecido a respeto.
Después de aquella fiesta, Daphne intentó fingir sumisión.
Daisy volvió a su casa días después para “recoger pertenencias” de su madre. Daphne se disculpó con una dulzura falsa.
—Fui dura contigo. Me equivoqué.
—Tiraste sus cosas —dijo Daisy.
—Eran trastos viejos.
—Había joyas de mi madre.
Daphne sonrió.
—¿Me acusas de robar?
Daisy respiró hondo.
No podía perder el control todavía.
Barton entró con una sonrisa de burla.
—Relájate, hermana. El pasado es pasado.
La frase rompió algo en ella.
—¿El pasado? Mi madre murió llorando en una mesa de operaciones por ustedes.
Daphne se acercó a su oído.
—Murió porque era débil.
Daisy la agarró del cuello.
Barton se movió para golpearla, pero uno de los hombres de Hogan dio un paso.
Daisy soltó a Daphne.
Aún no.
Aún no era el momento.
—Tengo algo para ti, Barton —dijo, calmándose.
Él levantó una ceja.
—¿Otro riñón falso?
—Un trabajo. En el casino Lucasi.
Los ojos de Barton brillaron.
Daphne se tensó.
—No.
—¿No quieres que tu hijo tenga una oportunidad? —preguntó Daisy—. Dijiste que yo debía agradecerte por mi éxito. Quizá ahora quieras agradecerme tú.
Barton sonrió.
—El casino más grande de la ciudad.
Daphne lo sujetó del brazo.
—Tú no puedes trabajar allí. Ya sabes lo que pasa cuando estás cerca de mesas.
—Voy a trabajar, mamá. No a jugar.
Daisy bajó la mirada para ocultar su sonrisa.
Claro que jugaría.
Barton siempre jugaba.
Esa era su puerta al infierno.
En los días siguientes, Hogan empezó a notar cambios en Daisy.
No porque ella fuera descuidada.
Porque Hogan veía demasiado.
—Estás más tranquila —dijo una noche, mientras la encontraba mirando la ciudad desde la terraza.
—¿Eso es malo?
—En mujeres como tú, la calma suele significar que alguien está a punto de sufrir.
Daisy sonrió sin alegría.
—Quizá alguien lo merece.
Hogan se acercó por detrás.
No la tocó hasta que ella no se movió.
—¿Daphne?
—Y Barton.
—Puedo ocuparme de ellos.
—No.
Ella se volvió.
—No quiero que me los entregues. Quiero verlos caer sabiendo por qué.
Hogan la estudió.
—Tienes mucha oscuridad para alguien que parece tan delicada.
Daisy tocó su collar.
—La delicadeza fue lo primero que me quitaron.
Hogan miró la margarita de oro.
—Siempre llevas ese collar.
—Mi madre me lo dio.
—¿Era la persona que más amabas?
Daisy cerró los ojos.
—Lo era todo.
Hogan no dijo “lo siento”.
Tal vez en su mundo esas palabras no servían.
En cambio, se quedó a su lado hasta que el silencio dejó de doler.
La siguiente jugada ocurrió en el casino.
Daisy acompañó a Hogan durante una inspección. Caroline también llegó, vestida para competir, con un vestido que Daisy había comprado antes de que ella pudiera hacerlo. Era un detalle pequeño. Cruel. Preciso.
—Me robaste el vestido —susurró Caroline.
Daisy sonrió.
—No sabía que tu nombre estaba cosido en él.
En el salón principal, los clientes empezaron a llamarla “Lady Luck” cuando la vieron entrar con Hogan. El rumor corrió rápido: la mujer nueva de Hogan traía suerte.
Caroline no soportó eso.
—Una partida de blackjack —propuso—. Si ganas, no vuelvo al casino. Si pierdes, me das ese vestido y te lo quitas aquí mismo.
Los hombres alrededor rieron.
Daisy fingió dudar.
Caroline sonrió.
—¿Miedo?
Daisy se sentó.
—Acepto.
El juego fue rápido.
Demasiado rápido para quienes no sabían observar.
Daisy no era experta en cartas, pero sí en personas. Vio cuándo Caroline se confiaba. Vio cuándo el crupier dudaba. Vio cuándo los clientes querían espectáculo.
Caroline terminó con veintiuno.
El salón rugió.
—Gané —dijo Caroline—. Quítate el vestido.
Daisy bajó las cartas.
—Yo también.
El crupier palideció.
—Empate.
—No —dijo Daisy—. Ella apostó a ganar. No ganó.
Caroline golpeó la mesa.
—Eso no era—
—En mi casino —dijo Hogan desde atrás—, las reglas las decido yo.
Caroline se volvió.
—Hogan, era una apuesta.
—Y tú intentaste humillar a mi mujer frente a mis clientes.
Los hombres que habían reído bajaron la mirada.
Hogan miró alrededor.
—Cualquiera que esperara verla desnudarse puede pasar por seguridad y dejar sus ojos en recepción.
Nadie rió.
Caroline entendió que había perdido algo más que una partida.
Mientras tanto, Barton empezó a perderse a sí mismo.
Primero jugaba después de los turnos. Luego pidió préstamos. Caroline lo encontró en el momento exacto.
—Puedo ayudarte a entrar a una mesa VIP —le dijo.
—¿Qué quieres?
—La mitad de tus ganancias. Y si pierdes, sigues jugando hasta recuperarlo.
Barton, adicto al brillo de una posible fortuna, aceptó.
Daisy observó desde lejos.
No tuvo que empujarlo mucho.
Solo abrir la puerta.
Barton corrió al abismo solo.
