La Hija Del Alcalde Desapareció En El Club Del Jefe Mafia Más Guapo De La Ciudad… Y Él Tuvo Que Elegir Entre Su Imperio O Salvarla – PARTE 2

La rueda de prensa fue un desastre vestido de traje.

El alcalde Richard Alden apareció frente a los micrófonos con la cara de un hombre que no había dormido.

A su lado, el jefe de policía intentaba parecer firme.

Detrás, una bandera.

Delante, periodistas hambrientos.

— Señor alcalde, ¿qué está haciendo la ciudad para combatir esta ola de desapariciones?

Richard miró los flashes.

Durante años, había ensayado respuestas.

Había aprendido a usar palabras como recursos, coordinación, investigación, prioridad.

Palabras que no prometían demasiado pero sonaban lo bastante serias para sobrevivir a un ciclo de noticias.

Esa mañana, ninguna le servía.

— Hemos formado una unidad especial —dijo—. Los mejores detectives están trabajando el caso.

Una periodista levantó la voz:

— ¿Puede confirmar que apareció otro cuerpo?

El jefe de policía intentó intervenir.

Richard tragó saliva.

— Sí. Lamentablemente hemos recibido información sobre el hallazgo de otra mujer joven.

El murmullo creció.

Otra mano.

— Hay rumores sobre un donante de sus eventos benéficos vinculado a estos clubes nocturnos. ¿Está usted protegiendo a Caleb Stone?

El nombre cayó como una piedra.

Richard sintió que todos lo miraban distinto.

Caleb Stone.

El hombre que sonreía desde mesas privadas.

El hombre cuyos abogados donaban a fundaciones.

El hombre al que Richard había usado cuando le convenía y condenado cuando había cámaras.

— No hay evidencia de que ningún donante esté vinculado a estas desapariciones —dijo.

La mentira salió limpia.

Eso le dio asco.

Porque no sabía si era mentira.

Y quizá eso era peor.

Mientras el alcalde fingía control, Sarah estaba en Foxtrot otra vez.

Con orden judicial.

Con dos agentes.

Con una rabia tan fría que ya no necesitaba levantar la voz.

El gerente la recibió con una sonrisa más pequeña que la vez anterior.

— Detective, como expliqué, el sistema tuvo problemas.

— Muéstreme la sala.

— Caleb no está.

— No pregunté por Caleb.

La sala de seguridad olía a polvo caliente y plástico quemado.

Sarah revisó el sistema.

Había cámaras internas.

Entradas.

Barra.

Pasillos.

Pero las exteriores tenían cortes exactos.

Demasiado exactos.

— Esto no fue un fallo —dijo.

El técnico del club bajó la mirada.

— A veces pasa.

Sarah se volvió hacia él.

— No me mientas tan mal. Me ofende.

El hombre no respondió.

Derek estaba en la puerta.

Sarah lo sintió antes de mirarlo.

— ¿Tú sabías? —preguntó.

Derek no se movió.

— Trabajo seguridad. No informática.

— Trabajas puertas. Sabes quién entra y quién sale.

— En una noche como esa, mucha gente se mueve.

— Mia no se movió sola.

Derek apretó la mandíbula.

Sarah lo notó.

— Háblame, Derek.

— No aquí.

— Entonces ¿dónde?

Él miró la cámara en la esquina.

— No aquí.

Esa noche, Derek la encontró en un bar pequeño a seis cuadras de Foxtrot.

No llevaba chaqueta de seguridad.

Solo una camiseta oscura y el rostro cansado de alguien que llevaba demasiado tiempo convenciéndose de que no tenía opción.

Sarah no fue sola.

Tenía un agente cerca.

Pero Derek lo vio.

— Si querías asustarme, buen intento.

— Si quisiera asustarte, habría traído a Caleb Stone.

Derek casi sonrió.

— Él asusta incluso sin venir.

Sarah se sentó.

— ¿Qué sabes?

Derek miró su vaso.

— Sé que una camioneta blanca salió esa noche por la calle de atrás.

— ¿Placas?

— Parciales.

Sarah sacó una libreta.

— Habla.

Él le dio tres números y dos letras.

— ¿Quién estaba en la camioneta?

Derek no respondió.

— Derek.

— Hombres de Victor Kane.

Sarah conocía el nombre.

Todos en narcóticos conocían el nombre.

