EL JEFE DE LA MAFIA Y LA MUJER HERIDA El: hombre más peligroso de la ciudad salvó a la mujer que podía destruir su imperio – PARTE 1

PART 1

La mujer que cayó bajo la lluvia

Dario Montenegro no se detenía por nadie.

En la ciudad, su nombre era suficiente para vaciar una habitación. Los hombres bajaban la voz cuando hablaban de él. Las mujeres lo miraban de lejos con una mezcla peligrosa de miedo y fascinación. Los policías fingían no verlo cuando su auto negro cruzaba la avenida principal a medianoche. Los empresarios le daban la mano con una sonrisa nerviosa, aunque sabían que detrás de su traje perfecto, de su reloj caro y de su mirada fría, había un mundo que nadie sensato quería conocer.

Dario era joven para tener tanto poder.

Treinta y cinco años.
Un rostro atractivo, duro, casi imposible de leer.
Ojos oscuros que parecían saber siempre más de lo que decían.
Una elegancia silenciosa que no necesitaba gritar para imponer respeto.

Había heredado el imperio Montenegro después de la muerte de su padre, pero lo había transformado con sus propias manos. Donde antes había desorden, él puso reglas. Donde antes había hombres salvajes, él puso disciplina. Donde antes había miedo sin dirección, él creó lealtad.

Algunos lo llamaban criminal.

Otros lo llamaban protector.

Dario no se molestaba en corregir a nadie.

Aquella noche llovía como si el cielo estuviera intentando borrar la ciudad.

Su auto avanzaba lentamente por una calle estrecha, lejos de las zonas elegantes. Dario venía de una reunión con un aliado que acababa de traicionarlo. No había gritado. No había levantado la mano. Solo lo miró durante varios segundos y dijo:

—La próxima vez que me mientas, no habrá próxima vez.

El hombre entendió.

Ahora, en el asiento trasero del coche, Dario miraba la lluvia caer sobre el cristal.

Su guardaespaldas, Iván, iba en el asiento delantero. El chofer no hablaba. En el mundo de Dario, el silencio era una forma de supervivencia.

Entonces el auto frenó de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó Dario, sin alterar la voz.

El chofer palideció.

—Señor… hay alguien en la calle.

Iván ya tenía la mano sobre su arma.

Dario miró hacia adelante.

Una mujer estaba de pie en medio de la lluvia.

No caminaba. No gritaba. Apenas se sostenía.

Llevaba un vestido oscuro, rasgado en un costado. El cabello negro se le pegaba al rostro. Una mano presionaba su brazo izquierdo, donde una pequeña mancha de sangre se mezclaba con el agua. No era una herida grande, pero sí suficiente para decir que alguien la había lastimado.

Iván abrió la puerta.

—La aparto.

—Espera —dijo Dario.

La mujer levantó la mirada.

Durante un segundo, sus ojos se encontraron.

Dario vio miedo.

Pero no solo miedo.

Vio orgullo. Dolor. Desesperación. Y algo más extraño: reconocimiento.

Como si ella supiera quién era él.

Como si hubiera buscado precisamente ese auto.

La mujer dio un paso, pero sus piernas fallaron. Cayó de rodillas frente al vehículo.

Iván se acercó con cautela.

—Señorita, salga del camino.

Ella no miró a Iván.

Miró a Dario.

—Por favor… —susurró.

La lluvia casi se tragó su voz.

Dario abrió la puerta y salió.

Iván se tensó.

—Señor, puede ser una trampa.

Dario caminó hacia ella.

—Todo puede ser una trampa.

La mujer respiraba con dificultad. Su rostro estaba pálido. Tenía los labios temblorosos, pero no lloraba.

Dario se agachó frente a ella.

—¿Quién eres?

Ella intentó responder, pero tosió.

—No… no dejes que me encuentren.

—¿Quiénes?

Sus dedos se aferraron a la manga de su traje.

—Los hombres de Santoro.

El nombre cruzó el aire como un disparo.

Iván maldijo en voz baja.

Los Santoro eran enemigos antiguos de los Montenegro. No simples rivales. Eran una familia cruel, sin reglas, capaces de quemar una casa entera por una deuda pequeña. Hacía tres meses, Dario había rechazado una alianza con ellos. Desde entonces, la tensión crecía cada semana.

Dario miró a la mujer con más atención.

—¿Por qué te buscan?

Ella tragó saliva.

—Porque tengo algo que no debía encontrar.

Antes de que pudiera decir más, sus ojos se cerraron.

Su cuerpo cayó hacia adelante.

Dario la sostuvo antes de que golpeara el suelo.

Era liviana. Demasiado liviana para la fuerza con la que había intentado mantenerse en pie.

Iván se acercó.

—Señor, no podemos llevarla.

Dario levantó a la mujer en brazos.

—Ya lo estoy haciendo.

—Si Santoro la busca, traerla a la mansión es invitar una guerra.

Dario caminó hacia el auto.

—La guerra ya estaba invitada.

La acomodó en el asiento trasero, a su lado. La mujer estaba inconsciente, pero seguía aferrada a algo en su cuello. Dario apartó con cuidado el cabello mojado y vio una cadena fina. De ella colgaba un anillo antiguo.

Dario se quedó inmóvil.

Conocía ese anillo.

No exactamente ese, quizá. Pero sí el símbolo grabado en la parte interior: una pequeña luna atravesada por una espada.

Su padre había llevado un anillo igual.

Antes de morir, lo había arrancado de su mano y se lo había entregado a Dario con una frase que nunca explicó:

—Si algún día ves este símbolo fuera de nuestra familia, no confíes en nadie… pero escucha antes de matar.

Dario miró el rostro pálido de la mujer.

—¿Quién eres? —murmuró.

Pero ella no despertó.

El auto arrancó hacia la mansión Montenegro.

La lluvia siguió cayendo detrás de ellos, borrando las huellas de sangre en la calle.

Pero Dario ya sabía algo.

Esa mujer no había caído frente a su coche por accidente.

Y quienquiera que fuera, acababa de traerle el pasado directamente a la puerta.


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