El Vestido de la Suerte (Tres Meses Después)
Tres meses después, el viento helado del invierno de Nueva York golpeaba los ventanales del lujoso ático de Mateo en Manhattan.
En el interior, el ambiente era cálido y olía a ajo asado y albahaca. Clara estaba descalza en la cocina de mármol, vistiendo una camisa de vestir de Mateo que le quedaba inmensa, mientras removía la salsa de pasta en la estufa.
Esa semana, había sido su turno de viajar a la ciudad.
Era oficialmente la Directora Ejecutiva de Desarrollo Sostenible para Benítez Worldwide en Boston. Su padre había entendido perfectamente su decisión y la había apoyado con orgullo. Su madre, por otro lado, había entrado en éxtasis al enterarse de que Clara estaba saliendo con el multimillonario Mateo Benítez, aunque Clara aún le mantenía oculto el hecho de que todo había comenzado con el desastre de “Rubén Castellanos”.
Escuchó el clic de la llave en la puerta principal.
— ¿Clara? —La voz de Mateo resonó por el pasillo.
— ¡En la cocina! —gritó ella.
Él apareció en el umbral, aún con su traje de trabajo, pero con la corbata aflojada. Al verla allí, cocinando en su apartamento, una expresión de paz absoluta, de felicidad pura e innegable, iluminó sus ojos grises.
Se acercó a ella en tres zancadas, la agarró por la cintura, la levantó del suelo y la besó con una intensidad que casi le hace tirar la cuchara de madera.
— Huele a quemado —murmuró él contra sus labios.
— Te advertí que era una cocinera terrible, pero tú insististe en que preparara la cena hoy —rio Clara, apagando el fuego de la estufa.
Más tarde, acurrucados en el inmenso sofá de cuero frente al ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad iluminada, Mateo jugaba distraídamente con los mechones del cabello de Clara.
— Estaba pensando en algo hoy durante la junta —dijo Mateo en voz baja.
— Ilumíname. ¿Nuevas estrategias de mercado corporativo?
— No. —Él apoyó la barbilla en la cabeza de ella—. Estaba pensando en esa noche en Rossini’s. En ti usando ese espantoso vestido azul marino manchado de café. En lo miserable que te veías… y en cómo ese fue, sin lugar a dudas, el mejor día de toda mi maldita vida.
Clara sonrió contra su pecho, sintiendo el latido fuerte y constante del corazón de él.
— Guardo ese vestido en el fondo de mi armario en Boston. Me niego a tirarlo. Es mi amuleto de la suerte.
— Deberíamos enmarcarlo —bromeó Mateo, besándole la coronilla—. Lo colgaremos en la sala de juntas de la empresa como recordatorio de que los mejores tratos se cierran cuando menos te lo esperas.
Clara se rió y se apretó más contra él.
Pensó en el largo y tortuoso viaje que los había llevado hasta allí. En el dolor del silencio, en la agonía de amar en secreto, y en la increíble y absurda coincidencia que los había obligado a enfrentarse a la verdad.
A veces, pensó Clara, el peor vestido, el peor plan de sabotaje y la peor cita a ciegas de la historia pueden ser exactamente los ingredientes que el destino necesita para escribir la mejor historia de amor.
— Te amo, Mateo —susurró ella al vacío de la noche neoyorquina.
— Y yo a ti, Clara Mendoza. —Mateo la apretó entre sus brazos, como si nunca planeara soltarla—. Todo lo demás, el dinero, el poder, los títulos… todo lo demás son solo detalles.
A veces pasamos años de nuestra vida huyendo de los sentimientos que nos aterrorizan, construyendo muros profesionales y fingiendo indiferencia. Pero la verdad tiene una forma curiosa de encontrarnos en la mesa de un restaurante italiano. ¿Estarías dispuesto a arriesgar una carrera brillante por la oportunidad de amar libremente, o crees que el riesgo es demasiado alto? ¡Déjame saber tu opinión en los comentarios!