Victor Kane no era el jefe más grande.

Era algo peor.

Un operador.

El tipo de hombre que no necesitaba tener el trono porque sabía mover cuerpos entre tronos.

Tráfico.

Drogas.

Chicas.

Rutas.

— ¿Y Caleb?

— Caleb no mueve chicas.

— ¿Ahora defiendes a tu jefe?

Derek levantó los ojos.

— Caleb no es mi jefe directo.

— Pero trabaja con él.

— En esta ciudad todos trabajan con alguien.

— No me vendas filosofía barata.

Derek se inclinó.

— Quiere una verdad simple, detective? No hay lado oscuro ni lado claro. Hay sombras. Algunas te devoran. Otras te dejan respirar.

Sarah lo miró con desprecio.

— Eso es lo que dicen los cobardes para dormir.

Derek aceptó el golpe.

— Puede ser.

— ¿Dónde está Mia?

— No lo sé.

Sarah no le creyó.

Él lo vio.

— Si supiera y pudiera decirlo sin matar a diez personas, lo haría.

— Una chica está atada en algún lugar.

Derek cerró los ojos.

— Lo sé.

— Entonces elige.

— No es tan fácil.

— Sí lo es. Solo duele.

Esa frase se quedó entre ellos.

Derek se fue sin prometer nada.

Pero esa noche no volvió a Foxtrot igual.

Mia seguía encerrada.

Le habían dado agua.

No comida.

La cabeza le pesaba.

A ratos despertaba y veía luces.

A ratos oía voces.

Una chica lloraba en una cama cercana.

Otra repetía el nombre de su madre hasta que un hombre le gritó que se callara.

Mia intentó memorizar sonidos.

Pasos.

Puertas.

Ruedas metálicas.

Un tren lejano quizá.

O tuberías.

Todo podía importar.

Uno de los guardias se acercó.

Joven.

Duro.

O intentando parecerlo.

— Por favor —susurró Mia—. Ayúdame.

Él la miró.

No con compasión.

Con deseo.

Eso la hizo sentir más miedo.

— Puedo pagarte —dijo.

— No tienes nada aquí.

— Mi padre tiene dinero.

— Tu padre es la razón por la que vales más viva.

Mia sintió el estómago hundirse.

Entonces entró Derek.

El guardia se apartó, irritado.

— ¿Qué haces aquí?

— Victor dijo que nadie la toca.

— Solo hablaba.

— Habla afuera.

El guardia se fue murmurando.

Derek se quedó junto a la puerta.

Mia lo reconoció.

— Tú estabas en el club.

Él no respondió.

— Me viste.

— Sí.

— Entonces viste que no me fui sola.

Derek miró hacia el pasillo.

— Tienes que mantenerte tranquila.

— ¿Me vas a ayudar?

— No puedo.

— Claro que puedes.

— No entiendes.

Mia soltó una risa rota.

— Estoy atada a una cama. Entiendo bastante.

Derek apretó los puños.

— Si hago el movimiento equivocado, no solo muero yo.

— ¿Y si no lo haces?

Él la miró.

Mia tenía los ojos rojos, la cara pálida, la voz quebrada.

Pero no estaba vencida.

— Si no lo haces, muero yo.

Esa frase lo persiguió todo el día.

En otra parte de la ciudad, Caleb Stone recibía visitas.

Primero un intermediario de la red de Victor Kane.

Luego un enviado del alcalde.

Después, Sarah Miller.

Ninguno pidió lo mismo.

Todos hablaron de Mia.

Caleb los escuchó desde su oficina privada, con la ciudad extendida detrás.

Traje negro.

Reloj oscuro.

Ojos grises sin calor.

Demasiado guapo para parecer cansado.

Demasiado peligroso para parecer inocente.

Sarah entró sin esperar permiso.

— Victor Kane tomó a Mia.

Caleb levantó la mirada.

— ¿Tiene pruebas?

— Tengo una camioneta, un testigo parcial y cuerpos llenos de bolsas de droga.

— Eso no es prueba contra Victor.

— Pero usted sabe que fue él.

Caleb no respondió.

— ¿Qué quiere de mí, detective?

— Quiero que deje de proteger sus negocios y me diga dónde la tiene.

Caleb se levantó.

La habitación pareció encogerse.

— Escúcheme bien. Mi negocio puede ser sucio, pero tiene reglas.