Esa noche ganó al principio. Se sintió invencible. Gritó. Bebió. Se burló de Daisy.
—Mírame ahora, hermana. Haré más dinero del que tú podrías imaginar.
Daisy no dijo nada.
La caída siempre era más limpia cuando el condenado subía por voluntad propia.
Luego perdió.
Todo.
Y algo más.
Caroline le ofreció otra salida.
—La llave del vault del casino. Daisy tiene acceso a Hogan. Tú tienes acceso a Daisy. Convéncela.
Barton buscó a Daisy con ojos desesperados.
—Necesito que me ayudes.
—No.
—Tengo algo que quieres.
Ella se detuvo.
—¿Qué?
—El video de tu madre. Sus últimas palabras. La grabación de la operación.
El mundo se congeló.
—Mientes.
—Tráeme la llave del vault y te daré el video. O vive preguntándote si tu madre murió llamándote.
Daisy sintió que le faltaba aire.
Esa noche, entró en la habitación de Hogan.
Él estaba despierto.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
Daisy fingió.
—Tenía frío. Cerraba la ventana.
Hogan la observó desde la cama.
—¿Algo en tu mente?
Ella pensó en decirle la verdad.
Pensó en caer de rodillas y confesar todo: el plan, Barton, Daphne, su deseo de venganza, el video.
Pero escuchó la advertencia de Hogan:
“Nunca me engañes. Nunca me traiciones.”
Y supo que si le decía que había llegado a su vida para usarlo, quizá todo terminaría ahí.
—Nada —susurró.
Hogan extendió la mano.
—Ven.
Daisy se acercó.
Él la sostuvo contra su pecho.
—A veces me pregunto si un día me vas a traicionar.
Daisy cerró los ojos.
—No.
—No me decepciones, Daisy.
La culpa casi la rompió.
Al amanecer, tomó una llave falsa preparada con ayuda de Cathy.
La entregó a Barton.
—¿El video?
—Primero abrimos la puerta.
—Lo prometiste.
—Cállate. Si nos atrapan, morimos.
Abrieron la puerta del vault.
La alarma explotó.
Hombres armados rodearon el pasillo.
Hogan apareció al final, con rostro de hielo.
—Daisy.
Barton cayó de rodillas.
—Fue ella. Ella me obligó. Dijo que quería huir contigo, que no confiaba en ti.
Caroline apareció detrás, sonriendo.
—Pobre Hogan. Te advertí que no era más que una trepadora.
Daisy sintió que el corazón se detenía.
Hogan caminó hacia ella.
—Explícalo.
Ella levantó la llave.
—Es falsa.
Caroline dejó de sonreír.
Daisy miró a Hogan.
—Nunca quise robarte. Barton me amenazó. Dijo que tenía un video con las últimas palabras de mi madre. Sabía que si te lo decía, tal vez matarías a todos antes de que yo pudiera saber si era verdad. Así que hice una llave falsa para limpiar mi nombre y atraparlo.
Barton gritó.
—¡Miente!
Daisy se volvió hacia él.
—Tú me golpeaste cuando éramos niños. Me encerraste. Intentaste tocarme cuando Daphne no estaba. Y luego viviste con el riñón de mi madre como si fuera un regalo que merecías.
El rostro de Hogan se volvió oscuro.
—¿Eso es cierto?
Barton retrocedió.
—No. Ella está loca.
Daisy no apartó la mirada.
—Me prometiste sus últimas palabras.
—¡No existen! —escupió Barton.
El silencio que siguió fue peor que un disparo.
No existen.
Daisy sintió que algo dentro de ella se quedaba muy quieto.
Hogan hizo una seña.
Sus hombres tomaron a Barton.
—Al canal de los caimanes —ordenó alguien.
Daisy se movió.
—No.
Hogan la miró.
—¿Quieres salvarlo?
Daisy sonrió.
No había ternura en esa sonrisa.
—Quiero despedirme.
La dejaron a solas con Barton en una habitación fría.
Él estaba atado, temblando, llorando, pidiendo ayuda.
—Hermana, por favor. Somos familia.
Daisy vertió agua en un vaso.
—No somos nada.
—Dijiste que hablarías con Hogan.
—Sí.
Le dio el vaso.
Barton bebió desesperado.
Luego su respiración cambió.
—¿Qué… qué me diste?
—Algo para que no grites tanto.
Sus ojos se llenaron de horror.
—Monstruo.
Daisy se inclinó.
—¿Quién es el monstruo? ¿La niña que esperó años? ¿O el hombre que vivió con el órgano robado de una mujer y luego se burló de su hija?
—Mi madre no dejará que—
—Daphne tendrá su turno.
Barton empezó a llorar.
—Daisy, por favor.
Ella sacó de su bolsillo el collar de margarita y lo sostuvo frente a él.
—Mi madre llevó tu vida dentro de su muerte demasiado tiempo. Hoy se termina.
Cuando salió, Hogan la esperaba.
No preguntó detalles.
Tal vez no necesitaba.
—¿Terminaste?
Daisy miró sus manos.
—Con él, sí.
Hogan la tomó del mentón, obligándola a mirarlo.
—Esto no te devolverá a tu madre.
—No.
—Tampoco te hará dormir mejor.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues?
Daisy sostuvo su mirada.
—Porque mientras Daphne siga respirando tranquila, mi madre no descansa.
Hogan la soltó.
—Entonces terminémoslo.
Pero Daisy sabía que aún no podía.
Necesitaba pruebas.
Necesitaba la caja fuerte de Daphne.
Y para abrirla, tendría que hacer que su madrastra probara exactamente el mismo infierno al que una vez la vendió.