PART 3
El día en que Yasmin necesitó sangre, Elise fue la primera en ofrecerse.
No porque la amara.
No porque quisiera parecer noble.
Porque era Rh negativo.
Y porque, aunque la vida había sido cruel con ella, Elise no sabía mirar a alguien morir cuando podía ayudar.
— Yo puedo donar —dijo.
Cyrus la miró sorprendido.
— No tienes que hacerlo.
— Salvarla es lo primero, ¿no?
El procedimiento terminó bien.
Yasmin despertó pálida, con Cyrus sentado junto a ella.
Elise permaneció de pie al fondo, con el brazo débil y una venda nueva.
Cuando Yasmin supo que Elise había donado sangre, le sonrió.
— Gracias. Pero aún no hemos terminado lo de la lluvia.
Elise no entendió.
Yasmin continuó:
— Dijimos que estarías un día entero bajo la lluvia para demostrar que no tienes sentimientos por Cyrus.
Cyrus frunció el ceño.
— Yasmin…
— Dudaste —dijo ella—. Entonces sí te importa.
Cyrus miró a Elise.
Ella esperaba que él dijera que era suficiente.
Acababa de donar sangre.
Estaba en su ciclo.
Tenía fiebre.
Pero Cyrus solo dijo:
— Sal afuera.
Elise lo miró.
— ¿Ahora?
— No quiero repetirlo.
Así que salió.
La lluvia caía pesada.
Fría.
Incesante.
Cada minuto le recordaba una verdad simple:
Nadie vendría por ella.
No su familia.
No Cyrus.
No nadie.
Después de horas, sus piernas temblaron.
Su fiebre subió.
Cuando Cyrus salió, la encontró casi inconsciente.
— ¿Por qué no dijiste que estabas así?
Elise susurró:
— Si estar bajo la lluvia hacía que Yasmin te perdonara, debía callarme.
Él la llevó dentro.
Intentó cuidarla.
Pero al día siguiente Yasmin volvió a acusarla.
Esta vez de empujarla al agua.
Elise negó.
— Yo no la empujé.
Yasmin lloró.
— De niña caí al agua. Todavía tengo trauma. ¿Cómo pudiste?
Cyrus eligió otra vez.
— Yasmin le teme al agua. Tú sufres claustrofobia, ¿verdad?
Elise se congeló.
— Cyrus, no.
— Esta noche dormirás encerrada.
— Por favor.
Por primera vez, suplicó.
No por orgullo.
Por terror.
La oscuridad estrecha era su pesadilla desde niña, cuando la encerraban en un almacén del pueblo por “portarse mal”.
Cyrus cerró la puerta.
— Aprende tu lección.
La noche fue interminable.
El aire se volvió pesado.
La oscuridad la aplastó.
Luego escuchó un ruido pequeño.
Un chillido.
Un ratón.
Elise gritó hasta quedarse sin voz.
Cuando Cyrus abrió al amanecer, estaba temblando en el suelo.
— ¿Tanto drama por una noche?
Yasmin, detrás de él, bajó la mirada con falsa inocencia.
— Ella siempre exagera.
Elise no habló.
Ya no quedaba nada que explicar.
Esa misma tarde escribió una carta.
No para Cyrus.
Para Sylvia.
Una lista de instrucciones.
Todo lo que la verdadera esposa necesitaría saber cuando volviera a ocupar su lugar:
Cyrus es alérgico a la leche.
No soporta el cilantro.
Su estómago es débil.
A las nueve toma pudín puro.
Café sin azúcar.
Camisas impecables.
Nada de luces al dormir.
Le dio la carta a Talia, una sirvienta leal.
— Devuélvemela mañana.
Talia no entendió.
Elise sonrió apenas.
— Solo hazlo.
Aquella noche, por primera vez en tres años, Elise durmió sabiendo que ya no era esposa.
Solo quedaba una última noche.
Una última mentira.
Una última mañana.
Y después, libertad.
Elise donó sangre para salvar a Yasmin, pero aun así fue obligada a permanecer bajo la lluvia durante horas. Después, Yasmin la acusó falsamente de empujarla al agua, y Cyrus castigó a Elise encerrándola en un sótano a pesar de saber que sufría claustrofobia. Esa noche, Elise entendió que nadie vendría a salvarla. Al día siguiente escribió una carta con todos los hábitos de Cyrus para que Sylvia pudiera ocupar su lugar. La sustitución estaba a punto de terminar.
👉 [Haz clic aquí para leer la siguiente parte] 👈