— Qué noble.

— No toco niñas. No trafico mujeres. No uso cuerpos como transporte.

Sarah lo miró.

Por primera vez, dudó.

No de que Caleb fuera criminal.

Lo era.

Sino de si era ese criminal.

— Entonces ayude.

— La policía no quiere mi ayuda.

— Yo sí.

Caleb caminó hacia la ventana.

— Si ayudo, no lo haré por usted.

— Me da igual por quién lo haga.

— Lo haré porque alguien usó mi club.

— Y porque Mia es hija del alcalde.

Caleb giró apenas.

— No. Porque en mi ciudad hay líneas.

Sarah soltó una risa amarga.

— Su ciudad.

— Sí.

— Esa arrogancia algún día lo va a matar.

— Probablemente.

Pero no esa noche.

Esa noche Caleb Stone hizo tres llamadas.

La primera a un informante.

La segunda a un médico que no hacía preguntas.

La tercera a un hombre llamado Cash Porter, exmilitar, luchador clandestino, y una de las pocas personas capaces de entrar a una habitación llena de monstruos y salir con respuestas.

Cash encontró a uno de los hombres de Victor Kane.

No se escribirá aquí todo lo que ocurrió en aquel almacén.

No porque no importara.

Sino porque hay dolores que no necesitan detalle para entenderse.

Bastó decir que el hombre habló.

No todo.

Pero sí suficiente.

Un sótano.

Una zona industrial.

Un traslado planeado antes del amanecer.

Mia seguía viva.

Sarah recibió la ubicación al mismo tiempo que Derek tomó su decisión.

Derek estaba en el pasillo cuando escuchó a Victor ordenar:

— Muevan a las chicas. En una hora salen.

Una hora.

Después de eso, se perderían.

Nuevas rutas.

Nuevos vehículos.

Nuevas identidades.

Nuevas víctimas.

Derek entró al cuarto.

Mia lo miró con miedo y esperanza mezclados.

— Tenemos que irnos —dijo él.

— ¿Qué?

— Ahora.

Soltó sus correas.

La chica de la cama de al lado empezó a llorar.

— También ella —dijo Mia.

Derek dudó.

— No puedo sacar a todas.

— Entonces no salgo.

— No seas estúpida.

Mia lo miró con una calma feroz.

— Si me sacas solo a mí, mi padre hará una rueda de prensa, todos se abrazarán y las demás seguirán desaparecidas. No.

Derek maldijo en voz baja.

— Eres igual que la detective.

— Gracias.

— No era cumplido.

Pero abrió otra correa.

Luego otra.

El plan se volvió caos en menos de cinco minutos.

Una puerta se abrió antes de tiempo.

Un guardia los vio.

Derek lo derribó.

Mia ayudó a una chica que apenas podía caminar.

Otra vomitó en el pasillo por la droga.

Derek encontró una salida de mantenimiento.

— Silencio —susurró—. Si gritan, morimos.

Pero afuera ya había movimiento.

Autos.

Voces.

Hombres armándose.

La red había notado la fuga.

Sarah llegó primero.

Con un arma en la mano y el corazón en la garganta.

Vio a Mia salir por una puerta lateral, apoyada en Derek, con dos chicas detrás.

— ¡Mia!

Mia casi cayó al verla.

Sarah la sostuvo.

— Estoy aquí. Estoy aquí.

— Hay más —susurró Mia—. Hay más adentro.

Sarah miró a Derek.

— ¿Cuántas?

— Cinco, quizá seis. Y las van a mover.

— Entonces entramos.

Derek negó.

— No puedes entrar sola.

— No estoy sola.

Las luces de varios vehículos se encendieron al final de la calle.

Caleb Stone llegó sin sirenas.

Sin uniforme.

Sin permiso.

Vestido de negro, con hombres armados bajando a su alrededor como sombras entrenadas.

Sarah lo miró.

— Esto es escena policial.

Caleb observó a las chicas heridas.

Luego a Mia.

Luego al edificio.

— Esta noche, detective, puede arrestarme después de que saque a las niñas.

Derek tragó saliva.

— Victor tiene hombres dentro.

Caleb se volvió hacia él.

— Tú eres Derek Hale.

— Sí.

— Trabajabas para ellos.

— Ya no.

Caleb lo estudió.

— Eso espero.

Mia apretó el brazo de Sarah.

— Él me ayudó.

Caleb asintió una vez.

— Entonces vive por ahora.

Derek soltó una risa nerviosa.

— Muy generoso.

— No abuse.

La operación no fue limpia.

Nada real lo es.

Hubo gritos.

Disparos.

Puertas abiertas a golpes.

Chicas encontradas medio dormidas.

Bolsas médicas preparadas.

Hombres intentando quemar documentos.

Sarah encontró una sala con fotos, nombres, edades y precios.

Tuvo que apoyarse en la pared para no perder el control.

Caleb entró detrás.

Vio las fotos.

Su rostro no cambió.

Pero la temperatura de la habitación pareció bajar.

— ¿Ahora entiende? —preguntó Sarah.

Caleb respondió:

— Sí.

— ¿Y?

— Ahora no queda nada que negociar.

Victor Kane no estaba allí.

Había huido minutos antes.

Pero dejó suficientes hombres para retrasarlos.

Y suficientes pruebas para condenar a media red.

Mia fue llevada a una casa segura del alcalde.

No al hospital, al principio, porque Richard Alden se negó a que las cámaras la vieran.

Sarah peleó con él por eso.

— Necesita exámenes médicos.

— Tendrá un médico en casa.

— Señor, esto no es una crisis de prensa. Es su hija.

Richard la miró con ojos rotos.

— Precisamente.

Sarah entendió algo entonces.

El alcalde no era solo corrupto.

No era solo cobarde.

Era un padre aterrorizado intentando controlar incluso el dolor de su hija porque no sabía hacer otra cosa.

Mia, envuelta en una manta, habló con una voz casi rota:

— Papá, deja que Sarah decida.

Richard se quedó inmóvil.

Luego asintió.

— Lo que necesites.

Mia lloró por primera vez.

No en el sótano.

No cuando estaba atada.

No cuando huyó.

Lloró cuando por fin alguien dejó de tomar decisiones sobre su cuerpo.

Mientras tanto, Derek se quedó en una esquina del almacén, con sangre en la camisa y una certeza oscura en los ojos.

Sarah se acercó.

— Puedes entregarte. Puedo hablar por ti.

Derek miró hacia donde Caleb interrogaba a un hombre de Victor.

— No funciona así.

— Tenemos programas de protección.

— Detective, usted sabe mejor que nadie cómo funciona mi mundo.

— No tienes que morir por esto.

— Tal vez no. Pero si corro, miro sobre mi hombro el resto de mi vida. Si me entrego, alguien me encuentra en una celda. Si voy con Caleb…

— ¿Qué?

Derek respiró.

— Tal vez negocio con el diablo correcto.

Sarah quiso decirle que no.

Pero no pudo.

Porque, esa noche, el diablo correcto había salvado más chicas que muchas instituciones.

Derek caminó hacia Caleb.

— Necesito tu palabra.

Caleb lo miró.

— ¿Mi palabra?

— Si ayudo a terminar con Victor Kane, no paso el resto de mi vida esperando que tú o los tuyos me disparen por la espalda.

Caleb lo observó largo rato.

— ¿Y por qué debería confiar en ti?

Derek miró hacia Mia.

— Porque pude dejarla morir y no lo hice.

Caleb aceptó eso.

— Ayúdame a terminarlo y sales vivo.

— ¿Solo vivo?

— No se ponga codicioso.

Derek casi sonrió.

— Trato.

Esa alianza fue el principio del final.

Victor Kane había escapado.

Pero no por mucho.

Porque ahora lo buscaban tres fuerzas distintas:

Sarah, por justicia.

El alcalde, por su hija.

Y Caleb Stone, porque alguien había usado su territorio para cruzar una línea que él no perdonaba.

Sarah descubrió que Mia fue llevada en una camioneta blanca vinculada a Victor Kane, un operador de tráfico humano. Derek, guardia de Foxtrot, sabía más de lo que podía decir, pero al ver a Mia y a otras chicas atadas en el sótano decidió traicionar a sus jefes. Con ayuda de Sarah y la llegada inesperada de Caleb Stone, lograron sacar a varias víctimas antes del traslado. Pero Victor escapó, y ahora Derek solo tenía una forma de sobrevivir: ayudar al jefe mafia más temido de Detroit a terminar la guerra que él mismo había evitado durante años.

 

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